Los nostálgicos del franquismo
Cuando la Historia de 40 años de dictadura la cuentan unos padres o abuelos a las nuevas generaciones, suelen poner en ello sus propias vivencias y estas moldean la realidad hasta hacerla irreconocible. Los jóvenes sin inquietudes políticas o sociales de entonces, veían una realidad diferente a la de sus progenitores. Estaban bien físicamente porque eran jóvenes y eso dulcifica el recuerdo de la tragedia. En aquellos años oscuros, se bailaba en los bajos del Hotel Rex de Madrid con la orquesta de Kurt Dogan, se organizaban guateques en casa del amigo que tenía un “pick-up” y vinilos de “boogy-boogy” y veía un poco de muslo en Pasapoga. La cerveza era bebida de “maricas”, los “chatos de vino” era de machotes y las chicas tenían que estar en casa a las 10 de la noche. Pero aquellos jóvenes no eran los únicos jóvenes. Los había que entraban en Yeserías cumpliéndose la Ley de Vagos y Maleantes y reaparecían despues de unos meses con el pelo cortado al cero. Otros eran enviados a realizar trabajos forzados en Cuelgamuros. Yo regresé de Francia, vía Portugal, en 1945. Había vivido, desde 1936 a 1944 en la libertad de Francia, en la ocupación alemana de Paris y, el último año, en el embarcadero portugués desde donde cientos de miles de europeos aguardaban un medio de transporte para emigrar a América. En el Liceo Francés de Madrid, además de Raimundo Saporta que dirigía el equipo de baloncesto, había vigilantes de estudio, como los hermanos Lamana, que con la ayuda de algunos de nosotros, sacabamos un periódico clandestino mediante un ciclostil Roneo sobre papel verde. Claro, un día llegó la policía y uno de los hermanos Lamana acabó con el hijo de Sánchez Albornoz construyendo el monumento del Valle de los Caidos a Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios. En la boca de metro de Colón, un grupo de falangista me dió una paliza y desgarró la solapa de mi chaqueta porque minutos antes, Antonio Cavero, hermano del que sería Ministro de Justicia con la UCD, me había colocado una insignia de don Juan de Borbón con un JIII plateado. Mi padre había pasado en Consejo de Guerra por haber sido Gobernador Civil de Segovia con el gobierno Lerroux y, conmutada la pena de muerte solicitada, cumplía la sentencia de dos años en nuestro piso de la calle Nuñez de Balboa. Así perdió su agencia Prensa Mundial y años más tarde, yo perdí la mía por haber distribuido colaboraciones de Jesús Galindez, representante del PNV en Nueva York, asesinado despues por los esbirros del dictador dominicano Trujillo. Hoy en día quienes defienden el franquismo y los 40 años de dictadura, siguen repitiendo las mentiras del régimen de entonces, mentiras que pretendían convencer a todo el mundo de que los sublevados generales africanos eran el régimen legítimo que había sido atacado por el comunismo marxista-leninista, por la masonería y por los judíos. A nadie se le ocurría indagar sobre los Franco Bahamonde, dos apellidos judíos sefardíes. Francisco quiso entrar en la masonería y fue rechazado. Su hermano Ramón fue masón hasta su muerte. A mi padre, entre otras cosas, le acusaron de haber detenido en el altar a un sacerdote, en plena misa, en Febrero de 1936. Se había limitado a exigir que no se amenazase con el fuego eterno a los fieles que votasen a las izquierdas. Fue absuelto tanto por la defensa que de él hicieron militares franquistas de alta graduación, miembros de mi familia, como por los testimonios de eclesiasticos que conocían la religiosidad de mi padre. Baste decir que a los 14 años, con sus ahorros, había costeado los rayos de plata Meneses que luce detrás de sí la Virgen de la Paloma. Aquel exceso de celo católico de mi padre quizá sea responsable de mi indiferencia ante el fenómeno religioso. Mi padre se libró del pelotón de fusilamiento pero nadie le devolvió la agencia Prensa Mundial que había creado en Paris y en la que trabajaron gentes tan poco sospechosas como Carlos Sentís, “Gregorito” Marañón Moya o Julián Cortés Cabanillas. Alvaro de Laiglesia, falangista en su juventud y alistado en la División Azul, llegó a trabajar con mi padre y ser un oponente al régimen franquista desde las páginas de La Codorniz . Se atrevió a publicar en su semanario de humor: “Reina un fresco general procedente de Galicia” o aquel anuncio por palabras con motivo de la visita de la emperatriz Soraya de Irán a la que atendía solícito el Marqués de Villaverde, marido