Castro no comprende nada
El tiempo ha transcurrido sin que Fidel Castro se apercibiese de ello. A los demás nos ha caído la edad encima inesperadamente pero hacía años que intuíamos que un día aparecería ante nosotros. El líder de la revolución cubana me lleva tres años pero mientras yo he ido creciendo con mi tiempo, él se ha quedado en aquellos 31 años que tenía cuando nos conocimos en Sierra Maestra. Yo acababa de cumplir 28.
Un noche, sentados alrededor de una fogata, Fidel me dijo, contemplando el cielo estrellado: “¿Te das cuenta, gallego, que ahí arriba, en ese espacio oscuro hay una perrita dando vueltas a razón de una cada 90 minutos?” Hacía un mes que Laika giraba alrededor de la Tierra en el Sputnik 2 y aquel avance científico ocupaba la mente del hombre que iba, un año después, a conquistar el poder en Cuba. Cuando mis fotos aparecieron en la revista, Paris-Match Fidel se reía a carcajadas escuchando que las había sacado de la isla, escondidas entre dos pares de sayas (enaguas) almidonadas, cosidas para que no se moviesen. “¡Lo que es el ingenio!” soltó golpeando mi espalda. Hoy en día, hubiesen transcurrido 30 segundos, desde el momento de hacer una fotografía suya, en la Sierra, hasta el instante en que Dedé Lacaze, mi Redactor-Jefe, la hubiese tenido en su mesa delante de sus ojos, en la pantalla de su ordenador y 30 segundos más, en papel fotográfico.
Al igual que la tecnología ha ido cambiando la faz del planeta, las mentes han tenido que irse adaptando a los cambios habidos en todos los ámbitos del pensamiento político y económico. Con Ernesto Ché Guevara, Raúl Castro, Camilo Cienfuegos, Ramiro Valdés y otros, hablábamos de política referida a América Latina en aquellas charlas alrededor del fuego. Me parecía increíble que para aquellas gentes, casi todos universitarios, las únicas opciones que se presentaban eran la URSS o los EE.UU.. Europa era sinónimo de decadencia y de continente de emigración, tras una guerra que la había dejado en ruinas y con 30 millones de muertos. En Cuba había refugiados de la España republicana empleados en labores de poco relieve y muchos cubanos de origen español enviaban dinero o alimentos a la Madre Patria. La cercanía de Florida, y el contacto con la vida norteamericana, producía una mezcla de envidia y rechazo hacia el país que ocupaba sus sueños más reiterativos. Yo defendía la Europa que se estaba construyendo desde una experiencia que ellos no conocían. Salvo Raúl que había estado una semana en Praga, invitado al Congreso Internacional de las Juventudes (de inspiración moscovita), los demás desconocían Europa y no digamos África o Asia. Pese a mi edad, yo les llevaba bastante ventaja en el conocimiento de otras tierras y en el análisis profesional de la política internacional.
Cuando les explicaba que Europa estaba harta de guerras y que pensaba construir un continente donde los derechos humanos fuesen respetados a rajatabla y los lazos culturales, económicos y de cooperación impidiesen conflictos como los habidos en otras épocas, sonreían incrédulos y apiadándose de mí. Era la época en la que en España todos soñábamos con Europa por contraste con la realidad franquista que vivíamos. “Los amigos de la UNESCO” era una adscripción como hoy pertenecer a una peña del Madrid, del Barcelona o de cualquier otro equipo de fútbol. El tiempo ha transcurrido y Fidel, con la vista más puesta en los EE.UU. que dice odiar, no se ha dado cuenta de que la única ayuda que recibe después de la caída del Muro de Berlín procede de Europa, especialmente de España en forma de desarrollo del turismo, y de los cubanos exiliados en Miami que remiten más de 700.000 dólares al año a sus familiares de la isla. Esa Europa que estaba estudiando la posibilidad de incluir a Cuba en la Convención de Lomé (ACP: África Caribe y Pacífico), para que percibiese las ayudas correspondiente, en parte ha suprimido las fronteras y sus ciudadanos son libres de ir a donde les plazca y cuando les plazca sin enseñar el menor documento. Ha abolido la pena de muerte en toda la Unión Europea y rehúsa entregar presos reclamados por países cuyas legislaciones permitan la pena de muerte. ¡Y se le ocurre a Fidel fusilar a tres cubanos que intentaban huir de su país, haciendo uso de un derecho que todos nosotros en la UE y en el mundo occidental, respetamos! Los juzga en cinco días y los ejecutas por fusilamiento, como si fuesen militares desertores en tiempo de guerra.. Más torpezas no se pueden cometer en tan poco tiempo tiempo.
Pero la guinda es detener y condenar a 75 intelectuales y periodistas que ejercían otro de los derechos sagrados para el mundo civilizado del tercer milenio. Castro acusa a los EE.UU. de querer invadirle y, después de ver lo sucedido en Irak, hace lo posible para que esa invasión se produzca y, además, no tenga a nadie que salga a la calle en su defensa. Los que defendieron su revolución, no saben donde meterse. Y se revuelve contra los que un día intentaron, con buena fe, ayudarle a realizar una transición que pusiese a Cuba en la órbita de los países respetados y respetables.
El problema es que se está pareciendo al final del régimen de Franco que, como él ahora, firmó penas de muerte que se ejecutaron, meses antes de su muerte. Creo sinceramente, que Fidel Castro, no comprende nada del mundo actual. Y solo queda esperar, que cómo el dictador que aguantamos los españoles durante cuarenta años, desaparezca el cubano por ley natural. Pero quizá los resplandores del bombardeo de Bagdad le hacen desear un espectáculo parecido para La Habana, por muchas bravatas que le echéis al asunto.




