Misa del Gallo en Belén 1956
No son pocas las Navidades que me ha tocado vivir trabajando pero tres son dignas de mención: Belen 1956, Sierra Maestra 1957 y Miami 1962. En la primera trabajé para Paris-Match junto a Sharokh Hatami. Habíamos cubierto la guerra del Canal de Suez, la que mandó el general Moshé Dayan, y el semanario francés quería que mostrásemos un Belén sin peregrinos. Era una de esas ideas tontas que se les ocurre a algunos redactores-jefe sobre la que no suelen reflexionar bastante. ¿Cómo se fotografía la ausencia de peregrinos? Hoy me limito a Belén 1956
En 1956, Cisjordania era palestina gracias al ejercito beduino de Jordania mandado por 50 británicos a las ordenes de su compatriota John Glubb, más conocido como “Glubb Pachá”, el heredero de Lawrence de Arabia. En 1948 fue el único ejército árabe que no derrotaron los israelíes. En las fiestas de Navidad, los cristianos podían pasar a la zona judía para ver sus familiares a través de la puerta de Mendelbaum. Los reencuentros se producían a la vuelta de una esquina para que los periodistas no fotografiásemos los primeros abrazos de aquellos palestinos que se veían tres días tras un año de separación.
El altar de la Iglesia de la Natividad no era como el conciliar que se ha visto en los telediarios este 25 de diciembre. El oficiante, Monseñor Alberto Gori, Patriarca Católico de Jerusalén, celebraba la misa de espaldas a los fieles, en 1956, con más autóctonos que peregrinos venidos de lejanas tierras. En un momento dado, estaba yo situado al fondo de la Iglesia para fotografiar los fieles con el altar al fondo. Me llamaba la atención la cantidad de gruesos cirios situados frente al Patriarca, en forma descendente como si fuesen tubos de órgano. De repente ví cómo uno de los cirios desaparecía, luego otro y unos metros más lejos, un tercero. Alguien estaba detrás del altar quitando velones y destrozando así el decorado. Me abrí paso entre la gente para ir a investigar detrás del altar. Encontré dos popes que al verme con mis cámaras al cuello, se apresuraron a decirme que aquellos cirios eran suyos y que la Navidad ortodoxa se celebra el 6 de enero, 13 días después de la católica. Cada cirio tenía acreditada con varias firmas su pertenencia a una u otra confesión.
Sharokh Hatami es mi verdadero maestro de fotoperiodismo. Con él me he reído mucho y he aprendido más. Verle subir al púlpito de la Iglesia de la Natividad cuando Monseñor Alberto Gori se encaminaba hacia allí me hizo prever la catástrofe sin poderla evitar. El obeso patriarca, viendo a Hatamí usurpar el púlpito, que ya era estrecho para una persona fuerte como el iraní, empezó a exigirle que abandonase innmediatamente el lugar. Pero un musulmán que no respetaba su propia religión, no iba a preocuparse de la de los demás. El espectáculo fue digno de los hermanos Marx.
En un momento dado, descubrí que se había esfumado el representante del rey Hussein, un tal El Nabulsi, que había estado sentado a la izquierda del altar en un sillón parecido a un trono verbenero de tanto dorado como llevaba. Siendo musulmán era comprensible que no hubiese aguantado la totalidad de la ceremonia. Bajando de la entreplanta, donde estaba el coro, escuché una música moderna que procedía de un pasillo lateral. Me guié por el oído hasta detenerme delante de una puerta. La entreabrí tímidamente. Una voz me gritó: “¡Come in!” La escena era la de un auténtico “guateque” como decíamos entonces, con chicas, mucha bebida, el toca-discos y los popes con el representante real. Me olvidé de Hatamí y del reportaje y disfruté de la fiesta hasta que una hora más tarde, tras buscarme por todas partes, Sharokh me descubrió en tan insólita juerga y se unió a la misma. Era la madrugada del 25 de diciembre de 1956. Solo hace 53 años.

