Los Kennedy y el mundo
La pregunté un día de 1962 a Adlai Stevenson, embajador de los EE.UU. ante las Naciones Unidas, por qué un hombre con su bagaje intelectual y su afán por detener la carrera armamentista y promover el desarrollo económico de África y Asia, había perdido las elecciones de 1956 frente al republicano Dwight Eisenhower.”El americano medio tiene miedo a la inteligencia. Admira los guerreros, no los hombres de leyes. Quiere presidentes que se parezcan a él. En Europa se respeta la talla intelectual de los candidatos. Aquí asusta ese poder, esa distancia con la inteligencia media de los ciudadanos. Las elites dan miedo. Los Kennedy son una excepción.”
El hombre que mejor defendió a Occidente frente a Khruchev, en la crisis de los misiles de Cuba, tenía razón. Los Kennedy eran un caso aparte. El dinero paterno, la belleza física de sus miembros, la elegancia de “Jackie” Bouvier de Kennedy, la educación bostoniana y franco-británica de la pareja, borraron el hecho de que eran católicos e irlandeses. El sector femenino del electorado vio en Jacqueline Kennedy, periodista, un ideal de mujer moderna que brillaba al nivel de las actrices de Hollywood. Apreciaba el arte, incluso el menos popular del violonchelo de Pablo Casals. Contaban entonces un chiste en el que, recibiendo a los invitados, el presidente los saludaba utilizando el apellido mientras ella, a continuación lo hacía solo con el nombre.
– Buenos noches, Monsieur Malraux, decía el presidente. — ¡Hola André! lanzaba Jacqueline Kennedy — Buenas noches, Señor Casals, soltaba John Kennedy. — ¡Qué tal estás, Pau! sonreía Jackie. — ¿Qué sucede? Protestaba su marido ¿Es que todos son tus amigos?
La verdad es que la que denominaban The First Family (la Primera Familia) con retintineo de monarquía, sabía hacerse querer en todas partes. En Francia porque Jacqueline Bouvier era de ascendencia francesa. Allí fue tal la expectación que levantaba la primera dama estadounidense que, a los brindis de la cena de gala ofrecida por el presidente Charles De Gaulle, el mandatario americano tuvo que declarar: “Me presento: Soy el señor que acompaña a Jacqueline Kennedy”. En Gran Bretaña la simpatía nacía del hecho de que allí JFK había crecido siendo el hijo del embajador de Estados Unidos, Joseph P. Kennedy, y que estudió en Oxford. En Alemania fueron queridos porque viendo el muro de la vergüenza, John F.Kennedy se declaraba berlinés y lo decía en alemán.: Ich bin ein Berliner.Era el momento y la frase oportunos en aquellos momentos en que la parte occidental de la antigua capital de Alemania estaba sitiada por los comunistas de la RDA y un continuo puente aéreo americano alimentaba a sus habitantes.
Me tocó vivir en Nueva York, donde arribó en el transatlantico France, y en Washington, donde se la trasladó enseguida, algunos momentos estelares de la brillante vida presidencial cuando los Kennedy recibieron al autor de L´Espoir, el gran escritor André Malraux, entonces Ministro de Cultura de Francia. Como invitada especial, a Mona Lisa, la Gioconda que, por primera vez, salía del Museo del Louvre. Aquello era una victoria personal de Jackie Kennedy. Unas semanas más tarde, cuando la pintura había dejado la National Gallery de la capital para exhibirse en Nueva York, me despertó a las siete de la mañana, un Salvador Dalí más que celoso de su colega Leonardo da Vinci : Meneses, ¿asistió usted a la llegada de la Mona Lisa a bordo del France? Si , le contesté con brusquedad. molesto por haberme despertado tan temprano, en el muelle 51.– Pues a mediodía llega el “Cabo San Vicente” trayendo a bordo mi pintura “La Batalla de Tetuán” ¿irá usted? Me era imposible pero acepté su propuesta de ir unos días más tarde a la puerta del Metropolitan Museum de Nueva York, a donde había llegado la famosa pintura, para manifestarse, ante la cola de gente deseosa de ver la obra maestra de Leonardo, con un cartel que rezaba: Mona Lisa has a pornographic smile (Mona Lisa tiene una sonrisa pornográfica). Inútil decir que cuando llegamos ante el museo y vimos la multitud que aguardaba para ver a la Gioconda, Dalí, un maestro del arte de las relaciones públicas y del marketing, se rajó, con razón, y retuvo el taxi. Regresamos en él al Hotel Saint Regis donde vivía.
