La dictadura senil
Uno de los problemas que encontré en Sierra Maestra en los 4 meses que pasé con los rebeldes de Fidel Castro, a caballo entre 1957 y 58, es que no habían viajado al extranjero. Estuvieron en Colombia y México como clandestinos intentando tomar su revancha por la derrota del Moncada. Ernesto “Ché” Guevara, el más viajado, se había recorrido toda América de sur a norte hasta encontrarse en México con el grupo de conspiradores de Fidel Castro. Raúl había estado en Praga invitado por el régimen comunista en un Congreso de las Juventudes no alineadas, en realidad, pro-Moscú. El grupo de los hermanos Castro también estuvo en Bogotá cuando el famoso “Bogotazo” del que escaparon después de sembrar el caos en la capital colombiana.
El centenar de rebeldes que me encontré en Sierra Maestra, en diciembre de 1957, no conocía ni los usos ni las costumbres de una vida democrática y mal podrían aplicar el Estado de Derecho en Cuba, interrumpido por Fulgencio Batista con su golpe incruento de 1952. El mismo “Ché” Guevara había recorrido en moto países donde la democracia brillaba por su ausencia y el caciquismo era generalizado. Pero había leído y razonaba que la revolución rusa de 1917 se había producido amotinando los obreros de las fábricas y la marina de guerra. Aquel método era impensable en un continente iberoamericano poblado de campesinos y sin masas obreras. El comunismo chino le parecía mejor modelo y parece que el tiempo le ha dado la razón aunque, para ello tuviese que romper con la revolución cubana. Apoyarse en los indios bolivianos, indolentes y sujetos a un conservadurismo tradicional, le costó la vida.
Si Fidel Castro no hubiese atribuido el atraso de su economía al embargo estadounidense, si hubiese comprendido que, por ahora, la única fuerza capaz de discutir con EE.UU. de tú a tú es la Unión Europea, hubiese dado el giro necesario para enderezar su revolución. Hoy, en la República Popular China es muy difícil saber si la revolución maoísta es el origen del desarrollo tan espectacular que están experimentando 1.300 millones de chinos o se está produciendo a pesar de Mao Zedong. Si Castro hubiese conocido más de cerca algún sistema democrático en la UE, hubiese descubierto que impedir que se reúnan pacíficamente un grupo de disidentes preocupados por el post-castrismo solo puede contribuir a una transición ordenada en lugar de un desembarco violento de exiliados procedentes de Florida. Dar satisfacción a los extremistas de Miami no es el camino para preservar lo positivo de su revolución. En España, la transición se hizo entre muchas tendencias del interior. El exilio desconocía bastante la realidad española de 1975. Los que pueden evitar un choque brutal tras la muerte de Fidel, están precisamente en la isla y no hay que pensar que Raúl Castro sea el hombre capaz de llevar adelante la transición de una dictadura que fue juvenil cuando daba sus primeros pasos pero que hace ya años que peca de senilismo y por ello impide que políticos y periodistas europeos acudan a la isla en busca de las claves del futuro de Cuba. En la Sierra no conseguí convencer a los líderes de la rebelión de que entre Moscú y Washington había una tercera vía: Bruselas. Y Dios sabe que desde entonces, la Unión Europea se ha desarrollado de manera que no deja lugar a dudas sobre el bloque de libertades que representa en el panorama internacional. Europa rechaza el imperialismo y acoge a millones y millones de inmigrantes de las antiguas colonias. Si España acudió en tromba a hacer fortuna a América en siglos pasados, hoy en día los pueblos que nuestro país sacó al primer plano de la escena internacional, acuden a Europa en busca de un futuro que les permita huir del caciquismo y de la miseria. Pero no es solo las remesas de dinero a sus países y pueblecitos de origen lo que representa un avance sino que están aprendiendo como funciona un sistema democrático europeo. La Unión Europea es un ejemplo –no todo lo perfecto que deseamos, pero el menos malo de los existentes, como decía Winston Churchill.
El PP reprocha a Rodríguez Zapatero que cambiase la política áspera hacia Cuba y Venezuela. Una manera de confesar que fue verdad que Aznar respaldó –aunque no inspirase—el golpe contra Hugo Chávez. ¿Qué obtuvo la línea dura prodigada por Aznar? Por lo menos, con la nueva de Rodríguez Zapatero, se ha liberado a Rivero y se ha autorizado el mini congreso de opositores al régimen. Ya es algo y es mucho. Con José María Aznar, Fidel Castro no se movió un ápice. Ahora, si el líder cubano no quiere escupir en la mano que le tendió Zapatero, deberá considerar que pone en mala situación, ante el pueblo español y la Unión Europea, a quien busca ayudarle a cambio de implantar un Estado de derecho.




