¿Miedo a Turquía?
Llama la atención ver como se repiten los mitos tradicionales sobre la inmigración. La mayoría de los receptores de mano de obra de países con nivel de vida inferior, creen que los inmigrantes vienen a robar puestos de trabajo o a delinquir. Son estereotipos muy anclados en la mentalidad de quienes no han salido nunca fuera de los límites de sus terruños. El forastero es, por definición, un posible enemigo. Si es de otra religión, entonces esos temores se incrementan hasta la fobia.
España tiene una gran tradición en ambos sentidos: recibir pueblos extranjeros que vinieron a comerciar con nosotros o a explotar riquezas que no habíamos tocado, quizá porque cuando se tiene una cosa de valor, permanentemente ante los ojos, se deja para otro día el admirarla. Abdu, mi criado nubio de El Cairo, cuando limpiaba la repisa de la chimenea del salón, movía cada día un poco más una estatuilla de barro que yo tenía expuesta allí. Después de unas semanas, aquella reproducción de un dios egipcio, había alcanzado el borde de la repisa de mármol. Me extrañó aquel desplazamiento y la volví a poner en el centro. Interrogué a Abdu y me dejó su respuesta con la boca abierta: “Yo no te la quería robar pero si tu no la apreciabas y dejabas que avanzase hasta el borde de la repisa, es que no te interesaba. Y a mi si me gustaba”. Basta reflexionar un poco para comprender que me había dado una lección de filosofía que se puede aplicar a muchísimas situaciones. Por ejemplo a muchas mujeres casadas cuyos maridos las dejan irse acercando al borde de la repisa, sin reparar en ello.
El emigrante español a ha hecho en América trabajos que jamás habría hecho en cualquier región de España. Fuera de los ojos de sus vecinos, se descubre un tremendo amor por el trabajo, un espíritu de iniciativa que contrasta con la languidez y la renuncia de los indígenas. Hay, además, un deseo de regresar en triunfador a su tierra. Ver las construcciones de indianos en Galicia, Asturias o Cantabria, si se es un poco observador, es descubrir toda una historia de sudor, sangre y lágrimas, como diría Churchill, y un legítimo orgullo por tocar las narices de quienes le vieron partir pobre. Se construyeron fortunas sin más argamasa que el orgullo de no volver derrotado. Luego, muchos de esos sueños de regreso triunfal se quedan por el camino. Aparecen el amor y los hijos que carecen de añoranzas y si de apegos al lugar donde nacieron. El regreso se hace más difícil. Y aquel emigrante vuelve con canas y familia, como turista para descubrir que aquel mundo que dejó atrás, con una maleta de cartón sujeta con cuerdas y el miedo a lo desconocido en las tripas, ya no existe. Aquel sendero es una autopista, el manzano frente a la casa es el Parque de Bomberos, la escuela tiene más de un maestro y don Ambrosio murió. Solo los viejos lo recuerdan.
Francia creyó en su día que los españoles que llegaban en avalancha huyendo de la guerra civil o luego, más tarde, del hambre y la dictadura, solo servían para chachas y jardineros. Las madame y las conchitas se esforzaban por entenderse y lo conseguían. Como yo con mi Abdu. Por cierto, todos los criados nubios de El Cairo decían llamarse Abdu. Unos servían a otros de garantes de la honestidad del otro. Y funcionaba perfectamente. Mi Abdu me confesó que les daba vergüenza servir de sufraguio farrach en El Cairo o Alejandría. Esa española que ahora regenta su restaurante en la costa y que habla francés con fuerte acento, jamás confesará que fue criada en Paris y que ahorró hasta comprarse un piso y montar este negocio en Alicante. Cuando los turcos, que han pasado varios años en Alemania barriendo calles o de criadas, regresen a una Turquía miembro de la Unión Europea, tendrán unos ahorros, el dominio del alemán y un conocimiento importante de la cultura germana. Para ellos, moverse entre sus compatriotas con cierta ventaje será lo más natural. Al mismo tiempo, el costo de la vida irá ascendiendo en Turquía hasta el punto de que no compense expatriarse para ahorrar poco. Unos porque habrán echado raíces en la Unión Europea donde solo en Alemania hay 2.500.000 turcos o alemanes de origen turco, y otros porque disponen de medios y deseos de regresar a su tierra, el caso es que la invasión de mano de obra barata que roba puestos de trabajo, no se producirá en las proporciones que temen algunos. Y el desarrollo de Turquía se realizará por las tres vías que hemos conocido los españoles: las remesas de los emigrantes, el turismo y las inversiones extranjeras, dadas la mano de obra barata y cualificada que hay. Lo mismo puede decirse de Marruecos. En Méjico, las remesas de los emigrantes que trabajan en Estados Unidos, han superado las inversiones estadounidenses en el país.
La tasa de crecimiento demográfico de Turquía, una de las más altas del mundo, es en la actualidad del 3,5 por 100. Como nos sucedió a los españoles, irá disminuyendo conforme mejoren las condiciones de vida y de trabajo de los turcos. Actualmente, el 40 por ciento de la población de ese país tiene menos de 14 años. Esto supondrá frenar el envejecimiento de la Europa de los 15. Si los miedos resultaron infundados para España, Portugal o Grecia ¿por qué no ha de suceder lo mismo con los recién incorporados y Turquía cuando llegue el momento? La entrada de Bulgaria, Rumania y Turquía en la Unión Europea (UE-28) llevará la extensión de la misma a 5.053.000 km2 con una población de 544.100.000 habitantes. Con relación a Estados Unidos, UE-28 tendrá una extensión igual al 53,9%, algo más de la mitad de la estadounidense pero tendremos casi el doble (1,94 veces)de su población. Dentro de esta Europa ampliada a 28 países, el territorio turco representará solo un 15,34% y su población el 12,71%. No es para asustarse. No lo hicieron Belgica, Holanda y Luxemburgo uniéndose a Francia y Alemania Federal. Y como sucedió con España, Portugal, Irlanda y Grecia, el costo para los países contribuyentes esconómicos es una inversión que reporta muchos beneficios por las oportunidades de desarrollo que ofrecen los recién llegados. Empezar a poner trabas desde ya, es haber olvidado las experiencias pasadas. Cuando se piensa que las pensiones de los actuales trabajadores españoles serán probablemente pagadas por las cotizaciones de los inmigrantes de Àfrica y América Latina, conviene dar la bienvenida más que rechazar a los que se quieren sumar a una idea integral de desarrollo humano como es la que vende la Unión Europea. Ninguno de los países que se han ido agregando a los primitivos 6 ha salido perdiendo con su ingreso en este club. ¿Qué nuestras fronteras se extenderán hasta Irak, Irán, Siria y el Cáucaso? ¿Cuándo estuvo Europa ausente de esos límites? Alejandro de Macedonia y los romanos fueron más lejos que eso. Con Turquía, volveremos a tener Troya dentro de Europa. Solo hay que tener miedo al miedo.




