Nacionalizar la tierra
Fidel Castro, en Sierra Maestra, estaba obsesionado con mi experiencia egipcia y quería saber todo de la Revolución Agraria de Gamal Abdel Nasser. Yo me esforzaba por explicarle que el campo es difícil de “revolucionar” porque el campesino, para empezar, no es un buen revolucionario. No es como el obrero industrial que es fácil de reunir y enardecer para llevar a cabo una acción violenta.
Las “jacqueries”, en la campiña francesas se suceden durante la Edad Media sin consecuencias. Desaparecen con la caída del Antiguo Régimen. Los “saidis”, que constituían el grupo de Oficiales Libres que se deshizo del rey Faruk, eran campesinos del Alto Egipto y, claro está, la tierra y su propiedad representaba mucho para ellos en un país donde escasea y crece exponencialmente la población. Unas ricas familias poseían cientos de “feddans” de tierra con cultivos de alto valor económico, como era el caso de la fruta de origen europeo, especialmente, francés: manzanas, peras, melocotones. Arabia Saudí y los Emiratos del Golfo, con un gran poder adquisitivo merced al petróleo, pagaban a precio de oro las frutas y legumbres frescos adquiridos en Egipto. Los teóricos de la Revolución de Nasser diseñaron una provincia denominada El Tajerir (la Independencia) que repartieron entre unos miles de felajín uniformados con “monos” azules como si fuesen mecánicos. Lo primero que hicieron los campesinos de diseño fue arrancar los frutales, que tanto había costado aclimatar, y plantar “ful” (haba negra) que constituye la base alimenticia del campesino egipcio. Se perdieron las valiosas divisas de la venta de fruta y hortalizas europeas y solo se consiguió la supervivencia de unas familias que no estaban muertas de hambre pero si ansiaban poseer su propio terruño.
Para Fidel Castro, Cuba tenía un tercio de tierras propiedad del Estado, otro tercio pertenecía a ricos terratenientes cubanos, como su madre, y otro tercio era explotado por propietarios extranjeros que realizaban fuertes inversiones para mejorar las cosechas y exportar el sobrante al mejor precio. “Solo distribuiré el tercio que está abandonado a su suerte por el Estado. Pero ahí montaré unidades autosuficientes. El número de componentes de esas unidades, las cabezas de ganado, los tractores y caballerizas que necesite la unidad serán entregados por el gobierno.” Me hablaba de una Arcadia Feliz que, en teoría sonaba muy bien pero que en la práctica podía ser desastrosa. Aquel año 1957, Fulgencio Batista presumía de haber alcanzado una zafra (cosecha de caña de azúcar) de 6 millones de toneladas. Hay que subrayar que la población de la isla era también de 6 millones de habitantes. El país vivía, como decía Agustín de Foxá, “de los postres”: café, tabaco y ron (fabricado con el azúcar). La explotación de la minería era abandonada a empresas extranjeras como las minas de níquel (Nipe Bay Co.), donde el padre de Fidel hizo sus primeros miles de pesos. Lo demás ya lo sabemos: las confiscaciones de tierras y su nacionalización restaron incentivos y, pese al entusiasmo de los primeros tiempos, no se volvió a obtener la zafra de 6 millones de toneladas hasta varios años después de la victoria castrista. Y el precio del azúcar que pagaba la URSS era inferior al que abonaban los EE.UU. y, mientras estos últimos lo hacían en dólares liberados, los países del Comecon adquirían el azúcar y el tabaco por trueque de maquinaria y carburante así como armamento que Ché Guevara consideraba obsoleto. De ahí sus peleas con el embajador soviético.
Las experiencias de Nasser primero y de Castro más tarde, demostraron que la tierra, controlada por el Estado es un fracaso. La iniciativa privada, como en otros muchos sectores de la actividad humana, necesita del entusiasmo y la inventiva de quienes están decididos a obtener el rendimiento óptico de su negocio. El gobierno debe de ejercer una labor de vigilancia pero no un intervensionismo que, generalmente, resulta ser desastroso. En España, exceptuando algunos latifundios que obtienen su rentabilidad más de las ayudas de Bruselas que de la innovación tecnológica, tenemos experiencias muy brillantes en materia de investigación e introducción de la informática en el ámbito de la agricultura y la ganadería. Baste ver la avicultura española o la implantación de nuevos cultivos, como la soja. Evo Morales pretende acabar con el latifundio improductivo de la región oriental de Bolivia que comprende los departamentos de Santa Cruz, Beni, Pando y en la región del Chaco. El reparto de esas tierras, en un área que ya habla de secesión dentro del país, no augura nada bueno. De todos modos, Bolivia no dispone más que de un 2 por ciento de tierras agrícolas. Los bosques y selvas representan, junto con los pastizales, el resto del país. Bolivia importa alimentos para su población. Y los hidrocarburos junto con la minería son sectores que necesitan de tecnología avanzada que solo aportan muchas de las empresas extranjeras que ven peligrar sus inversiones actuales y futuras. Puede que Rodríguez Zapatero haya suavizado las tensiones que Evo Morales ha creado con la nacionalización de Petrobras, Repsol YPF y otras pequeñas petroleras inglesas pero los inversores de todo tipo que ven peligrar su presencia en el país, están a la espera de los acontecimientos. Una medida populista reforzada por Fidel Castro y Hugo Chávez no augura nada bueno para uno de los países más pobres del mundo.
A última hora, en el Parlamento Europeo, Evo Morales lanza un desafío al BBVA, banco que administra las pensiones bolivianas y cuya gestión quiere desempeñar el nuevo gobierno indigenista. No somos pocos los que deseamos que Bolivia salga de su tradicional pobreza pero también deseamos que establezca un eficiente sistema fiscal y evite que gentes como Antenor Patiño o Carlos Aramayo, los reyes del estaño, se llevasen al mundo desarrollado fortunas equivalentes a la deuda nacional boliviana.
Finalmente, recordar a Evo Morales que España no estuvo “expoliando” a Bolivia durante 500 años, sino que la independencia del país se produjo 171 años después de la llegada de los españoles al territorio de los quechuas y aymaras. El robo sistemático de las riquezas del país lo realizaron los “cholos”, los criollos en detrimento del indigenismo. Y recordar a los occidentales que la hoja de coca no es la cocaína sino una planta euforizante que ancestralmente utilizan los indios del altiplano para combatir el mal de altura, el sorojchi. Para ellos, además de medicinal, la hoja de coca es también una planta sagrada, vital en la cultura andina.




