28 Agosto 2003

Hoy hace 40 años

Archivado en: General — Enrique Meneses @ 22:38

Una de las razones por las que nunca quise cambiar de profesión, se encuentra en la mañana del 28 de Agosto de 1963, hace 40 años hoy mismo, en la explanada del Lincoln Memorial de Washington, sobre las diez y pico. Yo tenía 34 años y 16 como periodista. Resultaba muy agradable caminar por entre las decenas de miles de negros y blancos que habían acampado al raso y se desperezaban con fuertes bostezos y estiramientos de músculos. Muchos se aseaban en el agua del estanque que separa el obelisco del que fuera uno de los más grandes presidentes de los Estados Unidos: Abraham Lincoln. A los lados del estanque rectangular, dos espacios abarrotados de gentes y sendos bosques paralelos que enmarcaban la escena.

Cuando el periodista caminaba entre las gentes que recogían mantas, tras una noche de poco sueño, servían café de un termo o amamantaban a un bebé, se iluminaban las sonrisas a su paso. No disparaba fotos a lo loco, rara vez he fotografiado a alguien que me observa. Es la única manera de ser cazador y atrapar la presa dejándola que siga viviendo.Para mí, el fotoperiodismo es eso: congelar ese segundo significativo y transmitirselo a los demás. No, aquellas sonrisas no eran solo para el periodista sino para el blanco. Nunca observé tanto agradecimiento en aquellos rostros negros resplandecientes con la luz del día. Where are you from? (de donde eres?).Want a cup of coffee? (quieres una taza de café?). Era algo más que la armonía de los colores de Benetton. Era la fraternidad humana la que había acampado en aquella explanada, bajo la mirada marmórea de Abraham Lincoln, el hombre que liberó a los esclavos empezando por los suyos. Nada que ver con las hoscas miradas de la calle 125 cuando Malcolm X lanzaba sus venenosos discursos pidiendo boicotear todo lo blanco. Allí denostaba el personaje del negro servicial y bueno de La Cabaña del Tio Tom cuya imagen había que desterrar para siempre de EE.UU..

Caminé por medio del bosque que bordea un lateral del estanque. Había gente que abandonaba los lugares donde habían dormido envueltos en una manta. Alguien había dado la voz de alarma: Martin Luther King había llegado a la tribuna situada delante de la estatua de Lincoln. Era falsa la noticia pero se produjeron precipitadas carreras. Yo mismo, aunque mis datos no coincidían con los del anónimo lanzador de bulos, apresuré el paso para no dejarme absorber por una muchedumbre que me hubiese impedido acercarme al héroe de aquella Marcha sobre Washington. En un momento dado, en medio de la riada de negros y blancos que corrían hacia la tribuna vacía, vi una mujer mayor apoyada contra un árbol con la cabeza agachada. Me acerqué pensando que algo le sucedía y que necesitaba ayuda. Levantó su rostro al sentir mi mano sobre su frágil hombro. Dos senderos de lágrimas corrían por las mejillas de un rostro que parecía un mapa de todos los sufrimientos de su estirpe, desde las frondosas selvas de Costa del Marfil o Sierra Leona hasta la esclavitud de los Estados sudistas de la Confederación.

– He call me Madam! (Me llamó Señora!)…..He call me Madam!. Yo no alcanzaba a comprender lo que quería decirme y que repetía insistentemente, como una letanía. Sujetaba en mi mano una mano negra, de ébano tallado a cincel, recorrida por saltonas nervaduras. Sentía el calor de aquella mano como si fuese la de mi propia abuela María. Era un cuerpo tan frágil que hubiese sido arrastrado por una marea humana corriendo en una misma dirección. Era toda fragilidad. La di mi brazo y la acompañe despacio durante un centenar de metros pero al ver que no podía a la vez hacer de enfermero y llevar a cabo mi trabajo, se la encomendé a una familia negra, no sin antes preguntarla, por enésima vez, lo que quería decir con aquella frase: He call me Madam!. ¿Quién era aquel que la había llamado Señora? ¿Por qué había llorado y seguía haciéndolo con pucheros de niña pequeña? Por fin, tras unos sorbos de agua que le ofrecieron sus nuevos amigos, habló.

– Vengo de Carolina del Sur. Tengo 84 años y hace un rato, un blanco me empujó sin querer. Se volvió hacia mí y me dijo: Excuse me, Madam!. ¿Se ha dado cuenta? He esperado 84 años y salir por primera vez del Profundo Sur, para que un blanco, después de darme un empujón, me pidiese perdón y me llamase “Señora”. Recibí muchos empujones y algún palo por parte de blancos en mi vida pero jamás se excusaron y menos aún llamándome…¡Señora!

Este buitre ha vivido muchos episodios de envergadura histórica pero pocos le han dejado tanta huella como aquella viejecita negra, frágil como una hoja de otoño, que venía a simbolizar en mi mente todo el sufrimiento de unos seres humanos que fueron arrancados de su habitat natural para llevarlos con grilletes a una esclavitud ignominiosa. El sudista no concebía que aquellos negros tuviesen alma, sentimientos o raciocinio. Su liberación no es completa pero en estos 40 años, con muchos activistas cayendo en el camino, la suerte de los áfroamericanos ha cambiado mucho. Por ejemplo, en 1973 realicé, para el programa de TVE Los Reporteros, un trabajo sobre el Ku-Klux-Klan en Georgia. Al salir de mi hotel de Atlanta, camino del Cuartel General de los racistas blancos, the white trash ,la basura blanca como la denominan algunos, le expliqué al chofer negro del primer taxi de la cola que íbamos a un sitio que podía molestarle, incluso darle miedo, el Cuartel General del KKK y que, si le molestaba, tomariamos el segundo taxi conducido por un blanco.

– ¿Qué me van a dar miedo esos blanquitos disfrazados con cucuruchos y túnicas blancas? ¿Está usted delirando? ¡Vamos para allá!

Y me abrió la puerta con una sonrisa de punta a punta de su boca llena de dientes. Andrew Young, ayudante de Martin Luther King fué alcalde negro de Atlanta, para desesperación de buen numero de racistas blancos.

Hace algunos días, escribí un artículo a propósito de esta histórica Marcha sobre Washinton. Lo titulé El hombre del Rifle, haciendo alusión a Charlton Heston, hasta hace poco Presidente de la derechista Asociación Nacional del Rifle, que leyó en nombre de los actores de Hollywood el discurso pro-derechos civiles de los negros, hoy hace 40 años. Estamos instalando un enlace para que puedan buscar en mis archivos los artículos anteriores. No se si estará ya instalado. Si no lo estuviese, pido perdón y recomiendo que prueben otra vez dentro de unos días. Gracias.

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