Son miles de jóvenes los que se encuentran desorientados ante la crisis económica que ha hecho tambalearse las industrias de la información a la vez que los avances de Internet revolucionaban las tecnologías que los sustentaban. Pero no todos los males se han originado con esas crisis, la segunda inserta en la primera. Está también la formación de los jóvenes periodistas, una formación que al hacerse universitaria le ha aportado un glamour que no se corresponde con la realidad.
Lo bueno que tiene el haber vivido mucho es que se suele tener abundancia de ejemplos para casi todo. Es como esas cajas de herramientas que la mayoría tenemos en casa, donde clavos y tornillos no están separados por tallas sino que hay que estar hurgando hasta encontrar el que necesitamos para colgar un cuadro.
He vivido de lleno, como fotoperiodista, la época del “Copyright”, del derecho de autor, en el ámbito de la fotografía. En los años 50 y 60 ya teníamos nuestros problemas cuando la misma agencia que nos representaba o la publicación que adquiría nuestro trabajo, consideraba que había comprado la obra para siempre. Los agentes se llevaban entre un 40 y un 50% de la venta de nuestro trabajo financiado por nosotros en el caso de los free-lance. Internet ha venido a revolucionar aquel comercio. Hoy en día, un fotoperiodista, solo o que se agrupa con otros en Internet, puede disponer de una vitrina actualizada para que los posibles compradores se entiendan directamente con el. Flickr es su escaparate. Hasta los tomates de Almería se están vendiendo por suscripción sin intermediarios.
No comprendo que se despida a gente en la cincuentena cuando todavía pueden rendir grandes servicios a la comunidad y aportar valiosas experiencias adquiridas en la Universidad de la Vida.
Los cordobeses suelen ser senequistas y si se afincan en Zaragoza, rizan el rizo. Es serio, demasiado serio. Le duele el mundo y encima es periodista. Nos conocimos en julio de 1993, en un sitiado Sarajevo sin electricidad y escasa agua en fuentes que tiroteaban los franco-tiradores desde los montes que colaboraban en el cerco. Yo arrastraba mis destrozados pulmones en una profesión, el fotoperiodismo, donde hay que hacer gimnasia olímpica para buscar ángulos y que no te alcance un disparo. Cuando caía la noche, regresabamos al Hotel Holiday Inn por la puerta de proveedores y el Casino. En la entrada principal acampaban los chetnicks , serbio-bosnios partidarios de la Gran Serbia. Un telón inmenso, negro, separaba el restaurante del enemigo. Dando la espalda a ese telón, Susan Sontag señoreaba sobre el centenar de enviados especiales. El whisky estaba a 100 dólares la botella y tanto el alcohol como la comida procedían del mercado negro que controlaban los soldados de la UNPROFOR.
La verdad es que a una persona con EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica), operada de cáncer de colon, dos veces por complicaciones, con dos pedruscos negros de Ducados como pulmones, cuando cumple 80 años, no se le pueden colocar 80 velas para que las sople. ¿De donde iba yo a sacar el aire para semejante proeza? Los pulmones son esponjas que recogen aire en vez de agua en sus alvéolos. Esta reserva se utiliza en caso de necesidad para un esfuerzo. La mía es inexistente. La de Induraín guardaba 10 litros de aire y si los gastaba en un esfuerzo, los renovaba en un minuto. Por eso, familiares y amigos pusieron una vela por cadas década, y soplé las 8 llegando a la última como si entregase mi último suspiro. Menos mal que estaban al quite la Doctora Claire Bastien y Pilar Sanz, entrañable enfermera amiga y fan como las que arrastran los rockeros.

La cogida de Daniel Jimeno, el joven de Alcalá de Henares muerto el 10 de julio en el encierro de esa mañana ha levantado dos polémicas que algunos quieren entrelazar y para mí están bien diferenciadas.
Diego Caballo, comisario de mi exposición y profesor de Fotoperiodismo en la Universidad San Pablo-CEU, además de redactor-jefe del servicio gráfico de la Agencia EFE, es el hombre que, desde hace unos años, ha movido toda mi producción gráfica repartida en 



