Susan se cansó de esperar
He conocido a muchos personajes, en mi dilatada vida profesional. No me impresionaron los que llevaban más entorchados y eran seguidos por más vasallos. Ni el Sha de Irán, el rey de reyes, Reza Pahlevi me produjo, al tenderme su mano, el respeto que sentí al estrechar la de una mujer de mirada limpia y profunda. Fue en el Sarajevo sitiado de julio de 1993, la mano y el beso de aquella escritora americana valía más que la de todas las emperatrices de Persia. Era la mano y el beso de Susan Sontag. Acaba de morir a los 71 años de edad, en Nueva York.
Con su mecha blanca destacando sobre un pelo negro azabache, a Susan se la veía por la capital de Bosnia Herzegovina, repartiendo sonrisas, acariciando cabezas de niños o en la cola del agua charlando con las mujeres mientras el fondo sonoro de los morteros chetniks retumbaban en nuestros oídos hasta hacerse olvidar por reiterativos. Fue en Madrid, cuando volviendo a escuchar la entrevista grabada a un policía musulmán de Sarajevo, cuando me apercibí del cañoneo constante que teníamos de fondo desde el monte Igman, mientras degustábamos un café turco en el jardincillo del viejo Khan.
Por la noche, de regreso al Holiday Inn, en el comedor de la primera planta, con las cortinas negras bien cerradas para impedir que la luz atrajese los disparos de los serbios, aparecía Susan Sontag como una figura del teatro trágico griego. Se sentaba cerca de la ventana que daba al enemigo chetnik, acampado a pocos metros de donde ella cenaba. Su hijo, David Rieff, periodista, la daba un beso y se iba a sentar con la gente de su generación.
Curioso. Ella fue una joven rebelde cabreada toda su vida. Una mujer como ella, luchadora contra la injusticia desde joven, desde que cubría la guerra contra el vietcong, no podía estar ausente de Sarajevo en aquellas fechas. ”La raza blanca es el cáncer de la Historia Humana”, dijo durante la guerra de Vietnam, en los años sesenta.
Juan Goytisolo y Gervasio Sánchez intimaron con ella mucho más que yo y saben de la aureola que rodeaba aquella mujer de temple.
En la guerra de los Balcanes, la casi totalidad de los periodistas que estábamos en Sarajevo o merodeando por otros lugares de la antigua Yugoslavia, sabíamos que en la capital bosnia se estaba jugando el ideal europeo, y de la humanidad. Parece grandilocuente pero una defensa que duró tres años, en la que serbios, croatas, bosnios musulmanes, judíos sefardíes defendían una coexistencia centenaria y modélica, iluminaba nuestras mentes. La Biblioteca de Sarajevo, destruida por los morteros serbios desde las montañas Igman que nos rodeaban, el edificio de Oslobodenje, (Liberación). el heroico diario que se imprimía en el sótano del edificio derruido y mientras el parking estaba ocupado por los serbios, los parterres sembrados de zanahorias, los autobuses atravesados en los cruces de calle y que servían de parapetos para correr de una acera a la otra mientras disparaban los franco-tiradores. Las colas de mujeres cogiendo agua de las fuentes, algunas secretas para evitar los disparos de los snipers sobre puntos tan vitales, bien conocidos de ellos puesto que eran vecinos de la ciudad. Aquel era el mundo caótico por el que se movía Susan Sontag cuando acudía a los ensayos de la obra de Samuel Beckett, ”Esperando a Godot.
La obra más destacada del teatro moderno, nacida en 1952, representada con actores bosnios, musulmanes y cristianos, ortodoxos y católicos, dirigida sobre un escenario iluminado con velas, por una intelectual estadounidenses criada en Tucson, Arizona, de esas que hacen honor a su patria sin necesidad de envolverse en la bandera de barras y estrellas.
“Esperando a Godot” tiene difícil explicación. Solo representa el paso del tiempo para dos hombres que esperan un personaje que algunos confunden con Dios (God en inglés) y otros con el Destino que resolverá la situación.
“El sol brilló, al no tener otra alternativa, sobre lo nada nuevo”
El teatro de lo absurdo, en una ciudad en ruinas, con un fondo de explosiones, donde los cirujanos operaban con cascos de minero y los perros giraban locos queriéndose morder la cola, era lo perfecto para una representación cultural organizada por una activista americana que nos invitó a firmar un manifiesto poniéndonos todos los periodistas extranjeros, del lado de los sitiados, de los que esperaban un milagro. De los que tenían la razón.
– ¿Y si nos arrepintiéramos?
– ¿De qué?
– ¡Hombre! No hace falta entrar en detalles…
– ¿ De haber nacido?
El corazón de una gran luchadora, de una activista ciudadana del mundo, se apagó a los 71 años. En 2003, recibió el Premio Príncipe de Asturias. De ella dijo Carlos Fuentes: ”No conozco otro intelectual con una mente tan clara, y con tanta capacidad para vincular y para asociar. Ella es única”. Pero Susan Sontag, el 28 de diciembre de 2004, el día de los Santos Inocentes, se cansó de esperar a Godot.





Hola: Mi nombre es Susan Meneses, soy de Chile región delBio Bio, en la heroica comuna de Lota, y me gustaria comunicarme con ustedes para saber de esta otra SUSAN mENESES
Gracias
Un Abrazo Fraterno.
Comentario por Susan Meneses — 16 Enero 2008 @ 12:50