El perro de presa
El sistema de oposición que lleva a cabo el PP recuerda la actitud de esos perritos callejeros que te agarran el bajo del pantalón y no te sueltan por más que hagas volar al animal con patadas. No sueltan presa. En la estrategia del PP se trata de tomar cualquier episodio de la vida ciudadana, el apaleamiento de un ciudadano en un cuartelillo de la Guardia Civil en Roquetas de Mar, el incendio de la zona norte de Castilla La Mancha o el accidente del helicóptero del Ejército en Afganistán. Todo se presenta como una batería artillera que defienda otros acontecimientos de la etapa en que gobernaba José María Aznar y el actual equipo dirigente del PP. Por ejemplo, el Prestige se comparará con el incendio forestal que causó 11 muertes, la paliza mortal a un ciudadano por parte de 9 Guardias Civiles, se emparejará con el supuesto deseo del PSOE de desmilitarizar la Benemérita. Claro, no podía faltar la comparación de los 62 militares muertos en Trabzón cuando regresaban de Kabul y los 17 fallecidos en el accidente del helicóptero Cougar, al sur de Herat, en Afganistán Occidental.
El brutal atentado de las Torres Gemelas, puso al mundo entero del lado de los EE.UU., víctima como en tiempos de Pearl Harbour, de un enemigo traidor. Todo indicaba que la organización Al Qaeda, fundada por el saudí Osama bin Laden, era responsable de los casi tres millares de muertos habidos en el corazón financiero de Manhattan. Sin embargo, aún no se ha explicado por qué, el único avión autorizado a sobrevolar los EE.UU. después del atentado, además del presidencial, sacó del país a la acaudalada familia Bin Laden, amiga y socia de los Bush desde hacía años. Osama y su organización habían luchado junto a los talibanes contra los soviéticos en Afganistán y ahora se revolvían contra sus antiguos aliados y socios estadounidenses. De Kabul había partido la orden que destruir, el 11-S, dos rascacielos, símbolos del poderío económico de los EE.UU.. El zarpazo de EE.UU. y sus aliados, al régimen islamista que protegía a Al Qaeda y le daba cobertura y apoyo militar en la montañosa región vecina de Pakistán e Irán, no se hizo esperar. Sin embargo, pensar que tan vasto y difícil territorio quedaba controlado es puro voluntarismo.
La ONU, la OTAN, se lanzaron contra el régimen talibán que amparaba al responsable de la matanza del 11-S- 01. Sin más explicaciones, el gobierno de Aznar apoyó la operación y envió un contingente español, no en misión humanitaria sino de acuerdo con los compromisos que nos impone nuestra pertenencia a los dos organismos político y militar a los que pertenecemos. No hubo movimientos significativos de resistencia a nuestra participación en la liberación de Afganistán del islamismo militante de los talibanes. Todo esto sin que cayese Osama bin Laden en manos de los aliados y que este se refugiase en la Zona Tribal fronteriza, a caballo entre Afganistán y Pakistán donde todavía siguen él y sus más cercanos.
La intervención española en Afganistán no ofrece dudas en cuanto a la legitimidad internacional. No así el acuerdo de las Azores en el que tres países y el anfitrión portugués, hicieron caso omiso del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y declararon, unilateralmente, la guerra a Irak. La mayoría parlamentaria de la que José María Aznar hacía uso y abuso en su segundo mandato, nos metió en esa guerra preventiva pese a que el 90% de los españoles estuviese en la calle declarándose en contra. No hay pues que comparar, como quiere el PP, intervenciones como la de los Balcanes o Afganistán con la invasión de Irak en busca de supuestas armas de destrucción masivas. Al no haber encontrado el menor rastro de tan peligroso arsenal, la argumentación fue variando y resultó que la guerra contra Sadam Huseín, bruscamente, interesaba para restablecer una democracia a la occidental en un país dictatorial pero alejado de luchas yahidistas.
Comparar el accidente del Yak-42, un aparato rechazado por nuestros aliados noruegos después del primer viaje que hicieron en el mismo aparato y trayecto, con el accidente del Cougar, nuevo y revisado de nuestro helicóptero, es absurdo. Son dos cosas distintas. Un aparato ucranio en manos de una sospechosa compañía UM Mediterránea, propiedad de un libanés de 27 años, costó 170.000 euros de alquiler pero a la empresa solo se le pagaron 45.000 después de subcontratar 6 veces el precio pactado por el Ministerio de Defensa español. ¿Dónde fue a parar la diferencia entre el precio acordado y el que percibió el último tenedor? ¿Podíamos haber utilizado líneas charter españolas con el mismo presupuesto, como se hace ahora?
Mariano Rajoy considera excesivo el despliegue de gestos en torno al accidente del helicóptero. Desde luego contrasta con las prisas con las que se quiso tapar el asunto del Yakolev-42. De no dejar ver los cuerpos de las víctimas a sus familiares en el caso Yak-42, a darle a estos todas las garantías que permitan a los 17 muertos del Cougar estar seguros de que reciben el cuerpo de los suyos, va una gran diferencia. Evidentemente, la recepción de Getafe no ha permitido la entrega de medallas de se hicieron a los 62 militares muertos en Trabzón. Que se haya esmerado el nuevo gobierno en no caer en los errores del anterior no es ganas de meter el dedo en el ojo del PP sino de que cuando ocurran las inevitables desgracias, tengamos previstos los medios para resolverlas mejor que las anteriores. De la Comisión parlamentaria del 11-M, pese a los obstáculos del PP, se han sacado suficientes conclusiones como para mitigar o evitar futuros atentados islamistas. Por lo menos se sacó eso en claro. Lo mismo puede decirse del protocolo nacido del accidente del Yak-42. Lo que si hay que reconocer que la identificación de los 17 del Cougar se presentaba menos complicada que la de los 62 del Yak-42 al tener allí el testimonio de sus propios camaradas. Pero eso no explica que 30 de las víctimas del Yak fuesen perfectamente identificadas por los forenses turcos mientras fueron erróneas las realizadas por nuestros expertos presionados por la superioridad para acabar con el problema cuanto antes.
Seguí entera por televisión la llegada del Hércules con los cadáveres. Era Telemadrid, poco sospechosa de favorecer al gobierno socialista, y las imágenes de Mariano Rajoy, Eduardo Zaplana y Miguel Ángel Acebes, brillaron por su ausencia. Alegan no haber sido invitados. En esta ocasión también han querido que todo se olvide y pase deprisa. No es modestia sino deseo de disentir y criticar. Eso sí, no sin antes exigir que sea Rodríguez Zapatero quien de explicaciones ante la Diputación Permanente del Congreso y no el ministro de Defensa José Bono. En catástrofes similares o mayores, José María Aznar nunca compareció ante el Parlamento español. La exigencia de Rajoy es uno más de los mordiscos del perrito callejero y peleón que no suelta presa.




