Pánico en Estados Unidos
Aquel lunes 22 de octubre de 1962 aterricé en el aeropuerto de Ildwild (hoy JFKenedy), horas antes de que el presidente de los EE.UU. pronunciase su célebre discurso sobre los misiles rusos instalados en Cuba. Mis compañeros de la Redacción neoyorquina de Paris-Match me entregaron las llaves del despacho y salieron corriendo a sus casas. Con mi maleta y sin saber aún donde dormiría aquella noche, me acomodé en una butaca frente al televisor. Kennedy expuso al mundo entero que tenía las pruebas de que la URSS había instalado misiles con capacidad nuclear en la isla de Cuba y dejó claro que los EE.UU. albergaba el propósito de prevenir el uso de esos cohetes contra éste o cualquier otro país y asegurarse de que se desmontarían y retirarían del Hemisferio occidental. Terminado el discurso, salí a la calle en busca de alojamiento. Me encontré con una ciudad enloquecida en la que la gente apresuraba el paso para llegar cuanto antes a su casa. No pocos hacía acopia de provisiones en los supermercados del barrio.
Unos vehículos de la policía recorrían Madison Avenue pidiendo a los reservistas que se dirigiesen inmediatamente a sus unidades para incorporarse al servicio activo. “La tercera Guerra Mundial acaba de empezar” me dijo la recepcionista del Hotel con rostro desencajado.
En la vieja Europa esos pánicos no se dan con la misma histeria que en los EE.UU. He huido delante del avance alemán sobre Paris y bajado veinte veces del último tren que abandonó la capital francesa cuando los Stukas o Messerschmitts ametrallaban nuestro convoy. Quien haya visto la película Juegos Prohibidos recordará aquellos dramáticos episodios. Justamente porque Europa sabe lo que es la guerra sobre su territorio, el comportamiento de sus dirigentes no será nunca como el de sus homólogos norteamericanos que perdieron muchos hombres de sus FF.AA. en guerras lejanas pero que nunca vieron de cara venirles una bomba sobre ellos. Hasta el 11 de septiembre de 2000. Ahí se le acabó para siempre la confiada ingenuidad de su población.
En este momento, todas las opiniones públicas de Europa y América, están muy mayoritariamente contra la guerra. Utilizar métodos de vigilancia intensiva sobre Irak es la fórmula que todos preconizan. ¿Qué fórmula encuentran los países que se han alineado detrás de Bush para invertir la tendencia pacifista de sus pueblos?: meter miedo, crear un auténtico pánico una psicosis. La compra de millones de dosis de vacunas anti-viruela, el acaparamiento de cinta aislante en las tiendas de bricolaje o de agua mineral, da idea de la locura inducida que se ha apoderado del pueblo norteamericano y, por mimetismo, del británico. El despliegue de tanques en Heathrow es tan ridículo como pretender que su sola presencia impediría a un terrorista entrar en Londres con una cápsula de Ántrax. El terrorismo solo se puede combatir con métodos policiales. Los ejércitos son para enfrentarse a otros ejércitos y la prueba se ha visto en Vietnam primero y luego en Afganistán donde el Jeque Omar y el mismo Bin Laden se les ha escapado a los soldados de la coalición delante de sus propias narices (el primero en…..moto) y siguen sin capturar a los más importantes responsables de Al-Kaeda. Pero lo curioso es que José María Aznar, con la experiencia que tiene España de lucha contra el terrorismo de ETA, no se lo explique a su amigo George Bush. ¡Ni Franco, que era militar, mandó tanques y aviación para capturar etarras! Y si se trataba de guerra sucia y de tomar atajos los que toma el amigo de Tejas son peores que los de los Gal y tan reprobables como aquellos que el PP condenaba en nombre del Estado de Derecho. Mientras tanto, un ciudadano español se pudre en una jaula de Guantánamo sin que le pidamos al amigo Bush que lo incrimine o lo suelte después de un año de detención sin cargos. ¿No era el ataque a Afganistán una declaración de guerra? Pues a comportarse respetando la Convención de Ginebra sobre prisioneros de guerra.




