Efecto llamada y chalés
La masiva llegada de subsaharianos a Canarias ha servido, una vez más, de rifirrafe en el Congreso de Diputados entre el PP y el gobierno socialista. Ángel Acebes, ex ministro de Interior con el gobierno Aznar, responsabiliza de la actual y de la inseguridad, a los “papeles para todos” de Rodríguez Zapatero. Y lo que es peor: No tiene empacho en asimilar inmigración con los delincuentes que asaltan los chalés catalanes o los de la Sierra madrileña. Ninguna víctima ha declarado que sus atacantes fuesen negros, ni siquiera africanos. Todos coinciden en designarlos como eslavos del Este de Europa o de los Balcanes. Ninguno de ellos llegado a España por medio de pateras o cayucos. Suelen estar organizados como comandos o fuerzas especiales.
La declaración del secretario general del Partido Popular, hubiese merecido una rectificación por su parte o la de Rajoy, al darse cuenta el principal partido de la oposición de que estaba incitando a la xenofobia dentro de un país que, por ahora, se ha librado del lepenismo, aunque no sabemos por cuanto tiempo. Los delincuentes proceden principalmente de países cuyo abandono de la guerra o su acceso a la democracia, que les acerca a la Unión Europea (rumanos, moldavos, búlgaros), son recientes. Con frecuencia están asociados con españoles y asaltan ricas mansiones o practican el “secuestro express” cuando no ejercen de sicarios en el mundo del hampa español.
Varios son los factores de atracción de las migraciones espectaculares que se están produciendo en Europa y Estados Unidos. Por un lado, muy destacado, está la difusión de la televisión que alcanza vastas regiones del mundo subdesarrollado. Nuestras formas de vida aparecen en la pequeña pantalla de poblados africanos donde no hay porvenir mientras rechacemos con aranceles sus productos agrícolas. Por otro, las guerras civiles en sus países y la demanda de mano de obra en los nuestros, favorecen la aparición de las mafias dedicadas al tráfico humano. La prostitución es un negocio seguro y que necesita poco capital para montarse y prosperar. La barrera que los desarrollados construimos entre el mundo que intenta desarrollarse y nosotros, les impide avanzar. Cultivamos productos agrícolas tan subvencionados que suprimimos la competitividad de los suyos. No hay un canario que admitiría ganar por sus plátanos lo que un africano o centroamericano. Y lo mismo puede decirse de todos los cultivos que producimos bajo plásticos. ¿Cómo pueden los pescadores africanos competir con nuestros buques-factoría y sus sistemas de congelación y envasado en alta mar? Nosotros, los desarrollados, exigimos la supresión de aranceles a nuestras exportaciones pero deformamos los precios reales de ellos con impuestos aduaneros. Solo les dejamos una alternativa: Emigrar hacia el “patrón” y aceptar sus condiciones de trabajo, por draconianas que sean.
El gobierno Aznar ha alentado la privatización de todo cuanto antes formaba parte de las obligaciones del Estado. Se ha privatizado la seguridad como se han privatizado parcialmente la sanidad, la educación o las autovías y autopistas. Muchos de los chalés asaltados por las mafias del Este se han construido con mano de obra inmigrante barata y sus jardines son mantenidos por jardineros magrebíes o subsaharianos. Las zonas residenciales no reciben el número de fuerzas de seguridad que corresponden tanto a la mayor riqueza que atrae la delincuencia como a la disminución por ahorro de policía. Son millares los escoltas procedentes de la policía y de la guardia civil que se han pasado al campo de lo privado hasta el punto de que organismos oficiales tienen que contratar el personal de seguridad que necesitan. A esto hay que añadir la falta de coordinación entre policía autonómica, nacional y privada. Del mismo modo, se fomentan las colas de espera en la Sanidad Pública para facilitar el concierto con una sanidad privada mantenida en parte por el Estado. A cualquiera le parecería que, si se gastase ese dinero que se desvía a los conciertos en la Sanidad Pública, indudablemente disminuirían las listas de espera.
Ni los Populares ni los Socialistas son responsables de que España esté a 14 kilómetros del continente africano. Lo que sí es cierto es que el problema de la oleada de migraciones concierne a toda la Unión Europea. Turquía, Grecia, Italia, Francia, Malta, España reciben ingentes masas de hombres y mujeres jóvenes que no ven futuro en sus países. Romano Prodi. Acaba de anunciar la legalización de 484.000 “sin papeles”. Los latinoamericanos vienen en avión o lo hacen a través de Portugal o Francia. Suelen quedarse en España por el idioma, las costumbres o viejos lazos familiares. Muchos de los subsaharianos o magrebíes que ponen pie en Europa en suelo español, son francófonos y no tienen intención de quedarse en nuestro país. La zona Schengen es propicia para esos movimientos de poblaciones. España está creciendo el doble de la media europea y Francia está estancada en su crecimiento junto con Alemania.
Cuando hablamos de estas oleadas de jóvenes, no estamos designando lo más pobre o inculto de Malí, Senegal, Mauritania, Nigeria, Niger o Camerún. Nos referimos a personas que han hecho un esfuerzo económico importante para venir a Europa y que, además, tienen un nivel de educación superior a la media de sus respectivos países. Es decir, nos estamos quedando con la gente que sería necesaria para sacar de la miseria a sus países de orígen. La falta de inversiones, la corrupción de muchos de sus dirigentes, el peso de tradiciones incompatibles con la vida del mundo desarrollado, la enfermedad (sida, sífilis, tuberculosis, hepatitis) diezman esas poblaciones. Europa debe de preocuparse, sin histerísmos, de las amenazas sanitarias que representan bastantes de esos emigrantes. Por lo general son gente fuerte y preparada y lo demuestra el que algunos hayan caminado miles de kilómetros para alcanzar lo que consideran el continente de la Esperanza.