de Carmencita Franco: “Cambio marquesina en buen estado por persiana estupenda”. Con Franco, muchos sufrieron muerte, cárcel o exilio pero otros crearon una clase social de nuevos ricos que circulaban con aparatosos “Haygas”, expresión con la que se designaba la supina ignorancia de la gramática de aquellos trepas. Hacían dinero revendiendo licencias de importación de materias primas necesarias para la escuálida industria española de entonces. Una invitación a cazar con Franco representaba la fortuna de una familia que proclamaba haber sido “de derechas de toda la vida”. Conocí a un señor que me pidió, como estudiante de bachillerato, que le explicase para qué servía el producto químico que figuraba en la licencia de importación recién concedida por enchufe. Le daba igual porque ya la tenía revendida con jugoso beneficio. Era solo curiosidad. En las casas, unas familias contaban a los nietos cómo el abuelo médico o maestro de pueblo había sido asesinado en una cuneta por gritar “Viva la República”. Otros recordaban la matanza de la plaza de toros extremeña donde fueron centenares los muertos. Los moros de Franco traían consigo una leyenda de violencia y crueldad recompensada más tarde con el servicio de la Guardia Mora que escoltaba a caballo al Caudillo. Otras familias narraban a sus vástagos como el abuelo fué arrastrado a una “checa” madrileña donde le torturaron hasta la muerte. Les hablaban de los rusos que se paseaban por el hall del Hotel Gaylors con sus chaquetones de cuero desgastado, correaje y pistola y los tachaban de temidos interrogadores del comunismo internacional. Se dice que hubo 60.000 asesinados en la zona republicana durante los tres años de guerra civil y 150.000 en los 40 años de dictadura “nacional”. De esa historia oral de la guerra civil y de los 40 años de dictadura, se han nutrido algunos de los jóvenes que no vivieron aquellos acontecimientos. Porque no se repitiese la pugna de las dos Españas que ya representara Francisco de Goya, se acallaron muchos recuerdos en 1975. Hace hoy 30 años. Ambos bandos tenían miedo aquel 20 de noviembre, casi se percibía el silencio como sucede con las aves en los corrales cuando se avecina un terremoto. Algunos saben del aprecio que el rey siente por Santiago Carrillo y es que los dos vivieron el exilio. Don Juan Carlos nació en el exilio y su padre y hermanas lo vivieron en Portugal. Los nostálgicos de la dictadura, en 2005, son un puñado de gentes que, como los alemanes que niegan el holocausto, siguen contando lo que, de pequeños escucharon en su casa. Algunos conservan en naftalina sus camisas azules y sus boinas rojas y omiten hablar de las purgas de aceite de ricino utilizadas en los interrogatorios de los “rojos”. Algunos me preguntan si hay posibilidad de que las dos Españas se vuelvan a enfrentar en una guerra civil. Es imposible bajo todos los puntos de vista. En primer lugar, en 1936 estaban de moda las dictaduras fascista de Italia y nazi de Alemania. Frente al “Duce” que resucitaba las glorias romanas del “Imperium”, delante del victorioso “führer” que devolvía a la vida los héroes germánicos de los Nibelungos, José Antonio Primo de Rivera nos aportaba la España como “Unidad de Destino en lo universal”. Rafael García Serrano nos ofrecía su pluma de “Cuando los dioses nacían en Extremadura” y José María Sánchez Silva su lloroso “Marcelino Pan y Vino”. Nada de eso existe en la Europa de nuestro entorno. Los fundamentalismos islámico o cristiano están ahí pero entusiasman a pocos por falta de parafernalia. El recuerdo de nuestra tragedia se va perdiendo en lontananza y acabará siendo residual como lo es la guerra civil estadounidense, convertida en recuerdos confederados de los estados del sur. La palabra “rojo” o “facha” son simples insultos incapaces de levantar ejércitos. Ahora, los “ultras” del futbol son más peligrosos que las “centurias” falangistas de antaño. Se quejan unos de que se retiren estatuas y cambien nombres de calle. En este último caso, se suele devolver el nombre anterior a la victoria franquista. Yo nací en la calle Principe de Vergara que, durante 40 años, fué rebautizada con el nombre del insurrecto General Mola. Ahora ha vuelto a su antigua denominación. Treinta años son muchos en la vida de un ser humano pero poca cosa en la Historia de un país. Los nostálgicos del franquismo ¿donde se encuentran ubicados? Pues son una parte pequeña del Partido Popular.




