Un Papa en Turquía
El martes 28 de Noviembre de 2006, Benedicto XVI llega por primera vez como Papa a tierra musulmana. Turquía lo recibe aunque su gobierno estuvo molesto cuando, como cardenal Ratzinger, se opuso a la entrada de este país en la Unión Europea. Ya como Papa, el 12 de Septiembre último, en la Universidad de Ratisbona, recordó a Manuel II Paleólogo que criticaba, en el siglo XV, a los musulmanes “por expandir su fe por la espada”. Unos piensan que no era intención del papa alemán echar leña al fuego de la presente situación internacional. Otros creen que lo hizo intencionalmente. Para demostrarlo, se recuerdan varios momentos por parte de los vaticanistas. En primer lugar, en el Cónclave que debía de elegirlo Papa, los cardenales dijeron que esperaban beligerancia contra la otra religión monoteista. El Arzobispo Michael Fitzgerald, un experto en el Islam y considerado “paloma”, fue destituido del puesto de Director de Asuntos Interreligiosos por haber declarado que los cristianos de las Cruzadas fueron tan violentos como el islamismo radical de nuestros días.
Lejos del talante de Juan Pablo II, imbuido del espíritu de Juan XXIII y de su célebre Concilio Vaticano, Joseph Ratzinger ha adoptado férreamente el papel de Prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe, más conocido como Santo Oficio de la Inquisición. Entre ser diplomático, en Ratisbona, y “martillo de herejes”, el nuevo Papa decidió exacerbar los ánimos y justificar el “choque de civilizaciones”. En el mundo musulmán, compuesto por 1.200 millones de creyentes, hubo manifestaciones, quema de efigies del Obispo de Roma y hasta una monja asesinada en Somalia. El Papa lamentó pero no pidó excusas. Si añadimos a la consideración de religión violenta que atribuye al Islam, su oposición a la candidatura de Turquía para entrar en la Unión Europea, ya tenemos al hombre que quiere imponer una Europa de raíces cristianas en la misma Constitución aún en entredicho. No se retractará a pesar de la respetuosa carta que le dirigieron 38 de los más célebres teólogos del Islam y que encabezaban con un “Vuestra Santidad….” Joseph Ratzinger se ha quedado en las puertas de Viena cuando fue levantado el sitio turco a la ciudad. Nunca consideró la Escuela de Traductores de Toledo o el esplendor intelectual de Córdoba, ni ha aceptado la idea de que también hubo musulmanes ilustres que contribuyeron a asentar el pensamiento europeo. Entre el siglo X y el XIV, los musulmanes Al Farabi, Avicena, Averroes, Al Ghazali, As-Shatibi e Ibn Khaldún contribuyeron de manera importantísima al pensamiento racionalista europeo que tanto defiende el Papa. Benedicto XVI solo ve que nuestras raíces filosóficas son griegas y que nuestra fe es cristiana. Es más, considera que exceptuando el judaísmo y el cristianismo, todas las demás creencias no tienen asegurada su salvación. Es evidente que respeta la religión que nos dio el Antiguo Testamento y alumbró la que representa Benedicto XVI pero se permite despreciar, por violenta, la tercera religión del Libro, el Islam.
El Papa, que durante 4 días visitará las tres ciudades de Estambul, Éfeso y Ankara, se topará en la primera ciudad con la calle de Juan Pablo II, prueba del respeto que el papa polaco supo ganarse en Turquía a pesar de que fuera turco Mehmed Alí Agsa, el hombre que quiso matarle el 13 de Mayo de 1981. La secularización que domina la vida política europea, dista mucho de ser el paradigma de organización cristiana con el que sueña el integrismo de Ratzinger, el hombre que se enfrentó a varios teólogos importantes de esta religión. Lo curioso es que este papa intransigente, comparte con el integrismo musulmán la aversión por la cultura hedonista, el consumismo, el aborto, el sexo, el relativismo y los derechos de los palestinos frente a Israel. Su predecesor, abierto al ecumenismo, excomulgó al Arzobispo francés Marcel Lefebvre por seguir defendiendo la sotana, el latin y la misa de espaldas a los fieles. El actual Papa quiere reintroducir el latin.
Un Papa centroeuropeo ignora la presencia musulmana de siglos en buena parte del sur de Europa. A los 8 siglos de presencia en Al Andalús hay que añadir Bosnia-Herzegovina, Kosovo y Albania además de la fuerte inmigración en la Unión Europea. Quiera o no quiera Benedicto XVI, el Islam es tan europeo como el cristianismo es parte importantísima de Oriente Medio. Decir que Turquía solo es europea en un pequeño trozo de tierra es olvidar que no es el territorio turco el que pide entrar en la UE sino los 70,2 millones de sus habitantes, secularizados desde Kemal Ataturk hace 73 años. ¿Representa un choque la cantidad de personas que entrarían de golpe en la UE? Cuando la entonces CEE de 1986, compuesta de 10 naciones, admitió a España y Portugal, pasó de 358,4 millones de habitantes a sumarles 51,1 millones de ibéricos. Los 12 alcanzaban así los 409,5 millones de miembros, es decir, aumentaba el 12,49% del total por los portugueses y españoles. Los que afirman que Turquía aportará el 25% de la población total de la UE, conviene que repasen sus cifras. En 2006, la Europa de 25 naciones tiene 465,8 millones de ciudadanos a los que se añadirían 70,2 millones (datos de Eurostat, 2003) y elevaría el total de europeos a 536 millones. El peso de los turcos sería del 13,09 por ciento del total. Comparado con lo que sucedió con la entrada de España y Portugal en 1986, la diferencia de peso sería solo de 0,6%. Y los que tenemos edad recordamos los recelos abiertamente expuestos ante la “avalancha de españoles que iban a invadir los países ricos de la CEE”. Se produjo el fenómeno contrario. Los emigrantes españoles de Alemania, Francia, Bélgica, Holanda empezaron a regresar a España para participar en la nueva bonanza. Lo mismo sucedió con la mano de obra italiana y, en menor medida, la portuguesa. Los turcos sustituyeron a italianos y españoles en Alemania.
Si el miedo de 1986 fue infundado, también lo puede ser el que produce ahora la posible entrada de Turquía en la UE. Esta Unión, que va del Atlántico a las fronteras de Bielorusia, Ukrania y Rusia, a trompicones como ha hecho siempre, llegará a ser una más de las grandes potencias de este siglo XXI, Estados Unidos, Rusia, India, China y Japón. Pensar que los EE.UU. quieren meter a Turquía dentro de la UE para debilitarla es pura fantasía –y bien sabido es que no albergo siempre buena opinión del imperialismo USA— pero si es cierto que después de la aventura colonialista de Irak y su dudoso desenlace, Washington empezará a admitir un bilateralismo beneficioso para las relaciones atlantistas.



