Defender la Unión Europea
Después de la segunda guerra de Irak, que aún no ha cumplido las metas que se le habían marcado, ya se preguntan algunos si no es mejor dejar que EE.UU. se encargue de mantener el orden internacional mientras nosotros, la UE, nos dedicamos a lo humanitario y a comerciar entre nosotros y con el resto del mundo. Marte y Venus como ha acuñado el inefable Robert Kagan. Desgraciadamente, el gobierno español actual ha decidido ser el chico de los recados y si podemos, que nos den el papel de cabo chusquero en un trocito de Irak donde la Legión pueda lucirse.
Francia, Alemania, Bélgica y Luxemburgo se reúnen para tratar de articular un sistema de defensa autónomo, al servicio de una política exterior común, pero no desligado de la defensa de EE.UU. y de la OTAN sino reforzando el pilar europeo de la Alianza Atlántica. Inmediatamente, con cara de escandalizada, Ana Palacio se ha pronunciado rotundamente contra la idea de que cuatro países de la UE decidan en nombre de 15. Pero se olvida de que el camino recorrido desde la Comunidad Económica del Carbón y del Acero en 1952 hasta nuestros días ha transcurrido gracias a la voluntad de Francia, Alemania, Bélgica y Luxemburgo y contra la oposición del Reino Unido. Los cuatro países, que se han reunido ahora para hablar de defensa europea, son fundadores de la CEE y no tienen por qué invitar a miembros que, por pasiva y por activa han declarado su alineamiento con los objetivos militares de los EE.UU. en su lucha àrticular contra el eje del mal. Cuando los estadounidenses padecieron el criminal ataque del 11 de septiembre de 2001, toda la Unión Europea cerró filas al lado de su aliado trasatlántico. Esto no significa que la designación del enemigo o lo métodos para combatirlo sean compartidos por una Europa que sabe de terrorismo mucho más que los EE.UU..
Lo que se ha discutido en esta minicumbre de Bruselas, –que no se hace contra nadie sino a favor de la ONU y de la OTAN, y no es excluyente como dice la Ministra Palacio—podrá ser aceptado o rechazado por los demás 11 miembros pero el Euroejército ya existía sobre papel y se trata de ponerlo en marcha, potenciarlo y, sin pretender equiparar su fuerza con la de EE.UU., ser capaces de prestar ayuda a cualquier miembro de la UE que lo necesite y apoyar a los estadounidenses cuando requieran la colaboración militar europea.
Después de la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS, los EE.UU. y sus aliados se han encontrado desprovistos de un enemigo que, desde los acuerdos de Yalta, nos había obligado a un permanente enfrentamiento en diversos puntos del planeta. Cualquier lugar de África, América latina o Asia podía convertirse en un punto de apoyo de la URSS. La industria militar estadounidense se había convertido en la principal actividad económica del país y un parón se hacía tanto más doloroso, en términos de difícil reconversión, cuanto que representan, con el petróleo, una fuente de financiación electoral imposible de ignorar por demócratas o republicanos. El peligro de este complejo industrial-militar ya lo había señalado un conocedor del tema como era el general Dwight Eisenhower.
Cuando Washington estaba lanzado en la construcción del costoso paraguas antimisiles, unos hombres que habían seguido unos cursillos de pilotaje en escuelas norteamericanas, se hacían con unos aviones de pasajeros y los estrellaban contra las emblemáticas Torres Gemelas y contra el Pentágono. Total, una docena y media de hombres decididos a morir matando causaron dos millares y medio de muertes inocentes aquel 11 de septiembre de 2001. El nombre de Osama bin Laden venía a sustituir al del Comunismo contra el que el millonario saudí y los talibanes habían sido entrenados y equipados por Washington para expulsar a los soviéticos de Afganistán. El paraguas se revelaba inútil para este tipo de guerra. Se demostraba que un puñado de hombres decididos pueden mantener en jaque a una grandísima potencia como EE.UU. o a una más pequeña como Israel. La solución europea, de los afeminados europeos, es enfrentarse policialmente al problema con buenos servicios de inteligencia, no involucrar unos profesionales que no han sido instruidos para luchar contra un enemigo sin uniforme, cargado de explosivos y determinación. La prueba está en Irak donde el ejército norteamericano es incapaz de mantener el orden público sin matar a unos manifestantes que hacen uso del derecho que, se supone, la coalición ha venido a traer al país junto con la democrácia.
