Bienvenidos a mi casa

Hace más de un año, la revista The Economist de Londres, solicitó a una serie de personas de varios países, que describiesen su “Thinking Space” (literalmente, el espacio donde piensan). Por razones que nunca nos fueron dadas, el semanario británico suspendió la serie. Entre los contactados estaba Rosa Jiménez Cano que ha cambiado de espacio de trabajo desde entonces y yo. Son tantos los que me piden visitarme que he decidido utilizar un trabajo que fue meticulosamente realizado con la magnífica colaboración de Chiara Cabrera en la fotografía. ¡Pasen y vean! La entrada es gratis.
AUTORETRATO DE UN OPTIMISTA
Creo que toda persona es producto de tres factores: Su genética, su educación y su voluntad. En mi caso no me quejo de ninguno de ellos. De familia deportista, hemos aprendido desde pequeños a caer y levantarnos, a dar la mano a quien nos ganase y no zaherir a quien vencíamos. Para mí, en concreto, una derrota es la oportunidad de convertirla en un peldaño para alcanzar un triunfo posterior. Se aprende más de las derrotas que de las victorias.
La educación de un niño de 6 años, en un colegio de Francia, sin conocer el idioma puede parecer muy duro aunque me ayudó el que mi madre ya me hubiese enseñado a leer y escribir en español desde los 4. El francés fue una inmersión lingüística de choque. Salí vacunado para similares situaciones en el futuro que me esperaba. A los 10 años, en el París donde mi padre había montado una agencia de prensa destinada a los periódicos de América Latina, la Segunda Guerra Mundial vino a trastocar nuestra existencia. Muchos compañeros judíos, no tuvieron mi suerte y murieron en la Shoa. Sus nombres figuran en la fachada de la escuela de la rue Chernoviz. Además de la excelente educación pública francesa, que jamás ponderaré suficientemente, aprendí a valerme de mil trucos para subsistir. Por ejemplo recoger colillas en las aceras, lavar el tabaco, mezclarlo con cardos secos y, con una maquinilla y papel de fumar Jean, liar cigarrillos que vendía a mi madre y sus amigas, principalmente. En los hotelitos del XVIéme arrondissement propiedad
de familias judías huidas ante el avance nazi, robábamos el plomo de las cañerías, que pagaban muy bien los chatarreros, y, a veces, cortábamos un poco de leña del jardín para calentar nuestra casa. Ese era el dinero semanal mío y de mis hermanos. Lo mismo hacía en general el resto de la pandilla. Íbamos a clase con la mochila de la máscara de gas al hombro, después de haber hecho un par de horas de cola en las tiendas de alimentación para que el relevo de la familia se hiciese con el escaso racionamiento de las cartillas. Cuando estábamos en clase y sonaban las sirenas, corríamos ordenadamente hacia el refugio que nos correspondía cruzando la calle. Los más listos, nos escabullíamos y nos metíamos en los almacenes Prísunic donde, si podíamos, birlábamos alguna navaja multiusos suiza.
En una guerra, los niños crecen muy rápidamente. Cambiar de colegios y de ciudades desarrolla una gran capacidad de adaptación. Acabas pensando, con razón, de que siempre estás en casa, entu patria. Del París de los bombardeos al Biarritz vasco-francés, de la Lisboa desbordante de refugiados del nazismo y de espías, al Liceo Francés de Madrid y de allí interno al de Louis Barthou de Pau, en el Bearn, completé un Master en el que aprendí a no llorar en las separaciones, a nunca decir “adiós” sino “hasta luego”, a reconstruirme un entorno sabiendo que sería provisional y agradeciendo siempre lo que tenía.
Mi padre quería que fuese diplomático. Sabía por experiencia lo mal pagada que siempre estuvo esta profesión de reportero. Hice por libre algo más de 3 cursos en Salamanca que compaginé con escribir hasta abandonar el Derecho Político de Adolfo Posada y dedicarme de lleno a la prensa. Años más tarde, me volqué para hacer de mi hija una buena periodista pero, una vez más, se produjo la rebelión y ella, tras cuatro años de ejercer en Oriente Medio, y con su carrera de Ciencias Políticas más español, inglés, francés y árabe, abandonó la profesión que yo le
recomendaba insistiendo en que era tercera generación de periodistas. Fue tan inflexible conmigo como yo lo fuera, en su día, con mi padre.
Cuando me ha surgido un problema, a lo largo de mi vida, siempre lo he recibido sin agoniarme porque me incitaba a encontrarle soluciones. No me bastaba una sino que quería el mayor número de ellas. Luego, mi problema quedaba reducido a elegir la mejor de las soluciones posibles. Derrumbarse ante un obstáculo es una de las actitudes más estúpidas que podemos adoptar. Nunca he visto que el abatimiento o la depresión fuese una de las posibles soluciones que ofrecía un problema. El periodismo me enseñó que llegar tarde a un cierre era echar a perder el trabajo que hiciste y eso por querer ser híperperfeccionista. Más vale equivocarse ahora que tener razón dentro de cien años. Y no impide que seamos perfeccionistas si el tiempo no apremia. Es así como golpe a golpe, la experiencia va cincelando nuestra manera de ser a la vez que nuestra biografía. El que, por primera vez, cae del caballo y no vuelve a montarlo enseguida, nunca aprenderá a
cabalgar. Las heridas físicas, en caliente, no duelen. No hay que detenerse por ellas sino avanzar más deprisa.
Cuando la gente joven se cree que he ejercido el periodismo durante 63 años, piensa que he tenido una suerte que hoy en día no se les puede presentar a ellos. Están en el error. La suerte hay que ir a buscarla. Ni yo ni los periodistas de mi generación hemos tenido una continuidad absoluta en el ejercicio de nuestra profesión. Pero ¿hay alguna profesión que se desarrolle como una partitura de Mozart? Todos –y me refiero a grandes nombres de esta profesión, en España y en el extranjero– hemos tenido importantes y numerosos baches para mantenernos a flote en un mar que no siempre está en calma. No daré nombres pero conozco colegas laureados que han sobrevivido en algunas etapas de sus vidas dando clases, siendo camareros, escribiendo discursos para empresarios o alcaldes medio analfabetos, han sido guías de turismo, “negros” de conocidos escritores, han fotografiado bodas, bautizos y primeras comuniones (lo que llamamos “trabajar para la BBC”), han realizado catálogos para tiendas de lencería. En mi caso concreto no me importa enumerar los numerosos trabajos que he realizado para subsistir en espera de que el viento de “mi vocación” soplase en la buena dirección:
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Algunos de mis lectores habituales se han extrañado de que lleve escrito poco sobre los muchos temas que, en forma de tsunami, nos han caído encima. Hay varias razones para ello. La vigilancia médica a la que estoy sometido y la medicación me impiden escribir todo lo que quisiera. Me produce somnolencia
Hay veces que los periodistas nos vemos obligados a descubrir un tema con mucha paciencia, gota a gota, tirando del ovillo. La paciencia es una de las facetas más preciadas de la investigación periodística. Otras, nos topamos con un filón y agradecemos la suerte que nos puso ante él. En el caso de 

