El Rey arquitecto
Cuando todo el mundo celebra los 25 años de la Constitución de 1978, la más duradera de nuestra Historia, se habla de lo que unos u otros cedieron. Que si la derecha de Fraga pactó con el diablo con rabo de Carrillo, que a los nacionalismos históricos se les había concedido demasiado, que si no fueron exigentes con la forma de Estado, olvidándose de restaurar la Segunda República. Hubo hasta algún inspector de Hacienda destinado en La Rioja que criticó la Constitución implacablemente en la prensa local. Incluso, ahora que algunos quieren darle a la Constitución varios retoques, los hay que vuelven a mencionar la forma republicana de Estado como la más moderna para una Europa unida y moderna. ¿Forma más moderna, amigo Raúl del Pozo? ¿Es de anteayer la República de Atenas?
En virtud de la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado, cuando muere Franco, el entonces Príncipe de España pasa a reinar con el título de Juan Carlos I de España. En aquel momento en que era proclamado Jefe del Estado, heredaba todos los poderes de un dictador que padecimos durante 40 años y que había alcanzado el poder a sangre y fuego. Era repugnante que su régimen se perpetuase aunque fuese a través de un joven que ni siquiera ostentó el título de Príncipe de Asturias que corresponde a los herederos de la Corona. Como bastantes antepasados suyos, el Borbón pudo perfectamente aceptar el legado y ser un rey absolutista o, educado en los tiempos modernos, ser un rey constitucional e instaurar una monarquía parlamentaria. La elección de cualquiera de los dos caminos estaba en sus manos. Pero don Juan Carlos había nacido en el exilio, como tantos hombres y mujeres de su generación. Su padre era un exiliado que, para cualquiera que lo visitase en la portuguesa Villa Giralda, de Estoril, hubiese encontrado las puertas abiertas y una familia de clase media en sus recursos y actividades. Las chicas iban a diario a sus cursos de enfermería en Lisboa y don Juan de Borbón se desplazaba en un modesto Volkswagen Escarabajo. Luego vino la separación del hijo que se vino a educar (y a formar, según Franco y su régimen) a España. Viví como periodista la pugna del padre intentando que los franquistas no lavasen el cerebro de su hijo y contrarrestando las ideas autoritarias por las de una democracia moderna.
Franco y su gente no consiguieron borrar la influencia paterna, al contrario, más insistían y menos conseguían desarraigar la educación sw Don Juan inculcada hasta en los reencuentros vacacionales. Muchos han ignorado ese drama que, en cualquier familia, hubiese representado una ruptura padre-hijo. Franco ofrecía a Juan Carlos todos los poderes que el dictador acumulaba en su condición de Dictador. Don Juan preconizaba la sustitución del régimen fascista por una monarquía en la que él sería rey de todos los españoles. Hay que recordar como les hervía la sangre a quienes ironizaban: ”¿y también rey de Carrillo y de la pasionaria?” Para los franquistas era don Juan Carlos, Juanito, el Breve. Cualquiera que haya visto el abrazo del rey a don Santiago Carrillo durante la celebración del XXV Aniversario de la Constitución o el que siempre ha dado a Felipe González, el líder socialista de la Transición, descubre las claves fundamentales que han permitido estos 25 años de democracia, progreso y cambio total de España.
Cuando se habla de todos los prohombres de una u otra ideología que han hecho posible la Transición Española se habla mucho de todo el mundo pero ¡qué poco se le reconoce a don Juan Carlos ser el auténtico arquitecto del cambio! Esta fabulosa transformación de la sociedad española, que tanta admiración produjo en Vicente Fox, el Presidente de México, es producto de una sociedad a la que la Monarquía ha devuelto su protagonismo. Algunos dan por hecho que una serie de hombres obligaron al rey a tomar un camino y no otro. No fue así. Podíamos habernos encontrado con una monarquía franquista instrumentada por Franco que dejaba todo ”atado y bien atado”. Estos últimos 25 años hubiesen sido una dictablanda a lo Primo de Rivera con un Movimiento Nacional tan longevo como el PRI mexicano. Aún a costa de desavenencias con su padre, Juan Carlos no cedió el puesto a su progenitor, mucho menos familiarizado con la realidad española de aquel momento. Y tuvo razón el hijo y así lo reconoció quien nunca fue Juan III de España.
