La vida en humo
Faltan pocas horas para que el país se someta a una terapia absolutamente necesaria, tanto nacional como privadamente. Decía Mark Twain:
“Dejar de fumar es la cosa más fácil del mundo, yo lo he dejado dos mil veces”.
No hice tantos intentos pero reconozco que tuve mis crisis de conciencia en las que no preguntaba lo que el ser humano hace sobre este planeta sino si mis pulmones podían resistir el ataque frontal de las tabacaleras. A la mañana siguiente, volvía a respirar y me olvidaba de mis dudas metafísicas. Encendía un cigarrillo después de poner los pies en el suelo, fuera de mi cama. Y el círculo infernal recomenzaba.
Empecé a fumar sobre los 13 o 14 años y tengo 76. En mi profesión de periodista, los carburantes naturales eran el tabaco, el café, el güisqui y una vida desordenada en cuestión de horarios. Había redacciones donde se entraba cortando el humo con cuchillo y noches que solo se aguantaban con unos termos de café y una cajetilla de cigarrillos. En países con situaciones delicadas, bélicas o revolucionarias, el pitillo era la llave que abría muchas puertas. Más de una vez se me ha abierto o he apartado de mi pecho el cañón de un fusil ofreciendo al otro un cigarrillo. El tabaco era el amigo amable que calmaba los nervios, acortaba las esperas e iluminaba los rostros hostiles. El soldado o el policía, al aceptar tu oferta, inclinaba su cabeza para alcanzar la llama de tu cerilla o encendedor. Había dejado de ser un obstáculo en tu trabajo. Considerábamos el cigarrillo tan importante como la máquina de fotos o la de escribir. Muchas veces me preguntaba si, al dejar de fumar, sería capaz de tener el mismo oficio de escribidor, la misma fluidez en la exposición de los hechos presenciados. Me imaginaba como un zombi delante de la página en blanco. Y justificaba el no dejar de fumar por temor a quedarme sin mis herramientas de trabajo. No quería ver el error en el que estaba envuelto mientras ascendía el humo azulado de un Ducados en España, un Trinidad y Hermanos en Cuba, un Wings en Egipto o un Navy Cut en Uganda.
En el Sarajevo sitiado de 1993, cruzar la Avenida de los Francotiradores –tan ancha como la Castellana madrileña o las Ramblas barcelonesas— sin correr, era jugarse la vida pero yo no podía hacer lo que mis compañeros. “Un día te van a pegar un tiro los serbios” me decía un colega que me esperaba en la otra acera después de una buena carrera. “Deben tomarme por el tonto del pueblo y no me disparan”, decía yo a la vez que explicaba que no era valentía sino falta de fuelle. Fue mi último reportaje de guerra. El tabaco me había jubilado para esa especialidad. Tenía 64 años. Era joven.
Un día, en el año 2000, tras 12 días hospitalizado en La Paz, salí como nuevo y al regresar a casa pedí al taxista que se detuviese en un estanco. Estaba con el mono. Fue mi último cartón de Ducados. Ocho días más tarde, sin poder dormir acostado porque me faltaba el aire, sentía como una losa sobre el pecho, pasé mi primera noche sentado en el suelo, en una esquina, con la espalda apoyada en dos de las cuatro paredes. Y a la noche siguiente sucedió otro tanto. Y a la tercera, tiré el tabaco que había en casa junto con los encendedores. Pero ya era tarde.
De esto hace 5,63 años, 293 semanas, 2.051 días, 82.040 cigarrillos no consumidos. Si solamente hubiese dejado de fumar un par de años antes, con el mismo esfuerzo que cuando tomé la decisión, hoy no estaría sujeto a un tubo de 18 metros de longitud que me suministra oxígeno 16 horas al día. De ese tiempo, 8 horas corresponden al sueño que tengo que realizar con mascarilla. El resto, lo distribuyo según necesidades y compromisos. Es mi período de “libertad condicional”. La vida cambió para mi y, lo que es peor, se la hice más desagradable para mis familiares. Un concentrador de oxígeno te fabrica el aire que necesitas pero pesa más de 80 kilos, requiere electricidad y no se puede arrastrar a todas partes. En un hotel despierta a los vecinos de tu habitación. Las mochilas que existen tienen una autonomía de 7 u 8 horas. Las bombonas duran 48. He tenido que reconvertir el tipo de periodismo que hacía y cambiarlo por otro más sedentario. De análisis. Partiendo de una larga experiencia internacional en importantes medios de comunicación y presencia en muchos acontecimientos desde mediados del siglo XX.
Mis pulmones, como los de cualquiera inicialmente, son dos grandes esponjas con alvéolos o celdillas donde se almacena parte del aire que respiramos. Ahí dentro se concentra ese aire de reserva que nos hace falta en el esfuerzo físico. Dicen que Induraín guardaba 10 litros en sus pulmones y que, cuando necesitaba realizar un esfuerzo, los renovaba en 1 minuto. Mis pulmones y los de ex fumadores como yo, están rígidos, los alvéolos inundados de nicotina, inservibles. El efecto fuelle desapareció. Más que dos esponjas poseo dos piedras negras que carecen de flexibilidad. Tengo solo el aire que entra y que es el mismo que expiro. Cualquier esfuerzo, que requeriría las reservas de los pulmones, es imposible.
¿Cómo dejé de fumar? Sencillamente por el miedo a morir ahogado y como hicieron Kojak y Cruyff, ellos con chupa-chups y yo con caramelos de menta Halls. Me ha resultado tan fácil que jamás me perdonaré no haberlo hecho cuando estaba a tiempo.
Si alguno de mis lectores es fumador, le recomiendo que se llene de caramelos los bolsillos y diga que NO a las empresas tabacaleras y a la invalidez a la que nos han sometido con sus alquitranes. Lo peor serán los ocho primeros días, como una gripe.
Apoyo a Mercedes Milá y la valiosa colaboración que presta a quienes quieren dejar de fumar. Cuando sabemos que 50.000 personas (137 al día) mueren cada año por culpa del tabaco y que miles y miles más tienen una tercera edad miserable, la pregunta que me hago es: “¿Valió la pena todo aquel humo?”



