¿Sirve de algo la ONU?
Nació como heredera de la Sociedad de Naciones después de la Segunda Guerra Mundial. Su estructura reflejaba más el elenco de los vencedores que las cualidades democráticas de los mismos. Cinco fueron miembros permanentes del Consejo de Seguridad con derecho a veto. EE.UU., Reino Unido, URSS, China y, como una concesión a la Francia ocupada pero que no había dejado de luchar con su Resistencia y sus Fuerzas Libres en sus antiguos territorios coloniales, tuvo el estatus de vencedor en igualdad con los otros cuatro. Evidentemente, a los países anglosajones les interesaba tener de su lado un aliado tradicional que, por añadidura gozaba de cierto prestigio en sus territorios de ultramar.
El primer problema que tuvo que enfrentar la ONU se había gestado en 1919, cuando el Secretario de Asuntos Exteriores británico, John Balfour, había prometido ”un hogar”, para el pueblo judío, en la Palestina liberada en 1917 de los turcos y gobernada por Mandato de la Sociedad de Naciones desde 1922. El genocidio de 6 millones de judíos, por parte de los nazis, reavivó la idea del retorno a la patria bíblica. Desde finales del siglo XIX, el “sionismo” de Theodor Herlz había logrado, con la ayuda de Edmond de Rothchild y otras grandes fortunas judías, ir comprando tierras a los palestinos para instalar colonos judíos en ellas. Pero 1946, el final de la Guerra Mundial, abrió la espita de la emigración que las fuerzas británicas se vieron incapaces de frenar. Ya no se compraban tierras, se arrebataban expulsando por la fuerza a sus habitantes árabes. Todo el mundo recuerda la película “Exodus”. Pero en 1947, un año antes de la marcha de los ingleses, prevista para la medianoche del 14 de Mayo de 1948, la ONU diseñó un plan de partición de la antigua Palestina para que se creasen dos estados, uno árabe, otro judío y Jerusalén internacionalizada, como lo fuera Tánger en su día. Las grandes potencias lo aceptaban pero no los interesados. El Conde sueco Folke Bernadotte, representante especial de la ONU en Palestina fue asesinado en el Hotel King David de Jerusalén por el grupo “terrorista” Stern entre cuyos miembros se encontraba Menachem Begín que llegaría a ser Primer Ministro de Israel. Hace unos días, en la tertulia de María Teresa Campos, el eurodiputado del PP y periodista, Herrero, afirmaba que jamás había llegado a Primer Ministro un terrorista.
Hoy se habla de ”hoja de ruta”, de “dos estados, uno judío y otro árabe” y, en realidad se esta retomando el Plan de Partición diseñado por la ONU en 1947, hace casi sesenta años. No hubo fuerzas militares para apoyar el plan e imponer una solución a las dos partes. Pero la culpa no era de la ONU sino de las potencias que la componían. Su fuerza era moral pero, como el Vaticano, carecía de divisiones.
En 1950, Corea del Norte cruza el paralelo 38ª, frontera decidida en 1945 tras la rendición de Japón. La URSS, que poco había hecho en la guerra de Extremo Oriente, se quedó con el norte de Corea y los americanos en el sur. La invasión obligó a EE.UU. a pedir ayuda a las Naciones Unidas y, en esta ocasión, numerosos países miembros acudieron a ayudar a Washington. Francia uno de ellos y Turquía que se estrenaba con tal éxito que obtuvo el ”Purple Heart”, la máxima condecoración de los Estados Unidos. Tres años más tarde, Corea del Norte se replegaba a su anterior territorio. Las Naciones Unidas habían resuelto un problema grave, puesto que China Popular apoyaba al gobierno comunista de Pyongyang.
En Octubre de 1956, Israel invadió Egipto con el apoyo tácito de Francia y el Reino Unidos furiosos de que Gamal Abdel Nasser hubiese nacionalizado, en julio, el Canal de Suez. Occidente le negaba la financiación de la Gran Presa de Asuán (Saad-al Adli) y el Raís decidió financiar su sueño de reglar las crecidas del Nilo con los recursos del aportaba el tráfico marítimo por el Canal. Fue la ONU la que resolvió la situación después de una guerra en la que Nasser se salió con la suya y nacieron las fuerzas de intercesión de la ONU, la UNEF, en las que obtuve mi carné de prensa nº14 como periodista acreditado en la expedición de canadienses y escandinavos que mandaba el general Burns. Con ellos avancé por el Sinaí mientras se retiraban los judíos y con Burns entré a medianoche en Gaza cuando aún se estaban replegando los hombres de Moshé Dayán.
En el Líbano, en Bosnia Herzegovina, en Kosovo, en Afganistán, con reticencias en Irak, las Naciones Unidas han realizado su labor las más de las veces falta de medios y pagando con la vida de muchos de sus hombres. Los Estados Unidos de Bush, en una exhibición de preponderancia que la realidad ha venido a ridiculizar –¿Dónde está aquel presidente disfrazado de piloto de combate anunciando el fin de la guerra de Irak? ¿Dónde está Osama bin Laden prisionero que se consideraba responsable de la destrucción de las Torres Gemelas?—deberían reflexionar y dar ejemplo de que la reforma de la ONU debe de ser para darla medios disuasorios y no para reducirla a un mero organismo consultivo destinado a encubrir las pifias de Washington.
La mayoría de la gente se olvida que la ONU es también UNICEF, encargada de la infancia desvalida, UNHCR (Alto Comisariato para los Refugiados), la Organización Mundial de la Salud (OMS), la UNESCO que protege el patrimonio cultural de la Humanidad y cientos de organismos de gran utilidad y alivio para el género humanos. Todos hemos sabido en Sarajevo de que unos miembros de UNPROFOR traficaban con café o hachich mientras otros habían montado redes de prostitución. Los periodistas lo denunciábamos. El negocio de ”alimentos por petróleo” ha salpicado a muchos altos cargos de la ONU, incluido el hijo del Secretario General pero a pesar de todo, con las reformas que sean necesarias, los cascos azules con sus armas y el reparto de alimentos a los refugiados, deben seguir funcionando, cueste lo que cueste. Y EE.UU. debe de aceptar lo que acepte democráticamente una mayoría de miembros del Consejo de Seguridad. Se debe reducir el derecho al veto y dar entrada a naciones emergentes que pronto serán primerísimas potencias, como China y la India. El gravísimo problema de África requiere, además de un Pan Marshall urgentísimo y una lucha contra el SIDA, un Tribunal Penal Internacional capaz de juzgar a todos los dictadorcillos cleptómanos del tipo de Robert Mugabe de Zimbabwe. Así sí que se podrá decir que la ONU sirve los propósitos para los que fue creada. Pero si tiene que perder tiempo y dinero contra Estados Unidos, ¡apaga la vela y vámonos.



