26 agosto 2008

El mar del Sahara

oasis_57_bahariya_sfw.jpgEl desierto del desierto -que eso significa decir el desierto del Sahara (pronúnciese “sájara”)- ha aportado a la arqueología africana, numerosas pruebas de la existencia de tierras verdes y grandes lagos en esta parte del mundo. De los años pasados en Egipto he aprendido muchas cosas sobre la riqueza acuífera del desierto, allí llamado Libio en la orilla occidental del Nilo y Nubio en la oriental. Unos petroleros ingleses se extrañaban, delante de mí y unas cervezas Stella, de que hubiese oasis a la distancia que aguantan los camellos sin beber. Es como si el camellero dijese: “Aquí necesito agua para mis dromedarios”, perforase y encontrase agua. El conjunto de esos oasis, Siwa,  Jarga, Dakla, Frafra (a 350 km de Asiut) y Bahriya constituyen una linea vertical paralela al Nilo y siempre a parecida distante del “Rey de los Ríos”. Encontrar fósiles de peces y moluscos no es nada raro en el Sahara, desde el Atlántico hasta Egipto. Lo mismo que grandes yacimientos de sal que, un día, fueron sal marina.

Aquellos petroleros pusieron en conocimiento de Gamal Abdel Nasser su hipótesis y, tras efectuar catas en el área considerada, se convencieron de la viabilidad de un proyecto de canal que partiese de Marsa Matruh hacia Siwa y más al sur hasta la frontera sudanesa. Este proyecto permitiría incrementar las tierras cultivables de Egipto. En mis años cairotas, la población del país era de unos 26 millones de habitantes. Hoy tiene 78 millones y las tierras aptas para la agricultura no han aumentado desde los tiempos de Tut-Ank-Amon. Se le atribuye un millón de kilómetros cuadrados a Egipto pero, si calculamos las tierras habitadas y los kilómetros cultivables (3,3% del territorio), sólo tiene la extensión de Extremadura. Una Extremadura que habitasen 78 millones de personas.

¿Qué debió suceder para que el Sahara paradisiaco tantas veces soñado por quienes lo queremos (existe una fascinación hacia el silencio absoluto y las noches estrelladas del desierto parecido al que ejerce el mar sobre sus enamorados), se haya convertido en un lugar vacío? ¿Por qué quedan oasis tan importantes como Ghardaia, El Golea o In Salah con su bosque petrificado, en Argelia? Importantes huellas dan fe de la existencia, hace miles y miles de años, de vida y cultura. Si consideramos lo que está pasando en el espacio geográfico denominado “Sahel”, veremos que el hombre y su ganado han sido responsables de una deforestación brutal a lo largo de milenios. El único combustible utilizado es la leña de sus árboles que permite a sus habitantes calentarse y comer caliente. Los rebaños de cabras y camellos atacaron la vegetación baja a la vez que los períodos de lluvia disminuían en frecuencia e intensidad por la deforestación. El Sahara se extiende en dos direcciones: hacia el Sahel, donde ya ha penetrado, y hacia el sur de nuestra península como deja ver Almería y zonas cercanas a esta provincia. Los petroglíficos del desierto nos prueban que existieron artistas y unas culturas desaparecidas hace muchos milenos descubriéndonos la intensa vida animal y vegetal que guardaba lo que hoy es el Sahara.

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