Acariciar el gato a contrapelo
Nadie, con dos dedos de frente, puede pensar que un mundo sin derechas o izquierdas sería mejor si solo hubiese una de estas opciones para gobernar. Ambas sirven de temporizador de los excesos de la otra. Todos sabemos que sin el comunismo europeo, el capitalismo y la explotación del más débil hubiese seguido como en tiempos de Charles Dickens. Y lo mismo puede decirse del comunismo del KGB y los gulags que nunca hubiese buscado o alcanzado la sociedad del bienestar sin acordarse con un capitalismo humano.
Los propietarios de gatos saben que a sus mascotas no se las debe acariciar a contrapelo si no quieren que les saquen las uñas y emitan un rebufo mostrando sus afilados dientes. El gesto que arranca ronroneos de satisfacción es el de alisar el pelo, de la cabeza hacia la cola. Kitty Nali, la gata de Petezín Jiménez Cano, lo certificaría si supiese de lo qué estoy escribiendo. Y ahora explico lo de acariciar a contrapelo.
La derecha de otros países de la Europa Occidental, es lo que considero una derecha civilizada que mantiene sus extremistas fuera de sus dos opciones mayoritarias. Tanto el Frente Nacional de Le Pen y similares en el resto de la UE, por el lado de la derecha, como los estalinistas y trotskistas por la izquierda, son tolerados y representan la prueba de que hay libertades en nuestras sociedades. Esas excrecencias de la derecha y de la izquierda son irrelevantes en el juego democrático de la alternancia.
Derechas e izquierdas civilizadas y mayoritarias tienen cada cual sus características. Se dice que la derecha es conservadora frente a una izquierda que pretende establecer un orden nuevo y romper tabúes del pasado. Para la derecha francesa, la alianza incondicional con la Iglesia Católica, no es imaginable como no lo es que una religión, sea cual fuere, esté subvencionada por el Estado laico y republicano. En España, Alianza Popular y su sucesor, el Partido Popular, han defendido a ultranza la indisolubilidad del matrimonio, a fortiori, que se denomine “matrimonio” el enlace entre dos personas del mismo sexo. Solo se aceptaba la costosa nulidad eclesiástica al alcance de unos cuantos. Los primeros que hicieron uso del recién aprobado divorcio, fueron políticos de ambos bandos, algunos fieramente de derechas, como Francisco Álvarez Cascos, entre otros de ese partido. Lo mismo puede decirse del matrimonio de homosexuales del PP oficiados por ediles de su partido.
Si por la derecha fuera, muchas de las actividades asistenciales estarían encomendadas a la Iglesia Católica, como se hizo siempre, que no solo tenía la exclusiva del conocimiento sino que poseía los instrumentos para ejercer el control de la ortodoxia mediante la censura del Santo Oficio. En 1948 el Ministerio de Educación se negaban a convalidar mi bachillerato francés que terminé en la rama de filosofía. Tuve que examinarme del español y descubrí que en España, en esta materia, se enseñaba solo la Patrística cuando en Francia estábamos despiezando a Jean-Paul Sartre, Kierkegaard y, por supuesto Nietsche y Espinoza. San Agustín o Santo Tomás no figuraban en los estudios de filosofía franceses.
El tema del aborto en España ha sufrido las mismas embestidas de una derecha acostumbrada, como genialmente denuncia “El Roto”, a ir a abortar a Londres. La derecha se opone a toda solución que implique medios abortivos. La izquierda no invita a las mujeres a abortar sino a evitar llegar a esas situaciones extremas para lo cual solo vale una educación sexual desde la escuela puesto que muchos padres y madres son incapaces de hacerse cargo de esa tarea. Pero la derecha más rancia quiere que la educación permanezca en manos de la familia y delegada solamente en una Iglesia asaetada por numerosos escándalos de pederastia. Se recomienda la abstinencia para evitar el SIDA o los embarazos llegando a decir que los condones son ineficaces para prevenir ambas cosas y la transmisión d enfermedades sexuales.
En España solo se deben conservar aquellos valores contrastados que no impiden que las ideas innovadoras lleven nuestro país hacia adelante. De una dictadura atrasada con relación al resto de Europa en cerca de 40 años, el empuje de las fuerzas progresistas, no solo de izquierdas, nos ha convertido en avanzadilla del siglo XXI. Somos un país que brilla a nivel internacional porque nos hemos puesto a la cabeza de la mayoría de países en materia de derechos humanos, mientras la Iglesia sigue fiel a unas enseñanzas papales obsoletas y hasta perniciosas en el caso de los condones y África. Menos mal que los misioneros, en ese continente, hacen caso omiso a un Papa integrista que vive mal el Concilio Vaticano II que convocó Juan XXIII en 1959.
Las fuerzas progresistas, de derechas e izquierdas están cambiando la mentalidad de un país tradicionalmente pastoreado por una Iglesia preconciliar y corrupta que prefiere hacer política en la madrileña plaza de Colón a favor del PP y contra el gobierno socialista de Rodríguez Zapatero que la mantiene económicamente pese a gastar ingentes cantidades en las periódicas excursiones en autocar al corazón de la capital. Para nuestro conservadurismo, la justicia social no debe acabar con la caridad cristiana. Como algunos españoles echan de menos los serenos, para otros Caritas y el “Auxilio Social” es el máximo que se debe de hacer por los indigentes. Acariciar el gato a contrapelo es, para esa derecha integrista, la forma de progreso más natural. ¿Quien no sueña tener “su pobre” a la puerta de la Iglesia, a la salida de la misa de 12?
La España que añora nuestros conservadores, es la de Isabel y Fernando, dos personajes que expulsaron del país a los judíos que representaban las mejores finanzas de la Europa de entonces y expulsaron a los moriscos que nos habían brindado la agricultura de regadío más importante del continente. No inventamos la Inquisición ni fuimos los primeros en darle carta de naturaleza pero sí conseguimos que toda Europa se aprendiese el nombre de Torquemada. Las autonomías existían antes del “Monta tanto Isabel como Fernando“. No solo eran Cataluña o el País vasco es que en Castilla se luchó hasta que los comuneros Bravo, Padilla y Maldonado fueron decapitados tras ser derrotados en Villalar.
El avance del progreso es inexorable si se le compara con el transcurrir del tiempo. La derecha conservadora intenta retrasar la llegada de cada hito sin negar la modernidad. En política, representan una silla de ruedas a la que no hay que quitar el freno cuando quiere avanzar pero avanzar con el freno echado no significa que los cambios no llegarán sino que el retraso es deseado por quienes gustan de acariciar el gato a contrapelo.

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