Tengo familiares con blasones que no apreciaron nada que el rey Juan Carlos no tuviese una Corte como siempre la hubo. Que no se alojase en el Palacio de Oriente y que no empezasen los bailes reales con una aristocracia a lo vienés. Ni siquiera don Juan Carlos quiso ocupar el Pardo, un lugar que para los que peinamos canas nos resulta, como mínimo, especialmente antipático. Tuvo que ser Felipe González el que cometió la torpeza de pasar unas breves vacaciones a bordo del Azor, el barco preferido del Generalísimo. Se le perdonó la bisoñez política del abogado laboralista sevillano y entonces jefe del Gobierno socialista. Una serie de aciertos del joven rey fastidiaron a la rancia aristocracia pero nos alegró a la mayoría de los españoles. La boda del entonces Príncipe de España con doña Sofía de Grecia, que cubrí fotográficamente para el ABC y Blanco y Negro con mi hermano Augusto, despertó simpatías entre quienes habían visto crecer a Juanito lejos de la casa de sus padres. Los nacimientos de Elena, Cristina, Felipe, han sido acontecimientos que el pueblo español ha recibido con cariño. Si en cualquier familia española nos enternece ver crecer a los hijos de nuestros vecinos y verlos pasar de niños a adultos y luego padres y madres, ¿como no va a producir similares sentimientos una familia real discretamente expuesta en los medios de comunicación a lo largo de medio siglo? Esa ha sido la trayectoria de una familia cuyo jefe se deshizo, en una operación sin precedente histórico, de los poderes dictatoriales que heredó de su predecesor en la Jefatura del Estado. Adolfo Suárez y cuantos de derechas, centro e izquierda colaboraron con el rey en desmontar el andamiaje del Estado Autoritario merecen el reconocimiento de todos los españoles pero, entre todos ellos, el rey se lleva la palma a la hora de sacrificar poderes y satisfacer las justas ambiciones de los demás devolviendo la soberanía al pueblo.
El noviazgo del Príncipe de Asturias con una periodista divorciada e hija de padres divorciados ha caído muy bien a la mayoría de los españoles. Solamente ese dato permite contemplar la distancia que hemos recorrido en un cuarto de siglo desde las críticas a la ley del divorcio hasta una futura reina de España en segundas nupcias. Claro que, enseguida, algunos han declarado que si es así ¿por qué no tener una república si el Príncipe se comporta como cualquier ciudadano? Discutir ahora de si la monarquía cuesta dinero es absurdo. Baste ver lo que cuestan muchas presidencias republicanas. Un presidente de República es, forzosamente, un político adscrito a un partido que lo aupa a la máxima magistratura, igual que su Primer Ministro. La representación del Estado, como en el caso de Italia o Alemania, es un puesto decorativo del que se ignora el nombre del titular. Solo en las repúblicas presidencialistas, como EE.UU.o semi-presidencialistas, como Francia el personaje que ostenta el cargo es bien conocido de todo el mundo. ¿Cuesta menos la presidencia de esas repúblicas que la Zarzuela? ¿Es más representativo un señor que llega a la Jefatura del Estado, para un período determinado de años, con compromisos e hipotecas tanto familiares como partidistas o un monarca educado para representar dignamente a un país desde su más tierna infancia y que ejerce una imparcialidad absoluta? La preparación de un futuro rey es más larga y completa que la de cualquier presidente electo. No digamos nada de algunos presidentes latinoamericanos que todos conocemos. Hasta en Francia, país republicano por excelencia, el presidente Chirac ha sido objeto de críticas por asuntos económicos correspondientes a su etapa de Alcalde de Paris y el pueblo francés no deja de pirrarse por las monarquías de los demás países. Cuando Raúl del Pozo o Rafael Torres preconizan la república como forma moderna de gobernar, se olvidan de Suecia, Noruega, Dinamarca y Holanda, países demócratas y a la cabeza de la ciencia, la cultura o los adelantos sociales, inexistentes en muchas repúblicas, incluso europeas.



