17 Septiembre 2006

¡Leña al fuego!

Archivado en: General — Enrique Meneses @ 17:08

El escándalo alrededor de Günther Grass que fué llamado a incorporarse a las Waffen SS en 1944, a finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando tenía 17 años y solo lo ha confesado ahora, no se ha producido alrededor de Joseph Ratzinger, el actual Papa Benedicto XVI que sirvió en una batería antiaérea que protegía la fábrica de BMW cerca de su ciudad natal. Estos flakhelfers o jóvenes llamados a filas, acabarían en el mismo campo de prisioneros de Bad Sibling. Al escritor se le ha reprochado que, durante 60 años, hubiese guardado el secreto de su reclutamiento por parte de las SS. Cuando él ha sido el alemán que más ha exigido toda la verdad sobre la segunda guerra mundial. Al Papa nadie le ha reprochado haber vestido uniforme nazi con la misma edad que Günther Grass. El escritor es 6 meses más joven que Benedicto XVI. El Papa no ha tenido que confesar su participación en la Segunda Guerra Mundial y ha bastado que se preguntase dónde estaba Dios en aquellos años mientras recorría el campo de exterminio de Auschwitz.

Sea lo que fuere, no se puede condenar a dos adolescentes, o a los demás flakhelfers, por haber sido reclutados por un régimen en el que pocos adultos hicieron nada para evitar el holocausto. Los que sabían entonces, no tenían 17 años. Tengo dos años menos de Grass y Ratzinger y sé de lo que hablo al decir que los adolescentes suelen vivir una guerra como una oportunidad de escapar de la autoridad paterna y de tomar partido en su dialéctica. Como yo me encontraba en el Paris ocupado, lo lógico era estar más influido por los llamamientos a la resistencia de De Gaulle desde Londres, que por el ensalzamiento de las victorias germanas como estaban Grass y Ratzinger. De todos modos, unos y otros, salimos de una experiencia brutal que nos ha hecho odiar las guerras y restarlas esa aureola de vibrante épica. Algunos hemos sabido frenarnos a la hora de magnificar agravios nacionales que yacen bajo polvorientas páginas de la Historia. La reconciliación franco-alemana se ha hecho sobre esta actitud. Dos pueblos, a cada lado del Rin, cuyos abuelos, padres e hijos lucharon y a veces perdieron la vida por no se supo nunca la razón (1870-1914-1939).

Joseph Ratzinger se hizo sacerdote, llegó a ser jefe del Santo Oficio, la Inquisición, aunque se cambiase el nombre del departamento. Guardián de la Fe, a la sombra de un Karol Wogtyla que impulsó el diálogo entre religiones, era consciente de la importancia que su predecesor otorgaba a que las diversas creencias monoteistas se uniesen para luchar contra el ateísmo, la pobreza y las desigualdades. No siempre acertó, como cuando negaba los preservativos en un África carcomida por el SIDA o recomendase la abstinencia a los jóvenes del mundo para combatir la enfermedad.

En el discurso que Benedicto XVI ha pronunciado en la Universidad de Ratisbona, aludiendo al debate que sostuvieron alrededor de 1391 el emperador Manuel II Paleólogo con un desconocido erudito persa, recordó la diferencia entre cristianismo e Islam al asegurar que esta última religión no aportó nada nuevo al ser la tercera del Libro y basar su expansión en la violencia de la yihad. Es dificil hacer comprender a muchos que el significado primero de yihad es “esfuerzo, lucha interior de uno mismo”. Intencionalmente se le añade la palabra “Santa” para significar que es una religión y una cultura que se propagan por la fuerza. Se habla con mucha alegría de Guerra Santa y de fatuas amenazantes contra occidentales que osan ofender cualquier aspecto del Islam. Los “cruzados” están brotando como setas empujados por unos “defensores de la fe cristiana” que se apuntan a un bombardeo sin preocuparse de que ambas religiones conviven en muchos lugares en una armonía más o menos frágil por culpa de agravios reales o imaginarios. Dos iglesias cristianas han sido atacadas en Cisjordania. Eso no es nada comparado con lo que puede llegar a ser este repentino fervor cristiano, parecido al siglo de las cruzadas de Godofredo de Bouillón, Raimundo de Tolosa y de Ricardo Corazón de León.

Hablar de fanatismo yihadista cuando la Iglesia Católica y el Protestantismo han dado pruebas de intolerancia, en tiempos en los que el Islam se mantenía tranquilo, es puro sarcasmo. Cabría preguntarse, como me señalaba el bibliotecario encargado de la Biblioteca de los Jesuitas en la calle Solimán Pachá de El Cairo, como pudo conquistar Egipto un general Amr ibn el As de Arabia con 50.000 hombres cuando el país de los faraones tenía solo en el Sinaí 50.000 anacoretas cristianos y las ciudades de Alejandría y Tebas contaban cada una con un millón de habitantes. Yo he conocido Arabia Saudí en 1968 con 5 millones de habitantes, confesados por los oficiales encargados del censo y reclutamiento de las Fuerzas Armadas. ¿Qué población y qué ejércitos podía haber organizado el Islam en el siglo VII con semejante demografía, necesariamente inferior a la de 1968, en Arabia Saudí. Lo más cavernícola de España suele ser islamófobo, anti-francés y admirador sin sentido crítico de todo lo que los españoles hicimos en América. Son admiradores de unos Estados Unidos donde se habla de “gold thristy Spanbiards”(Time Magazine, 1963) Tuve muchas discusiones con Torcuato Luca de Tena sobre Fray Bartolomé de las Casas al que el director de ABC consideraba un traidor a España al dar argumentos, con sus denuncias, a la Leyenda Negra.

Los que dicen que la inquisición solo actuó durante unos años en España se olvidan de que nació en Francia para combatir la herejía cátara y, en nuestro país,del siglo XV al XIX, la hizo desaparecer un francés, el abstemio José Bonaparte que los castizos llamaban Pepe Botella. Su coetáneo Francisco de Goya si sentía el aliento de la Inquisición y así lo reflejó en sus dibujos. A los “gabachos” debemos el Código Napoleón, tan importante como el Derecho Romano.

En vísperas de su visita a Turquía, país que fue cristianizado mucho antes que España, el discurso de Joseph Ratzinger es, por lo menos, poco diplomático y desde luego una metedura de pata. Claro que insiste en que las raíces de Europa son el cristianismo (al que últimamente ha sumado el helenismo, inventor de la democracia). El voto de Benedicto XVI contra la entrada de Turquía en Europa, está garantizado cuando llegue el momento. Mientras, si echamos algo más de leña al fuego, calentaremos el ambiente a gusto de los valientes belicistas, la reserva moral de Occidente. Todavía recordamos “la limpia espada de Franco” al que daban guardia los moros del Rif.

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