Lo he contado muchas veces. En nuestra profesión, un pequeño detalle, una frase, puede escenificar mejor que nadie una situación. El problema racial en Estados Unidos se agudizaba en un sur donde se veían destartaladas casas de madera con un blanco desaseado en el porche, sin hacer nada y balanceándose en una mecedora, viendo pasar el tiempo. Representaba “the white trash” (la basura blanca, según expresión de los yanquis del norte). Era una región en plena decadencia desde que los confederados perdieron la guerra civil, en 1865). Los blancos tenían la satisfacción de que, detrás de su miserable existencia, hubiese esclavos que lo pasaban peor. Detrás de los negros, sólo había algún perro abandonado buscando su sustento entre mansiones abandonadas. Aquello era Georgia, Alabama, Carolina del Sur, Luisiana, Virginia.
La costurera Rosa Lee Parks, de Montgomery (Alabama) tenía 44 años cuando el 1 de diciembre de 1955, regresaba cansada a su casa y ocupó un asiento del autobús que estaba libre pero reservado solo para los blancos. Uno de ellos la exigió que le cediese el sitio y ella se negó. La ley del Estado consagraba la separación racial en autobuses, restaurantes y lugares públicos en todo el sur de EE UU. Rosa Lee Parks fue obligada a abandonar su asiento y estalló el escándalo a nivel nacional.
En Little Rock (Arkansas), en septiembre de 1957, la Guardia Nacional impidió que nueve estudiantes negros ingresaran en el instituto. El presidente Eisenhower envió al ejército para escoltarles. Era un antecedente para el caso de Vivian Malone queriendo matricularse en la Universidad de Tuscaloosa (Alabama) que solo admitía blancos. La víspera, yendo a esta localidad en el autocar de la línea aérea, estuve bloqueado con los demás pasajeros en la carretera hasta que terminó de arder la enorme cruz que, a modo de advertencia, había plantado el Ku-klux-klan en medio del asfalto. Al día siguiente, el gobernador Wallace hizo el gesto de detener a Nicholas Katzenbach, ayudante del Ministro de Justicia Robert Kennedy, que acompañaba a la muchacha. Al no dejar el paso libre, el Assistant Attorney le tendió una orden firmada por el Presidente John F. Kennedy movilizando la guardia nacional y exigiendo que, en el plazo de una hora, con el uniforme caqui del US Army, en vez del azul marino, y al mando del Coronel Lingo, para que escoltase e impusiese la inscripción de la joven negra en la Universidad. Y así se hizo. Fue una buena lección de federalismo que algunos de nuestros políticos deberían haber aprendido como la aprendí yo.
En mayo de 1963, unos colegiales se manifestaron por la igualdad en Birmingham (Alabama). La televisión mostró como la policía azuzaba sus perros contra los chavales, y como caían bajo el agua a presión de los bomberos. Yo fotografié al gobernador Wallace felicitando a sus policías por el excelente adiestramiento de sus perros. El 27 de agosto de aquel mismo año, en Nueva York me subí a uno de los muchos autocares de Greyhound que llevaban activistas negros y blancos a la marcha sobre Washington. En el camino todo fueron cantos de gospel con palmadas de las manos, negras y blancas. En Washington quise ver si el corresponsal del ABC iba a asistir, al día siguiente, al discurso de Martín Luther King Jr. José María Massip me dijo que vería el acto en tres pantallas de televisión, sin salir de su casa, y con el mando subiría el volumen conforme le interesase una cosa u otra. Luego, le llamarían del gabinete telegráfico del periódico y dictaría su crónica. Me encontré conque, practicamente, era el único periodista español en aquella concentración humana que preveía un millón de personas en la enorme explanada que se extiende frente al monumento a Lincoln y al texto grabado en marmol que dice que “Todos los hombres son iguales”.
Los organizadores de la Marcha habían previsto una carpa para que la prensa que no encontraba plaza en hoteles o prefiriese estar con sus colegas, pudiese disponer de medios, comida, bebida y lugar de descanso. De lo último hubo poco porque bebimos mucho y escuchamos a tres intérpretes por los que hoy se reunirían fácilmente 200.000 fans: Bob Dylan con su “Blowing in the wind”, entonces superventas, Joan Baez y Pete Seeger. A tres voces. Por la mañana, con nuestras acreditaciones de prensa en mano, fuimos al aeropuerto para recibir un avión especial procedente de Los Ángeles y fletado por la American Actors Gild (el sindicato de actores). Cuando llegaron al Lincoln Memorial, pude realizar una serie de retratos de Marlon Brando (que traía un cattle prod, un tubo lleno de pilas de 9 voltios para dirigir el ganado mediante descargas eléctricas, una picana, y que la policía utilizaba contra los manifestantes negros en el Sur); Charlton Heston, con quien hablé para que me explicase por qué su corbata llevaba una reproducción de Tizona, la espada del Cid (“Un regalo del equipo español de filmación cuando rodamos la película”), era el encargado de leer la declaración de apoyo de los actores; Josephine Baker con uniforme del ejército francés, en cuya resistencia luchó contra los nazis; Sammy Davis Jr, Sidney Poitier, Paul Newman, Harry Belafonte, Paul Newman, Burt Lancaster, Lena Horn. (más…)