Hamás se pondrá la corbata
La misma Ana Palacio acaba de confesar al “Finantial Times” que hay varios tipos de terrorismo. Esto no lo aceptaba su jefe de fila, José María Aznar para quien todos los terrorismos son iguales. Cuando se cometió el atentado contra el almirante Luis Carrero Blanco, por parte de ETA, muchos nos sentimos aliviados políticamente. Cuarenta años de dictadura dejaban así de prolongarse con un hombre en brazos del Opus Dei. Pero al mismo tiempo considerábamos con John Donne que “la muerte de cualquier hombre me disminuye”.
Siempre he diferenciado entre “resistencia” y “terrorismo” porque he vivido de adolescente la resistencia francesa contra el ocupante alemán. En aquel atentado de ETA, se daba el hecho de que no había libertades para reclamar la democracia. Tras la muerte de Franco, la posibilidad de exigir las ansiadas libertades con la palabra hacía inútil el uso de la violencia. El Estado de Israel se proclama en el momento en el que las fuerzas británicas abandonan Palestina que habían arrancado aquel territorio al Imperio Otomán en 1919. Durante los últimos tiempos de la presencia británica, se constituyeron diversos grupos paramilitares encargados de ocupar el mayor número posible de posiciones abandonadas por el general Sir Alan Gordon Cunningham y sus tropas. Así se formaron los grupos “terroristas” del Irgún, el Stern y otros grupúsculos judíos, considerados entonces por los británicos como criminales terroristas. El asesinato a tiros en el Hotel King David, del sueco conde Folke Bernadotte, mediador especial de la ONU, fue un acto terrorista sin paliativos, idéntico al que dio muerte a un grupo de 22 miembros de las Naciones Unidas en Bagdad entre los que se encontraba el Jefe de la Misión, el brasileño Sergio Vieira de Mello. El atentado del 17 de septiembre de 1948 y el del 14 de agosto de 2003, uno de responsabilidad sionista y el segundo por parte de los insurgentes iraquíes, son igual de condenables pero en ambos se da la circunstancia de que pretenden ser “actos patrióticos de Movimientos Nacionales de Liberación”.
El 9 de abril de 1948, un mes antes de la proclamación del Estado de Israel el 14 de Mayo, el grupo Irgún, comandado por un ex sargento del ejército británico, nacido en Polonia, Menachem Begín, llevó a cabo un brutal ataque contra el pueblo de Deir Yasín, situado entre Tel Aviv y Jerusalén. Fueron asesinados 200 habitantes, sobre 750. Entre ellos había mujeres y niños porque se pretendía sembrar el terror y hacer que huyeran los supervivientes. La voz se corrió por todo el país y pese a la ayuda que quisieron brindar a la población palestina los países árabes vecinos, el número de refugiados palestinos no cesó de crecer. Aquellos grupos “terroristas” construyeron el actual Estado de Israel (que hasta la noche del 14 de mayo no adoptó ese nombre ya que había un número de partidarios de “Estado de Sión”), y terminaron por fusionarse hasta convertirse en el actual Tsahal, ejército de Israel.
Menachem Begín llegó a ser Primer Ministro de su país y con el tiempo, junto al egipcio Anuar el Sadat (antiguo miembro de los Hermanos Musulmanes) alcanzaría el Premio Nobel de la Paz. ¿Alguien podía imaginarse semejante recorrido? De líder del Irgún responsable de la muerte de un sueco, nieto de reyes, a Premio Nobel otorgado por otro país escandinavo: Noruega. Si los judíos, sionistas principalmente, lucharon por recuperar un país perdido hacía 20 siglos, con la ayuda del terrorismo, no es de extrañar que los árabes, tras perder las guerras de 1948, 1956 (que viví como corresponsal)1967, 1973 y 1982 (contra el Líbano apoyado por los sirios), se olvidasen de los ineficaces ejércitos nacionales árabes y optasen por el “terrorismo”, primero de la OLP y más tarde de grupos como Yihad Islámica, Hezbolah o Hamas. Al Fatah, liderada por Yasir Arafat, después de tener en sus estatutos la desaparición del Estado de Israel, tuvo que renunciar a ello si quería un reconocimiento internacional como defensor de una causa digna con millones de refugiados malviviendo inhumanamente en campos fuera de su país. Muchos, aunque quedan cada vez menos de aquella oleada, desde 1948.
