28 Marzo 2003

Guerra y digestión

Archivado en: General — Enrique Meneses @ 21:04

Uno de los viejos dilemas que se plantean a los periodistas, especialmente a los Corresponsales de Guerra, es saber si se debe fotografiar o grabar muertos o heridos. Los pusilánimes dirán que enseñar esas imágenes es crear morbo y satisfacer los bajos instintos del ser humano. Algunos llegan a decir que sería admisible mostrar esas imágenes pero no en horas en que está la familia comiendo alrededor de una mesa. ¿Hay mejor momento para que los padres comenten la actualidad, por dura que sea, y hagan uso pedagógico de la realidad? Tengamos en cuenta que las nuevas generaciones están acostumbrados a las guerras del videojuego en la que los muertos se vuelven a ñlevantar en cada nueva partida.

Los especialistas en publicidad y la Dirección de Tráfico, realizaron hace unos años unos spots durísimos con el fin de reducir el número de accidentes de carretera. Eran tan duros que gran número de bienpensantes protestaron enérgicamente, pero la reducción de accidentes se produjo. En Gran Bretaña se colocaron vehículos destrozados en accidentes en lugares bien visibles y se comprobó que los conductores reducían automáticamente la velocidad al verlos.

Algunos se quejan de que en esta guerra de Irak, Al Yasira esté mostrando buen número de cadáveres de soldados anglo.americanos. El Pentágono recuerda aquella foto de una niña vietnamita, desnuda y corriendo hacia la cámara huyendo de las bombas de napalm o el policía del gobierno de Saigón descerrajando un tiro en la sien de un prisionero vietcong. Todas esas fotografías, al igual que las actuales de soldados británicos muertos como peleles o como la de la niña muerta con las piernas destrozadas en brazos de un hombre desorientado, son capaces de desmoralizar a las tropas y, sobre todo, a la población que las contempla en la retaguardia. Para los estrategas de la guerra psicológica hay que censurar esos testimonios gráficos porque pueden cambiar el rumbo de la lucha, como sucedió en Vietnam. Para los que se oponen porque esas fotos perturban su conciencia y su digestión o son un mal ejemplo para los niños, hay que decirles que lo mejor del ser humano es su capacidad de compasión, de compartir el dolor ajeno, intentar minimizarlo y, si es posible, evitar que se prolongue ese dolor o se repita en el futuro.

El movimiento casi instantáneo y auto-organizado que ha lanzado a las gentes de toda nacionalidad, color, religión y orientación política a las calles de los cinco continentes es un movimiento impulsado por esas imágenes que molestan tanto a los indiferentes. Y es que la mayoría de los humanos han comprendido que la guerra no resuelve los problemas sino que los agrava. Pero esas imágenes que remueven conciencias en los cuatro puntos cardinales, lo digo con orgullo, han sido realizadas por periodistas que no han pensado en los Estados Mayores ni en la digestión de los que las contemplarán después. Muchos han dejado su vida ejerciendo esta profesión, probablemente la que, en proporción, tiene más bajas en una guerra. ¿Y alguien se atreve a censurar el fruto de quienes se juegan la vida o la pierden en cumplimiento de su misión?

Hace 44 años, Paris-Match me envió al desierto de Nubia, en la frontera egipto-sudanesa para buscar a los cuatro componentes de la expedición Tommy-Martin desaparecidos después de varios meses. Como no me gusta fotografiar la nada, me llevé a Jacqueline Tommy-Martin, hermana del jefe de la expedición, no solo porque me abriría muchas puertas con las autoridades egipcias sino porque le hacía un favor a la familia intranquila y la muchacha podría identificar pertenencias de los expedicionarios si las encontrábamos. Terminamos por descubrir, en el pequeño cementerio de Asuán, las tumbas de tres de los cuatro miembros de la expedición. Delante de la de su hermano, Jacqueline enlutada se mantenía erguida mirando fijamente aquel túmulo de arena donde yacía un ser querido desaparecido en plena juventud. El silencio del desierto es difícil de comprender para quien nunca lo experimentó. Ni nuestros campos en plena noche se pueden comparar con sus grillos, revoloteo de aves nocturnas o simplemente la respiración de la naturaleza. A cinco metro de la joven, disparé mi Leica M-3, la más silenciosa de todas mis máquinas fotográficas. Pero el imperceptible clic sonó como un tiro y Jacqueline se derrumbó y empezó a llorar con el rostro tapado entre sus manos pero antes de hacerlo soltó un rotundo ”Vous êtes un vautour!” (¡Es usted un buitre!). Me dolió su reproche pero en la profesión estamos acostumbrados a cierta incomprensión ante este tipo de situaciones. La foto apareció a doble página en Paris-Match y el reportaje explicaba que no se puede ir al desierto con el agua de una cantimplora ya que la deshidratación es muy fuerte en verano y hay que beber nueve litros de agua diarios por persona y la prueba de que son necesarios es que casi no se orina. Siempre me he dicho que quizá algunos jóvenes aventureros me leyesen y tomasen las precauciones necesarias. Aquella misma noche, en el Hotel Cataract, Jacqueline Tommy-Martín me dio un beso y me pidió perdón después de mis explicaciones. Me añadió que era “un buitre bueno”.

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