3 Mayo 2006

Nacionaliza que algo queda

Archivado en: General — Enrique Meneses @ 16:24

El próximo 26 de julio se cumplirá medio siglo desde que Gamal Abdel Nasser nacionalizase el Canal de Suez en 1956. Su sueño faraónico consistía en construir la presa más grande del mundo, el Sadd-al Ali. Yo vivía entonces en El Cairo pero me sorprendió el anuncio estando en el Sudán. La ayuda prometida por Estados Unidos y el Banco Mundial, había sido retirada por Foster Dulles, el Secretario de Estado americano. La razón no tenía mucha consistencia pero, detrás de la decisión estaban las incursiones de los fedayin en territorio de Israel cometiendo atentados-relámpago y desapareciendo en la oscuridad de la noche. Los judíos devolvían la moneda, con similares métodos en Gaza, entonces en manos de Egipto. Un año antes, la retirada de las tropas británicas del Canal de Suez había dejado sin control la entrada al Sinaí por parte de los comandos egipcios.

Meses antes estuve entrevistando a los ingenieros alemanes de la empresa Hochtief que habían realizado los estudios de viabilidad de la construcción de la Gran Presa de Asuán, que se situaría a unos 6 kilómetros aguas arriba de la presa de 1902 construida por los ingleses. Las dimensiones del Sadd-al-Ali son tan gigantescas, que representan 18 veces la cantidad de material utilizado para la construcción de la Gran Pirámide de Keops. Tendría 4 kilómetros de un extremo a otro y una altura de 111 metros. El lago artificial que se formaba, tendría una longitud de 500 kilómetros. Esto significa que el limo que desde hace millones de años constituye la riqueza del suelo egipcio, quedaba atrapado en la presa y no alcanzaba la tierra cultivable. Para hacerse una idea, Egipto tiene una extensión igual a Francia y España juntas pero su tierra habitable y sus cultivos, igualan la extensión de Suiza o de Extremadura. Ahí se agolpaban millones de seres humanos que lograban 13 cosechas anuales, desde el “ful” (haba negra) de su dieta habitual al arroz, algodón, caña de azúcar, etc…. “A estos obstáculos –me dijo el ingeniero—Nasser responde que la energía eléctrica producida por la presa permitirá dar fertilizantes gratuitamente a los campesinos.”

Catorce metros de rico limo constituían una de las tierras más fértiles del mundo y se las convirtió en unas tierras como las de cualquier otro lugar del planeta. Las célebres crecidas del Nilo dejaban de gobernar la civilización nacida en sus márgenes. Habría agua a voluntad y no cuando se produjesen las llegadas del Nilo Azul arrastrando la vegetación etiope desde el Lago Tana hasta el Mediterráneo. Según los técnicos alemanes, una serie de pequeñas presas hubiesen costado menos, no obligarían a dragar a precio de oro el limo que se acumularía río arriba. La electricidad que produce el Sadd-al-Ali podía, en aquel entonces, vender megavatios hasta las industrias sudafricanas.

Viendo que americanos, ingleses y Banco Mundial retiraban su oferta de financiación, Gamal Abdel Nasser decidió obtener los medios económicos de la nacionalización del Canal de Suez. Los 100 millones de dólares que abonaba el tráfico en ambas direcciones, serviría para la financiación y los soviéticos podrían aportar la tecnología siendo los autores de la gigantesca presa del Dnieper. La nacionalización del Canal produjo una sonrisa despectiva en los técnicos extranjeros que trabajaban para la Compañía. La dirección de Paris ordenó a sus pilotos una huelga de brazos caídos con el fin de hacer fracasar la nacionalización. Hay que decir que vivían como reyes con sus viviendas ajardinadas, abundante servicio doméstico, escuelas en francés o inglés y pocas horas de trabajo al día. El canal es como una autopista recta sin ningún obstáculo. El piloto subía a bordo del primer barco del convoy de media docena de buques de todo tipo y realizaba el trayecto de Port Said (entrada Mediterráneo) hasta Ismaelíeh (mitad del recorrido). Ahí le relevaba un compañero que solo hacía el trayecto de Ismaelíeh a Suez, salida al Mar Rojo. “Es la cosa más tonta que puede producirse en la navegación marítima”, me contaba un piloto bilbaíno que fue contratado por el gobierno egipcio y que había navegado por los siete mares. “Es tan recto y sin obstáculos el camino que el piloto se toma unas ginebras con el capitán del primer buque del convoy mientras deja la conducción al piloto del barco. Unas seis horas de trabajo y un automóvil de la compañía te devuelve a tu casita a jugar al golf. Y sueldos de fábula con tiendas europeas a tu disposición… ¡igual que los PX americanos!”

La prensa extranjera acudió varios días a Port Said esperando el primer accidente de barcos formando convoy para entrar en el Canal. Habían acudido pilotos de medio mundo, desde canadienses a españoles expertos en el Cabo de Hornos y otros lugares más peligrosos que Suez. Al cabo de dos semanas, no quedaba ningún periodista con su teleobjetivo apuntando al lugar donde se esperaba el primer incidente. No lo hubo. Los pilotos de la Compañía de Suez deberían haber sabido que los egipcios sabrían llevar muy bien los convoys por menos dinero y con menos privilegios. Muchos de los ayudantes de piloto eran egipcios y los que, realmente, dirigían el tráfico mientras el “señorito” se tomaba sus ginebras con el capitán del buque y contaba chistes.

Han transcurrido muchos años, varias guerras con Israel y Egipto sigue ahí, con sus dificultades pero con el orgullo de haber construido la presa y haber nacionalizado el Canal. La Compañía de Suez, en Paris, ha diversificado sus actividades financieras y sigue satisfaciendo a sus accionistas.

Bolivia está emprendiendo un camino difícil con la nacionalización de sus recursos. Durante más de un siglo, Antenor Patiño y Carlos Aramayo esquilmaron el país sacando de sus minas de estaño miles de millones de dólares. Aramayo era el accionista número uno de la Imperial Chemical Industries de Londres. Cuando escribí mi libro, “Fidel Castro”, en 1966, me invitó a almorzar en Paris para decirme que mis datos no eran correctos y que su inversión en obras sociales era muy elevada. No pudo negarme que el dinero que Patiño y él tenían en el extranjero, invertido en empresas anglosajonas principalmente, equivalía a la deuda de Bolivia con los organismos financieros internacionales.

Llegar a un acuerdo con España será beneficioso para ambos países aunque, la asistencia técnica del sector petrolífero venezolano es suficiente para asegurar la producción de gas. A Evo Morales no le interesa enajenarse a los inversores españoles porque ello repercutirá en las inversiones del resto de la Unión Europea. En muchos países, el petróleo fue nacionalizado pero las compañías llegaron a acuerdos satisfactorios con los gobiernos sobre bases más justas. El reparto de los beneficios es lo que permite tales acuerdos. Tirar demasiado de la cuerda ahuyenta al inversor que se lleva su dinero y tecnología a otra parte.

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