En la guerra de 1982, contra los fedayin que hostigaban a los judíos a través de la frontera libanesa, los judíos mandados por el general Ariel Sharon y apoyados por los partidarios del candidato cristiano a la presidencia,asesinado, Bashir Gemayel, llegaron a Beirut y permitieron que un millar de refugiados de los campamentos de Sabra y Shatila fuesen asesinados por los falangistas que creara Pierre Gemayel, padre de Bashir. El castigo fue duramente criticado por la comunidad internacional y Sharon pasó a ser el Halcón nº1 de Israel, un hombre que nunca decía Gaza y Cisjordania sino Judea y Samaria. Llegó al poder tras un acto terrorista cometido por sus propios compatriotas que asesinaron a otro ex general, el laborista Isaac Rabín. Una vez con el poder en las manos, e incapaz de traer la Seguridad y la Paz a su país, Sharon ha ido cambiando de formas de luchar. Empezó por la franja de Gaza, una zona explosiva con una densidad de población inaguantable y un paro endémico. La Autoridad Nacional Palestina (ANP), con las ayudas económicas de Europa (500 millones de dólares), EE.UU. (200) y los Emiratos del Golfo (320) había conseguido paliar los efectos del paro a la vez que se enriquecían algunos de sus líderes mediante la corrupción.
Los grupos más activos, Hamas, Yihad y Hezbolah dependen de dineros más oscuros, llevan la auténtica lucha contra Israel y han montado unos servicios asistenciales inexistentes en todo el mundo árabe. Lo que nos parece tan normal como es la Seguridad Social universal, es algo desconocido en Arabia, Egipto, Siria, Jordania, Líbano o el Magreb. El éxito del Salafismo en el Norte de África parte de bases similares. Si hemos visto cómo se evoluciona del “terrorismo” a la política, de esta al reconocimiento internacional y a la posible estatalidad, no es de extrañar que la gente de Hamás, vencedora por goleada de las recientes elecciones palestinas (76 escaños en un parlamento de 132), siga el mismo camino que siguieron los judíos primero y la OLP después. Hamas se va a encontrar con un déficit mensual de 69 millones de dólares solo en el mes de enero. Israel abonaba a la ANP 50 millones de dólares recaudados en su nombre en impuestos y tasas que no pagará si gobierna Hamás. La Unión Europea, EE.UU., Rusia y la ONU, el “Cuarteto”, ya han anunciado que no financiarán a un gobierno de Hamás cuya meta es la destrucción del Estado de Israel. Dentro de este partido, hay muchas tendencias, desde las que quieren literalmente echar al mar a los judíos hasta los que pretenden regresar a las fronteras de 1967. Ya se han producido violentos encuentros entre partidarios de Hamás, los de Al Fatah y la policía de la ANP en Jan Yunis, en el sur de Gaza. James D.Wolfensohn, el comisario especial del “Cuarteto” para Oriente Medio, que financia a los palestinos, ha declarado que no hay dinero para pagar a los 135.000 funcionarios palestinos, incluidos los 58.000 miembros de las fuerzas de seguridad. El llamamiento de Mahmud Abbas presidente de la ANP para formar un gobierno de coalición con Hamás, es una posibilidad de que los vencedores de estas elecciones, con cambios en su deseo de destruir Israel, puedan resolver los graves problemas económicos que se avecinan. Otra solución sería la financiación por parte de Irán pero no hay que olvidar que el país de los ayatolás es chií mientras Hamás, siendo un partido religioso, es suní.
Vislumbro un nuevo gobierno con mayoría de Hamás con objetivos más sensatos que los actuales, ganándose una respetabilidad internacional que evite la bancarrota, el desengaño y una posible guerra civil entre palestinos después de unos meses en el poder sin recibir ayudas. Se pondrán la corbata tarde o temprano y quizá ganen el Premio Nobel de la Paz. Jalid Mashal, el líder de Hamás exiliado en Damasco llamó a Abbas el jueves para negociar un acuerdo. Mashal tiene opiniones más flexibles que otros miembros de su partido sobre el futuro de las relaciones con Israel.




