Ya escribí en otra ocasión que los países del Este europeo, tras la caída del muro, más que ansiar pertenecer a la Unión Europea, deseaban que Estados Unidos los convirtiesen en otros tantos de sus estados federales. No sé por qué razón, polacos, húngaros, checos, bálticos consideraron siempre que la Europa Occidental les abandonó ante el nazismo. Los americanos entraron en la guerra cuando Europa había sufrido ya el mayor zarpazo de la Historia por parte del Führer. Caido el Muro de Berlín, la inmigración a EE.UU. fue la primera obsesión de los “nuevos europeos”, como los designó José María Aznar para distinguirlos de los “viejos” (Francia y Alemania). Convertirse en butler (mayordomo) de George W. Bush era el sueño del presidente del gobierno español de entonces.
Bruselas, para esos países rescatados del antiguo COMECON, era la ventanilla donde se pagan durante años los fondos estructurales. Los países, repentinamente enriquecidos por la economía especulativa diseñada por los neocons, no querían saber nada de la Unión Europea o, si acaso, tener una pertenencia más aparente que de corazón. El petróleo de Noruega o la pesca y los servicios financieros de Islandia y Suiza, mantuvieron varios países fuera del club porque su nivel de vida demostraba que los demás estábamos más atrasados.
La Constitución Europea de Giscard d´Estaing puede que no fuese perfecta pero es cierto que a los franceses, por definición, les encanta filosofar hasta desgastar los argumentos más sencillos. Todo el mundo es filósofo en Francia; se les escucha y se les lee como antaño a los más sesudos pensadores griegos. Sin comprender lo que se pretendía en el articulado, creyendo que impedirían la “globalización”, que conseguirían que el Camembert se siguiese haciendo sin pasteurizar la leche, se pronunciaron por el NO. Mucho filósofo pero nadie sospechaba el tsunami financiero que iba a barrer estructuras tenidas por axiomáticas.
Ahora Irlanda acepta el Tratado de Lisboa, una edición medio descafeinada de la Constitución, porque se siente desnuda ante el desastre económico. Hasta quiere pertenecer al eurogrupo. Islandia se ha hundido gracias a su “dinámico sistema bancario” y ahora busca el abrigo europeo. El resultado del nefasto “NO” francés, seguido del holandés, ha permitido una serie de chantajes que, hasta entonces, solo se habían tolerado con “el cheque” de Margaret Thatcher. Ahora, para que vote sí, respetaremos la legislación sobre el aborto, el pacifismo, las leyes sobre moral ciudadana y mantendremos el Comisario de Dublín. Eso con los irlandeses pero también con los polacos y los checos a los que. gracias a Obama, nos hemos deshecho de superradares y poderosos misiles amenazando Irán (y Rusia de paso), que fueron pactados a espaldas de Bruselas.
España inicia el primero de enero la presidencia de la Unión Europea. No es una más. Para entonces estará en vigor el Tratado de Lisboa que permite avanzar en la construcción de una entidad supranacional compuesta por 27 países que han decidido, unos con menos entusiasmo que otros, ceder importantes áreas de su autonomía por el derecho a pertenecer a esta Super-entidad que asienta 500 millones de habitantes sobre 4.325.000 de km2. En ese habitat se ha producido en 2008 un PIB total de US$18.493.oo9 millones, ocupando así el primer puesto mundial.
Desaparecidos los entusiastas de la Unión Europea, Jacques Delors, Helmut Kohl, Felipe González, se necesita un líder con entusiasmo e ideas claras. Tony Blair, representante de aquella UE vasalla de los EE.UU., no puede ocupar la Presidencia de 30 meses que permite el Tratado de Lisboa. Su actuación en Oriente Medio como representante de la UE ha sido absolutamente baldía. Ofrecerle la Presidencia de Europa es como prolongar la parálisis que hemos vivido desde el “NO” franco-holandés-irlandés a la Constitución. Si algunos consideran que no se puede designar a Felipe González porque serían dos ibéricos los que dirigiesen Comisión y presidencia del Super-país, se puede alegar que el líder laborista y José Manuel Durao Barroso son dos hombres de las Azores, de George W. Bush. Felipe González es la Europa que no se plegó a Washington. Finalmente, Rodríguez Zapatero debe advertir a los países de la Europa díscola que en este “club” existen reglas de admisión y que si alguien las incumple, se le puede castigar hasta con la suspensión temporal de sus derechos societarios. El filibusterismo debe de ser acotado para evitar que se convierte en lastre.