El Jefe de la Tribu
Domingo 15 de Julio. Brihuega. El viento mueve los enormes árboles del jardín con un ruido parecido al de un Golfo de Vizcaya con galerna. El caserón compuesto de gruesas piedras de granito y viejas vigas de galeones, me recuerda algunos caseríos del País Vasco. Hemos llegado tarde, como una hora depués de lo que él nos dijo por ansia de vernos. No me importaba. Hasta las 12.30 no le despierta y afeita Gabriela. Duerme poco durante la noche. Escucha radio. A la entrada de la casa, señalo a Annick y Rosa un sombrero blanco de ala y cinta negra, muy fresquito. Podría haber pertenecido a John Steinbeck. Caracteriza a nuestro amigo. El interior de la casa está abarrotado de libros, en estantes de madera. Biografías de Stalin, de Asad, de cientos de personajes que algo tuvieron que decir que mereciera la pena encerrar en magníficas narraciones históricas no noveladas como hacen algunos.
Apareció en silla de ruedas empujado por una de las dos Gabrielas que le cuidan. Venía por el otro extremo del jardín, con su sombrero blanco de consul americano destinado en Panama. Muy bien afeitado y aseado. Manu Leguineche y yo hacía años que no nos veíamos. Nos habíamos hablado por teléfono pero, hora y media de carretera, son a veces más insalvables que el muro que separa la Cisjordania palestina de la judía. Y que le digan a uno:”Baje por esta calle…cuidado que, aúnque es estrecha, es de de doble dirección….pasen bajo el arco que hay al final y a la izquierda, allí encontrarán la Plaza de Manuel Leguineche”. Mi amigo tiene su nombre en una plazoleta cargada de antiguedad por sus vetustos inmuebles. Hay un timbre pero, instintivamente, uso el aldabonazo para señalar nuestra presencia.
Manu ha estado muy enfermo. Sigue enfermo pero sus revisiones periódicas confirman que el mal no se reproduce, que el tratamiento ha sido exitoso. Nos miramos como dos entomólogos. ¡Qué suave tiene Manu la piel de su rostro! Lo sentí con el beso. Su mirada es la de alguien que ha perdido visión por culpa de la diabetes. Tiene las manos torpes pero si le ayudan un poquito se defiende. Me extraña su vaso de chacolí pero su hermana Rosa , me dice que los análisis se lo permiten. Le sube su baja tensión. Sus pulmones funcionan bien mientras los míos resoplan en cuando doy unos pasos.
El aperitivo con un grupo de jóvenes periodistas de EFE, de Fax Press y Rosa Jiménez Cano, de El País.com, tiene lugar a la sombra de un enorme nogal que nos abarca a todos. “En 1991, con tu hija Bárbara, estuvimos la noche que empezó el bombardeo de Bagdad.” La corresponsal de guerra más jóven junto al más veterano, el hombre que acuñó la expresión de “La tribu” refiriéndose a los corresponsales de guerra que siempre aparecen en los mismos lugares y en las mismas fechas. No es que se quieran mucho pero se respetan. Nunca sabes quíen va a caer mañana. “Enrique, me decía Manu en llamada telefónica desde Bagdad, no te preocupes por tu hija, ella me sirve de intérprete de árabe y yo impediré que tome riesgos innecesarios, es un pacto”. Una sonrisa queda flotando sobre sus labios mientras recordamos el episodio. Hace ya 16 años, de aquella guerra. Y cuatro de la actual. Y yo me voy aún más atrás, a un 16 de julio de 1958, cuando el general Kasem dió un golpe de estado en el curso del cual asesinaron al joven rey hachemí Faisal II, primo de Huseín bin Talal de Jordania. Cuarenta y ocho horas más tarde, acababa yo en un calabozo de Basora, actualmente en manos de los británicos.
Manu está mal pero algo que compartimos los ex corresponsales de guerra con los toreros es que tenemos gran capacidad de recuperación. En mi caso debo de ser la excepción. Mis pulmones son irrecuperables pero el ánimo sigue entero. Manu, bilbaíno, que sigamos charlando mucho tiempo y bebas tus chacolís aunque hayas renunciado al mus porque no distingues las señas. Gracias por la hospitalidad, hermano.





Tú sabes que me encanta este post, pero no sólo por haberme llevado o por lo que cuentas.
Comentario por Rosa J.C. — 17 Julio 2007 @ 8:39
Que os quiten lo bailao…
Comentario por erwillillo — 17 Julio 2007 @ 12:18
Los momentos que pasas con los amigos, o la familia son impagables.
Antes no entendía la “saudade” ahora cada día me vienen a la memoria acontecimientos que me hacen revivir cosas y personas unas que se han ido, otras que se han alejado, pero si el espíritu sigue intacto y no nos dejamos aplastar por lo sórdido y a veces vacío del día a día, todo es más soportable.
Comentario por isadora — 18 Julio 2007 @ 1:44
He disfrutado, por ser lector de Manu, con tu viaje a Brihuega. Espero que nuestro común amigo se reponga y coja de nuevo la pluma. Saludos
Comentario por Emeterio — 20 Julio 2007 @ 9:50