22 Noviembre 2005

El Rey del exilio

Archivado en: General — Enrique Meneses @ 12:59

Realizando un reportaje para Paris-Match, tuve la ocasión de pasar varios días en Estoril fotografiando la vida cotidiana de don Juan de Borbón y Battenberg y su familia. “Juanito” estaba estudiando en Madrid. Algunos decían que Franco había querido así la cosa para neutralizar la influencia del padre. Excepto por su partida de golf, el heredero de don Alfonso XIII, se pasaba el día en su despacho leyendo prensa, respondiendo al correo y estudiando documentos llegados de España o recibiendo sencillos grupos de excursionistas venidos de nuestro país. Fotografié cómo bailaba ante él un grupo de chicas extremeñas y lo feliz que se sentía don Juan con su visita.

Tempranito, las “niñas”, doña Pilar y doña Margarita, habían tomado el “escarabajo” Volkswagen y se habían marchado a Lisboa donde estudiaban enfermería y puericultura. Doña María de las Mercedes Borbón y Orleans, con tijeras de jardinero en mano, inspeccionaba los rosales del jardín. Conviene decir que el dinero no sobraba en aquella casa. He vuelto años más tarde, ya durante el reinado de don Juan Carlos I, y Villa Giralda está abandonada después de que la habitase un ciudadano de Estados Unidos quizá ignorante de que aquel chalet había sido muchos años, la residencia de la exiliada familia real española.

Si algo caracterizaba a don Juan era su gran añoranza de España y su tremenda campechanería. Por todos los medios intentaba contrarrestar la influencia franquista que se pudiese introducir en la educación de Juan Carlos. Ser un día “rey de todos los españoles” hoy nos suena a frase del monarca pero se la escuché con frecuencia a su padre.

En mayo de 1956, salí de la cárcel del Buró de Investigaciones, junto al río Almendares de La Habana, tras una semana de palizas continuas por parte de la policía secreta de la dictadura cuabana. Fuí expulsado por Batista acusado de haber realizado, durante 4 meses, más de 2.000 fotografías de Fidel Castro y de sus hombres y haberlas hecho llegar, escondidas en las enaguas de una muchacha, a mi redacción de Paris. Regresado a Europa, Paris-Match, tras felicitarme como nunca lo había hecho el propietario, Jean Prouvost, a ninguno de sus 98 periodistas, se me encargó realizar un reportaje sobre la vida de Juan Carlos en España. Durante casi una semana, estuve todos los días siguiendo en exclusiva al futuro rey de España. Es curioso recordar la escasez de periodistas que le trataban entonces comparado con lo que sucede hoy alrededor de cualquier “famosilla”. Estudiando, visitando el Escorial, poniendo música en la Zarzuela, con su preceptor, montando a caballo en el Club de Campo junto al excelente jinete que era el Marqués de Mondejar. En Puerta de Hierro me invitó el primer día a contarle todo sobre Fidel Castro mientras nos tomábamos un limón helado. Me extrañaron varias cosas de él. La atención que presta al escuchar, el interés por saber cómo creía yo que acabaría la dictadura de Fulgencio Batista y, finalmente, que se ofreciese a llevarme a mi casa en su coche. Con relación a Fidel, sentía una simpatía que más tarde sería la de la juventud del mundo entero que inundaría las habitaciones de jóvenes como él, de posters de Ernesto “Ché” Guevara. Estamos hablando del primer Castro, el de la Sierra Maestra que solo tenía unos doscientos hombres a su lado.

Yo vivía en la calle Enrique Larreta y sin más escolta que su chofer, Juan Carlos se puso al volante, el mecánico a su lado y detrás, el Marqués de Mondéjar y yo. Bajando por José Abascal hacia la Castellana y a punto de entrar en esta avenida, nos detuvimos por el semáforo en rojo. El Príncipe miró a su izquierda y descubrió una hermosa muchacha al volante de un SEAT. El futuro rey, bajó la ventanilla y empezó a sisear a la moza. Hay que recordar que, en 1958, Juan Carlos tenía veinte años. Mondejar le llamó la atención con tono severo. La chica no se dio por aludida por lo que el Príncipe se metió dos dedos en la boca y soltó un impresionante silbido que hizo que la muchacha diese un salto en su asiento. “Mondejar, es que la niña está como un bonbón!” dijo Juan Carlos al Marqués antes de que este volviese a regañarle. El chofer y yo nos estábamos tronchando. Siempre he dicho que aquella joven, hoy probablemente abuela, por no girar la cabeza y mirar quien la piropeaba, nunca supo que el futuro Juan Carlos I la había expresado su admiración de aquella forma tan natural.

