Afganistán e Irak: por orden
Desde el primer momento, George W.Bush supo donde estaba el responsable del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York. Osama bin Laden socio de su familia, los talibanes (estudiantes coránicos) habían luchado durante años contra la URSS con el apoyo en dinero y armamento de los Estados Unidos. La CIA conocía y conoce a los instigadores del atentado del 11 de Septiembre de 2001. La reacción internacional fue ponerse al lado de los neoyorquinos e ir contra un régimen islamista que había sido fiel aliado de los americanos. Osama bin Laden, fundador de Al Qaeda, es saudí pero no comparte la férrea alianza de la dinastía wahabita con las familias petroleras de Texas. Las monarquías absolutas de Arabia y el Golfo son muy dóciles con Washington pero muy duras con sus disidentes nacionales. Por añadidura, la familia saudí reinante ha permitido el estacionamiento de tropas infieles (norteamericanas) en territorio sagrado donde se encuentran Medina y la Meca.
Hay que decir que las petromonarquías hacen importantes donaciones económicas cada año para las numerosas organizaciones de ayuda a los musulmanes, refugiados palestinos o simplemente necesitados. No hay Seguridad Social en ninguno de esos países y las organizaciones que solo nos aparecen como terroristas (Yihad, Hamas, Hezbolah, etc.,) actúan a la vez como combatientes antisionistas y especie de Caritas islámica. De ahí el revuelo que se montó cuando una princesa saudí remitió importantes fondos a una organización considerada beligerante en la lucha contra Israel. En el País Vasco tenemos organizaciones de apoyo a las familias de etarras que producen el mismo sarpullido a la mayoría de los españoles.
El ataque occidental contra el régimen talibán, que cobijaba y dejaba moverse a sus anchas a Bin Laden y sus numerosos seguidores, y que tenían declarada la guerra a los Estados Unidos e Israel, no se hizo esperar. La guerra, aparentemente, fue rápida. Los talibanes y Al Qaeda se replegaron a las montañas del Noreste, a caballo entre Afganistán y Pakistán, en las inaccesibles montañas del Hindu Kush. Aún siguen los americanos buscando a Bin Laden y al Mulah Omar. Todavía es peligroso salir de Kabul y tres o cuatro ciudades importantes. El cultivo del opio ha resucitado desde que desapareció la autoridad talibán y financia, probablemente, la lucha de Al Qaeda, una auténtica franquicia que se ha extendido como la espuma por muchos países musulmanes o con fuertes colonias de islamistas.
La guerra de Afganistán no se ha terminado. Disponer de 10.000 hombres para combatir a los yihadistas en semejante orografía es de risa. Pero Si a George W.Bush le dolió que en 1991, su padre, entonces presidente de los EE.UU., una vez liberado Kuwait, no se hubiese lanzado sobre Bagdad y logrado derrocar a Sadam Huseín. Ahora, con el pretexto de la guerra declarada al terrorismo internacional, Bush Jr ha querido acabar lo que su padre había dejado a medias. No venía a cuento pero como justificación, solo se le ocurrió decir que el dictador iraquí “era el hombre que había intentado asesinar a papá”.
De todos los países árabes, el menos religioso y fanático anti-israelí, era Irak. Si lanzó cohetes a Israel durante la guerra del Golfo es porque se vio atacado por una formidable coalición de fuerzas legalmente apoyadas por la ONU cuya carta justifica la guerra en caso de ocupación de un país por un vecino suyo. De ahí que, respetuoso con la limitación impuesta por la ONU, Bush padre se detuviese en la misma frontera de Irak, una vez recuperado el territorio kuwaití. Sin haber terminado la tarea emprendida en Afganistán, donde todo el mundo situaba las bases de entrenamiento de Al Qaeda, George W.Bush se lanzaba a una guerra contra Irak donde sabía que no podía haber armas de destrucción masiva, sometido como estaba el país al control aéreo y de los inspectores de la ONU durante toda una década. Exhausto desde que iniciara una guerra de 8 años contra Irán en 1980, apoyada por los EE.UU., con enormes indemnizaciones que pagar a Kuwait y a la Coalición militar que le derrotó, poco dado a defender la sharia y prácticamente indiferente a los movimientos anti israelíes residentes en Siria y el Líbano, Irak no aparece en aquellas fechas en ninguna acción terrorista contra el Estado de Israel.
El petróleo y su olor, embriagante para cualquier buen tejano, fueron suficiente razón para atacar un país que en numerosas ocasiones había hecho suculentos negocios con los Bush, Rumsfeld, Cheney, Wolfowich, Pearle y otros. ¿Por qué había llegado el momento de apoderarse de Irak y su riqueza petrolera? Probablemente porque Arabia Saudí está dejando de ser el sólido aliado de la Casa Blanca y haya crecido la inestabilidad interior en el reino, y los lazos existentes entre Riyadh y el terrorismo islamista sean más fuertes y peligrosos que los que tenía Sadam Huseín. Pero había que tener una pieza de recambio antes de empezar a redibujar el mapa actual de la región. Por el momento, Irán está en el punto de mira aunque, sin haber terminado el trabajo en Afganistán y en Irak, parece muy arriesgado meterse con Arabia y es mejor que ella sea minada desde su interior. Estados Unidos ya está construyendo sus enormes bases militares en Mesopotamia, en ese Irak al que han querido imponer la democracia a la americana y no se consigue consensuar una Constitución que no suponga la desmembración del Estado que mantenía unido un dictador llamado Sadam Huseín.




