La mentira como arma
Siempre pensamos que ir con la verdad por delante era la forma más correcta de caminar por la vida. Muchos votantes o simples admiradores de la izquierda, no vieron con buenos ojos aquellas marrullerías del GAL que pretendían parecer ajustes de cuentas entre bandas rivales abertzales o ejércitos mercenarios pagados por algún empresario bilbaíno. Se habló del Estado de Derecho y de las armas limpias de la democracia. El país tenía derecho a saber la verdad que se escondía detrás de aquellos misteriosos atentados contra los terroristas, algunos en territorio francés. Para una joven democracia ahíta de transparencia y limpieza en las formas de gobernar, era intolerable una guerra subterránea contra la delincuencia terrorista. Pagar a los etarras con la misma moneda no era, deportivamente hablando, correcto. Lo había hecho Francia con la OAS (Organisation Armée Secréte), Alemania con su banda Baader Meinhoff, los italianos con las Brigate Rosse y hasta la vieja democracia británica contra el IRA pero nosotros nos reflejábamos en las aguas cristalinas de El Manual del Demócrata Principiante.
Unos dijeron que era para presionar a Francia, otros que era aplicar la Ley del Talión y los más sensatos que la policía que teníamos entonces la había heredada la democracia del régimen de Franco. Sustituirla en aquella circunstancia era deshacerse de buenos conocedores del tema. Sea lo que fuere, pasaron los responsables ante la justicia y cayó un gobierno socialista que había mentido al país negando su participación en la guerra sucia. Se intentó eliminar pruebas en el caso Lasa y Zabala y nadie quería mojarse en el asunto de Santiago Brouard, el dirigente abertzale asesinado en su consulta de odontólogo. En aquellos tiempos, las cosas no eran como se las ve ahora. La lucha de los vascos o los comunistas contra el régimen franquista tenía su legitimidad en la mordaza y el puño de hierro que atenazaba a los españoles. Cuando hay que luchar contra la tiranía, todas las acciones son válidas y nadie las considera terroristas salvo el régimen contra el que se dirigen. El asesinato de Carrero Blanco fue horrible porque lo es toda muerte de seres humanos por orden de otros pero políticamente fue un alivio para un país que aguantaba ya 40 años de dictadura con sus fusilados y sus desaparecidos. Prolongarla con el almirante Luis Carrero Blanco hubiese sido insoportable para España, la de derechas y la de izquierdas, la del exilio y la del interior.
Cuando vino la democracia, cuando se pudieron defender libremente cualquier opción política, las acciones violentas dejaron de ser actos de resistencia armada para convertirse en actos de terrorismo. Y aparecieron personajes llenos de valores humanos como un Mario Onaendía que a punto había estado de perder la vida junto con sus compañeros del proceso de Burgos. Y Santiago Carrillo emprendió el duro camino de la lucha por los votos y aquel temido comunismo del que no cesaban de hablar los franquistas y los tardo-franquistas, apareció en sus verdaderas dimensiones. Con porcentajes inferiores a los de sus colegas italianos o franceses. Y ya no fueron necesarias las pelucas pero murieron asesinados los abogados laboralistas de Atocha por los que no se resignaban al cambio de régimen. Todos hemos vivido los momentos aquellos de zozobra e inquietud y las últimas carreras y muertes ante los grises. Yo dirigía, en 1977, la edición española de LUI, una versión más fina del Playboy americano- Además de las cartas de amenazas y las pintadas de la siniestra Triple A, tuve 18 procesos en los primeros 18 números del mensual. Luego me fichó Lara para ser editor ejecutivo de la edición española de Playboy y en Barcelona no tuve ni un solo proceso a lo largo de un año. Los tiempos iban cambiando y los jueces catalanes no eran los enbigotados y paticortos jueces de mi ciudad natal.
Y llegamos a José María Aznar que vino para barrer la basura de la corrupción, luchar contra el terrorismo etarra con guantes blancos. Con él se dejaría de manipular los medios públicos de comunicación dotándolos de gestores imparciales (como la BBC), se resolvería el problema de la financiación de los partidos, las cuentas serían claras y ya no existirían hermanos de Alfonso Guerra ni Roldanes, ni comisiones del AVE o de la Expo92. Las únicas comisiones que sí funcionarían serían las de investigación del parlamento, como la que está sufriendo Tony Blair a quien piden explicaciones sus propios correligionarios. Toda concesión de licencias, subastas, compras del gobierno seguirían rígidas reglas de claridad, publicidad y honradez. Se acabaría con el transfuguismo y no se beneficiaría ningún partido de estos que públicamente declaraban que estaban en la política para forrarse.
Ahora hemos descubierto que la Gran Política se hace a espaldas del pueblo soberano (el soberano y el pueblo, a callar y dejar gobernar a la Moncloa). Nuestros aliados son los que hacen mangas y capirotes de las resoluciones de las Naciones Unidas y de sus Comisiones de Investigación e inspectores como su jefe Hans Blix. Tenemos como mejor amigo alguien que pone precio a la cabeza de sus enemigos, como en el mejor Oeste de nuestras películas infantiles, que autoriza a la CIA liquidar enemigos en el extranjero, que apoya los asesinatos selectivos de Ariel Sharon. Mentimos al país fabricando pruebas falsas, utilizando hasta una tesis universitaria, manipulando los informes de los servicios secretos y repitiendo machaconamente las mismas palabras de alerta extrema ante el peligro del hombre que quiso asesinar al papa de George W. Bush. Nos embarcamos en mentiras que 90 por ciento de los españoles y más del 80 de los europeos, (sabios por viejos, sí señor), no se tragaron. Pero es extraño que naciones tan profundamente demócratas como son los EE.UU. y el Reino Unido hayan tenido sus comisiones de investigación para saber si se le había mentido a sus respectivos parlamentos y pueblo para meterlos en una guerra que amenazaba a Occidente con armas de destrucción masiva . El portavoz de la Casa Blanca, Ari Fletcher ha tenido que reconocer que se mintió. Blair se ha escudado tras los informes del MI6 y la CIA y José María Aznar tras lo que decía la ONU (sic) y sabía por sus colegas de las Azores. La repetición machacona de que las armas de destrucción masiva existían debería hacer reflexionar a Esperanza Aguirre y que no mencionase el nombre de Joseph Goebbels en casa del horcado.
No ha habido Comisiones de Investigación en el parlamento español ni para el chapapote del Prestige, ni por el asesinato de José Couso en Bagdad, ni por lo sucedido con la contratación del Yak42 que costó la vida de 62 militares españoles, ni por las deficiencias, retrasos y costos del AVE a Barcelona, o el accidente de tren en Chinchilla. La ventanilla de las reclamaciones se cerró en 1996, después de ganar unas elecciones sobre la base de que habría investigaciones en cuando surgiese la menor sospecha de un delito. Se acaba de sentenciar, con 11 años de retraso, que Jacinto Pellón, el comisario de la Expo 92 de Sevilla no había cometido ninguno de los delitos de que fuera acusado por el entonces partido de la oposición, es decir, el que ocupa la Moncloa en este instante. ¿No habrá nadie en el PP que recuerde los feroces ataques contra Pellón y le pida perdón por haber dudado de su honorabilidad? ¿O eso ya no se estila?