El 23 de noviembre de 1963, hace 40 años de esto, yo recibía mis acreditaciones de la Casa Blanca para atender a los funerales del asesinado presidente. Pierre Salinger, el Jefe de Prensa nos entregó unos improvisados badges (distintivo de Prensa que se exhibe en la solapa para que la policía franquee el paso al portador). Todavía lo conservo. Reza: THE WHITE HOUSE - Trip of the President, NOV 24, 1963 (LA CASA BLANCA - Viaje del Presidente.-24 Noviembre 1963). Un segundo distintivo, escrito con caracteres móviles de goma, exhibía el destino: ARLINGTON, el cementerio militar donde fue enterrado y reposa. En realidad era el último viaje de John Fitzgerald Kennedy. Le acompañaron después del funeral en la Catedral de Saint Mathews, entre otros muchos dignatarios internacionales, el presidente alemán Heinrich Luebke, el francés Charles De Gaulle, la reina Federica de Grecia, el rey Balduino de Bélgica, el Emperador Haile Selassie de Etiopía, Diosdado Malapagal de Filipinas y el Canciller Alemán Ludwig Erhard. Y América entera llorando aún con el estupor en sus rostros. Yo me había enterado del asesinato en mi casa de Nueva York. El tonto de mi portero-ascensorista, con un ininteligible acento báltico, me había dicho escuetamente y con tono monocorde:”They shot the president!” (¡Han disparado al presidente!). Como nunca entendía sus bromas en inglés macarrónico, no me molesté en decirle que repitiese lo que había dicho. Dentro de mi apartamento encontré a mi mujer de rodillas en el suelo, llorando como una Madalena y tapándose el rostro. Mi primera pregunta, a la vez que la tomaba en mis brazos, fue: “¿Te han asaltado? … ¿Te han violado?” Las imágenes en la pantalla del televisor me dieron la respuesta desde Dallas. Kennedy había sido asesinado. Era el 22 de Noviembre de 1963. Un día aciago para EE.UU. y el mundo.
Muchos acusaron a este presidente de haber conducido al fracaso la expedición cubana que desembarcó en Bahía de Cochinos o Playa Girón. Lo cierto es que la operación había sido diseñada y encomendada por Eisenhower a la CIA.Se llevó a cabo de noche cuando el hombre que había mandado el desembarco de Normandía, siempre sostuvo que los desembarcos bajo fuego deben realizarse de día. Sucedió en Abril y JFK había jurado el cargo de presidente en enero de 1961, tres meses antes cuando todo estaba en marcha y mal informado por la CIA que creía que el pueblo cubano se sublevaría contra Castro tan pronto la Brigada 2506 desembarcase. Esto recuerda el error recientemente repetido de haber creído que el pueblo iraquí iba a recibir a las tropas angloamericanas con besos y collares de flores. Parte de la animosidad de los cubanos de Florida hacia los demócratas proviene de aquellas fechas, porque la Casa Blanca no dio entonces orden a las fuerzas armadas americanas de intervenir a favor de los invasores cuando las cosas se torcieron pocas horas despues de iniciado el combate. Como era de esperar,los castristas vencieron.
Sobre quien asesinó a Kennedy no me voy a pronunciar. Ya lo intentó hasta Woody Allen con humor. Hubo muchos estamentos de la sociedad americana que odiaban esa superioridad clasista del clan Kennedy. El todo poderoso John Edgard Hoover, fundador del FBI, Jimmy Hoffa, el líder sindicalista, la mafiosa Cosa Nostra, los racistas como George C.Wallace, gobernador de Alabama, que se enfrentó duramente con Robert Kennedy (Ministro de Justicia) que defendía, junto a su hermano, los derechos civiles de los negros. También fue asesinado Robert. Cubrí muchos de estos acontecimientos en los Estados del Sur, incluido el Ku-Klux-Klan de Georgia. Especialmente significativo fue el intento del gobernador Wallace de impedir la entrada de Vivian Malone, una joven negra que se quería matricular en la Universidad (toda blanca) de Tuscaloosa. Y lo consiguió delante de mis ojos cuando, tras el primer rechazo de la mañana del gobernador con la Guardia Nacional de azul marino, detrás de él. Nicholas Katzenbach, ayudante de Robert Kennedy presentó a Wallace la orden de movilización de la Guardia Nacional y el Coronel Lingo y sus hombres regresaron a la Universidad, dos horas más tarde, vestidos con el uniforme caqui de los EE.UU. George Wallace acabaría en silla de ruedas, años más tarde, tras recibir una bala en la espalda.
Fue la de los Kennedy, una etapa brillante, irrepetible. No dependían para financiar sus elecciones del dinero de las fábricas de armas ni de los petroleros para alcanzar desde Boston el poder de la Casa Blanca. Solo debían su ascenso al dinero del patriarca Joe Kennedy que se había enriquecido con el contrabando de alcohol durante el período de la Ley Seca. Para comprender lo que fue aquella presidencia, basta compararla con la actual. A señalar finalmente que John Kennedy se lesionó la espalda cuando hundieron su PT Boat durante la guerra mundial y su hermano mayor, Joseph fue derribado y muerto como piloto. Compárese con George W.Bush, escaqueado de la guerra de Vietnam que tanto gusta de hacer la guerra y disfrazarse de piloto de combate y acude al país que ha machacado, visitando el puente del portaviones Abraham Lincoln. Allí declara el fin de la guerra el 1 de mayo de 2003. Que se lo digan a los familiares de los soldados que han caído desde entonces, 19 de ellos carabinieri y soldados italianos, hace unos días en Nasiriya.