Pero EE.UU. necesita renovar sus enormes stocks de armas. Su industria militar no puede detenerse sin poner en peligro la economía del país. La propaganda necesita buscar nuevos mercados donde gastar esas armas. Algunos, como Irak han sido designados por el Pentágono como de interés “A” ya que tenía un dictador, posee petroleo en abundancia y puede sustituir a Arabia Saudí, patria de Osama bin Laden y benefactora de muchos grupos terroristas dedicados a hostigar a Israel. Con estas credenciales y con la acusación de poseer armas de destrucción masiva y conexiones con Al Qaeda, se ha llevado a cabo una guerra que ha demostrado exactamente lo contrario de lo que Washington quería demostrar. No tiene importancia porque ahora, con la misma finura habitual, la CIA falsificará lo que sea necesario. Ya ha empezado a preparar las pruebas de que Francia era una traidora que colaboraba con Sadam Huseín. Y los periodistas adeptos de turno se siguen creyendo estas pruebas con el ímpetu que se creyeron las pruebas de que Bagdad había comprado plutonio a Nigeria o que, en Barcelona, habíamos descubierto peligrosos polvos de Ariel en manos de unos sospechosos musulmanes que el juez mandó dejar en paz.
¿Y Europa, la OTAN y las Naciones Unidas van a tener que seguir a los EE.UU. en la búsqueda de nuevos enemigos? ¿Tenemos que ser parte de coaliciones de guerras punitivas o coloniales ideadas por Rumsfeld, Cheney, Wolfowitz y compañía? Cuando Francia interviene en Costa de Marfil, como algunos le reprochan, lo hace en virtud de lazos antiguos con la ex-Africa colonial francesa y no pide ayuda más que a sus propias fuerzas francesas. Cuando Francia luchaba en Indochina contra los viet, lo hizo sin ayuda extranjera y bien que sonreían los norteamericanos viendo los reveses que sufría Paris en su antigua colonia. Luego vinieron los americanos y ya sabemos como acabó aquella guerra, pese a la utilización de armas de destrucción masiva y terribles gases que produjeron y siguen produciendo, nacimientos de pequeños monstruos.
¿Es tan descabellada la idea de Francia, Alemania, Bélgica y Luxemburgo de crear el núcleo de un Euroejército capaz de intervenir, en casos de amenaza a cualquiera de los 25 miembros de la Unión Europea y de ayudar a EE.UU. en las ocasiones en que esta superpotencia nos lo pida? Algunos periodistas españoles y políticos del PP se ríen de que Luxemburgo participe en este proyecto. Son los mismos que se indignaron con Jacques Chirac cuando se enfadó con los países candidatos a entrar en la UE por haberse alineado con el cuarteto de Marte. Se ponen del lado de unos EE.UU. que se han reído a carcajadas cuando se anunció la creación del euro, divisa que inquieta ahora más de lo previsto a los que se reían antes, sobre todo si en algún momento conseguimos que la UE, mayor consumidor de petróleo de Oriente Medio, pague la cuenta del que consumimos, con euros contantes y sonantes. Las masas de europeos que se lanzaron a las calles en contra de la guerra, nunca lo hicieron contra los EE.UU. ni la OTAN y mucho menos a favor de Sadam Huseín y su odiosa dictadura pero ¿Cuántas odiosas dictaduras sigue EE.UU. apoyando en contra de los intereses de los pueblos subyugados?



