Alianza o enfrentamiento
Muchas veces nos hacemos las preguntas cuyas respuestas vienen a corroborar nuestras posiciones. Deberíamos fortalecer esas ideas partiendo del polo opuesto. En vez de preguntar por qué consideramos que Turquía debe de entrar en la Unión Europea, veamos qué pasaría si la rechazásemos.
En primer lugar, se produciría una gran frustración en el pueblo turco que quiere ser parte de Europa y lo lleva intentando desde 1923 con Kemal Atatürk. Del rechazo vendría la practica desaparición del islamismo moderado del que Recep Tayyip Erdogan es el líder y socio de José Luis Rodríguez Zapatero en la Alianza de Civilizaciones. Desaparecido el actual primer ministro turco, tendríamos a los ayatolás iraníes en Estambul, a las puertas de la Unión Europea. Los que criticaron mi anterior artículo sobre el tema, se preguntaban “qué se nos había perdido a los europeos teniendo frontera con Irán”. Haciendo mía la interrogante, les pregunto ¿qué beneficio tendremos teniendo el islamismo integral en la frontera de Bulgaria Grecia y Chipre?
Los agoreros que preveían una invasión de los nuevos socios de la Europa del Este, Rumania y Bulgaria, descubren ahora que estos países se ven obligados a importar mano de obra china. El dinero que ya reciben para su adaptación al ingreso, aumentará cuando el 1 de enero próximo, entren de verdad en la UE. Este dinero hará que muchos de sus emigrantes a la UE-15 regresen a su país no solo para beneficiarse de esos ingresos sino para optimizar el dinero de las remesas de sus ciudadanos que permanezcan en países como España, Francia, Alemania o Italia. El turismo en los confines orientales de la UE se va a desarrollar de manera espectacular en unos años.
Rechazar a Turquía en Europa es no reconocer el peso que tiene dentro de la OTAN. Además, su antigüedad es desde 1953, en la guerra de Corea. Durante un cuarto de siglo fue muro de contención del expansionismo soviético y su papel fue muy relevante en el desarrollo alemán de los años 60 y 70. A la UE se le reprocha su debilidad militar, el aporte de Turquía vendría a paliar muchas carencias de alistamientos que padece la EU-15.
Turquía ha hecho esfuerzos importantes para adaptarse a las exigencias de Bruselas en materia de reformas constitucionales. El cambio de las mentalidades es más complejo pero no es imposible. Si la Alianza de Civilizaciones pretende encontrar puntos comunes entre todas las creencias para facilitar la coexistencia de credos y culturas ¿qué obtendríamos exacerbando lo más odioso de las costumbres que oprimen a la mujer? Hay mucho irresponsable que acusa a Rodríguez Zapatero de tener el “síndrome de Estocolmo”. Bajo este diagnóstico se esconde una total carencia de reflexión sobre los temas más candentes de España y del resto del mundo. ¿Quien ha propuesto algo parecido al impacto de la Alianza de Civilizaciones entre los gobernantes españoles anteriores a Rodríguez Zapatero? La misma ONU se ha apuntado a la iniciativa de Erdogan y su colega español. Hombres como Federico Mayor Zaragoza, ex director de la UNESCO, el ex presidente iraní, Mohamed Jatamí y el secretario general de la ONU Kofi Annan apoyan el proyecto al que cada vez más países se van adhiriendo, entre ellos los 14 ribereños del Mediterraneo.
Turquía mantiene relaciones correctas con EE.UU. e Israel, donde conserva una valiosa colonia sefardím que vive sin problemas en su territorio. Va a recibir a Benedicto XVI aunque el primer ministro se ausente durante esas fechas por discrepancias con el discurso papal en la Universidad de Ratisbona. Turquía puede ejercer un peso importante en los asuntos de Oriente Medio, en un sentido o en otro. Tiene una población algo superior a la iraní, 70,2 millones de habitantes frente a 64,5 millones en Irán. Si en el país de los ayatolás, el 80% de sus habitantes pertenece a la rama chií del Islam, en Turquía sucede lo contrario: el 80% es suní. En Irán, la religión ha alcanzado su paroxismo introduciendo la sharia en su entramado constitucional. Exactamente el camino inverso al que sigue una Turquía cuyo laicismo no es de hace cuatro días sino desde 1923, hace 83 años, cuando Mustafa Kemal, el “padre de los turcos”, instauró una república al estilo europeo. No solo cambió la escritura del país adoptando los caracteres latinos sino que prohibió hasta la vestimenta tradicional y el “tarbuch” con el que los hombres cubrían sus cabezas.
Resolver los problemas de navegación pendientes entre Chipre y Turquía, o acelerar el cumplimiento de las exigencias de Bruselas para la integración en la UE, son dificultades salvables. La ayuda turca al mundo islámico, para que se adapte al siglo XXI, es valiosísima, principalmente por venir de un país que ha recorrido con éxito el camino. La adhesión resolvería muchos de los problemas que hoy agitan la política internacional.
Después de muchos rodeos, por un camino u otro, Blair y Bush llegan a coincidir con todos los que reclaman desde hace tiempo, conversaciones directas con Irán y Siria para que colaboren en la pacificación y estabilidad de Irak. Muchos empiezan a descubrir que el núcleo del problema en Oriente Medio y, por ende en las relaciones Islam-Euro/USA, es la necesidad de instaurar cuanto antes el Estado de Palestina, dando todas las seguridades y garantías necesarias al Estado de Israel.
Hay quien dice que los musulmanes nos odian pero cuando nos encontramos con musulmanes moderados que nos quieren, los rechazamos como si fuesen apestados. Si escarbamos en las razones, encontraremos intereses gremiales, las subvenciones del PAC, el miedo a lo diferente, “lobies” armenios, kurdos, etc… Un portazo en las narices de Turquía pondría contra las cuerdas un país importante bajo cualquier criterio que se mire. El integrismo islamista en Estambul pone los pelos de punta para cualquiera que reflexione.