Fotografié con mi hermano Augusto la boda de Atenas y, anteriormente, el noviazgo en Lausanne. Seguí la pareja por Atenas, Turcolímano, Miteras y hasta la isla de Spetsopulas en el Egeo. Era el único periodista y yo no agobiaba a los novios por lo que el trato entre nosotros era muy fluido. Los días que precedieron la boda tuvimos una avalancha de periodistas del mundo entero que cayeron sobre Atenas. El reparto de los 9 asientos previstos para los gráficos para la ceremonia en la Catedral Católica fue distribuido por Madame Vourloumis, secretaria de la reina Federica. Me encontré que me retiraron la acreditación de la Catedral Católica y me dieron plaza en la Ortodoxa. Me parecía un atropello. El embajador especial, Juan Ignacio Luca de Tena, propietario del ABC se negó a ayudarme por ser parte interesada. “Campúa ha venido con una carta de Franco para que le consideremos su fotógrafo particular. No hay nada que arreglar”.

Don Juan ofreció una recepción en el Club de Tenis a todos los españoles que habían acudido a Atenas en un barco especialmente fletado y docenas de aviones. Me acerqué a él y le expuse mi problema. “Parece ridículo que el descendiente de los Católicos Reyes de España se casen por la Iglesia Ortodoxa que se está vendiendo en España como `ceremonia civil´” le expliqué a don Juan. “¿Y con quien hay que hablar?” Me preguntó el padre de Juan Carlos. “Con la reina Federica”. Hubo un silencio entre nosotros y don Juan soltó un sonoro:”¡Jodeeeer!” Era marino hasta en su lenguaje. Consiguió arreglarlo.

Mucho antes de la boda, charlando con don Juan Carlos, me dijo que nunca habitaría el Palacio Real por la frialdad del mismo y “por la cantidad de servicio que requiere”. Para él, la Zarzuela era más que suficiente. Otra cosa que me llamó la atención es lo consciente que era de que no debía tener una corte. Aquello se supo y hubo cierto escándalo entre quienes se consideraban merecedores de constituir el entorno natural de un rey de España. Pero Juan Carlos siempre supo que si quería reinar tenía que apoyarse en la austeridad y consejo de su padre y en las izquierdas españolas que obligaron a su abuelo a abandonar España en 1931.

Se cuenta que la primera vez que Carrillo acudió a la Zarzuela, el Ayudante del rey le advirtió de que es cortesía de los Borbones tratar de “tu” a la gente pero que, evidentemente, a la inversa, no se podía utilizar el tuteo hacia el rey. “Pues si me tutea ¡yo le tuteo!” exclamó el Secretario del partido Comunista de España. Advertido don Juan Carlos de la actitud resuelta de su visitante, el rey no se inmutó y entró en el salón tendiendo su mano y sonriente: “¿Cómo está USTED, don Santiago!”

Han pasado 30 años desde que se coronó a un hombre al que casi todo el mundo consideró que sería “don Juan Carlos el Breve”. Supo, con la ayuda de un pueblo que hoy le otorga los mayores porcentajes de aprobación en las encuestas, cambiar este país en tres décadas tanto como los países europeos más avanzados en dos siglos. Utilizó de bisagra, gentes jovenes que procedían del régimen anterior pero tuvo la valentía, con Adolfo Suárez y el general Gutierrez Mellado, de reconocer al Partido Comunista de España. Muchos de los que ahora se ven crispados y crispando ante lo que denominan la “destrucción de la unidad de España”, deberían tomar ejemplo de un hombre que está tranquiilo y confía en los españoles como lo hizo el 22 de noviembre de 1975. Para quienes le han llamado traidor y chaquetero, les recuerdo que es el primer caso que conozco en la Historia contemporánea de un hombre que hereda poderes absolutos y se los entrega al pueblo cuya soberanía, el rey reconoce por encima de cualquier otra consideración. Para los jóvenes que ven en imágenes a don Juan Carlos el día de su proclamación como rey de España. Detrás de él, de uniforme, con bigotito, el general Alfonso Armada que copatrocinaría, el 23 de Febrero de 1981, la toma del Congreso de los Diputados con el Teniente Coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero. Es simbólico, lo cerca que estaba de la Corona el peligro de una involución y que todo se fuese al garete. Pero ahí estuvo el rey. Algunos le acusaron de haber estado metido en la asonada. Si el rey hubiese querido dar un golpe de Estado, tengan la seguridad que este hubiese triunfado en aquel momento, aún a costa de una nueva guerra civil.

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