Hubo un tiempo en el que la palabra “aventura” y “aventurero” se despreciaban porque se salían de las normas de vida establecidas como correctas. “Aventurero” era sinónimo de inestable, loco, jugador, irracional. Se repudiaba toda vida que no estuviese encuadrada dentro de las coordenadas del cartesianismo. La “aventura” caía fuera del orden. Las madres querían para sus hijas un marido que fuese ingeniero de caminos.
En la era del “turismo”, palabra que nace con el “Tour” que los estudiantes de Oxford y Cambridge realizaban por la Europa continental para completar las enseñanzas clásicas aprendidas en los libros descubriendo el Renacimiento italiano y la Ελληνική (Grecia) de Platón y Aristóteles. Con el tiempo, el Turismo se ha convertido en una industria que mueve miles de millones de dólares alrededor del mundo a la vez que homogeneiza nuestras costumbres y formas de vida.
Cansados de viajar en manada, con un guía que modula nuestros días y hasta nuestras horas (“Si hoy es jueves, esto es Amberes…), nacieron agencias de viajes que llevaban pequeños grupos de personas deseosas de huir de los caminos trillados. Se les facilita el papeleo, se les cobra la infraestructura y poder contar que estuvieron donde poca gente ha estado.El itinerario, previamente trabajado por profesionales, allana los problemas del camino y, con un alto porcentaje de seguridad, todo saldrá a pedir de boca.
En 1992, cree, dirigí y presenté en RNE el primer programa de radio que trataba de la aventura. Mi idea era reivindicar los valores intrínsecos de la aventura en el desarrollo de la personalidad. Un país como España, fundada en la aventura y el riesgo, autora de la mejor tradición literaria de viajes y descubrimiento, se había replegado sobre sí misma después de la derrota de 1898. Tras el desastre, perdió el interés por lo que sucedía en el resto del mundo. Desde el siglo XVIII, la literatura de viajes no se escribía en español sino en inglés y francés.
Tras un año de programa y la realización de la serie “Robinson en África” para TV2, (11 países, 20.000 km, 112 días con mis hijas de 14 y 15 años), saqué un mensual, “Los Aventureros”, donde los reportajes eran realizados por gente normal, con sus propios medios, sin apoyo de ninguna empresa del ramo. Los textos no eran siempre perfectos pero entre Jesús Torbado y yo, los retocábamos, como habíamos hecho con los guiones de RNE. Las fotografías eran muy buenas porque España es tierra de buenos pintores. Unos años más tarde, saqué en Londres la edición inglesa de “The Adventurers”.
Muchas veces me han preguntado qué es para mí la aventura y por qué la diferencio del viajar. Creo que es fácil ver que un turista es un viajero totalmente asistido y llevado de la mano, con cada paso perfectamente planificado y con infraestructura de apoyo. La aventura es un salto sin red que representa enfrentarse, a pecho descubierto, con lo desconocido e improvisar sobre la marcha. Eso no presupone que el aventurero sea un irresponsable que no sabe a donde va ni los riesgos que tiene que afrontar.
Cualquier periodista, enviado a una zona de crisis sabe que corre riesgos, que solo puede contar consigo mismo y que cada obstáculo que surja deberá ser salvado con inteligencia y, muchas, veces, con audacia. La aventura no es ir en busca de monumentos, de antiguas civilizaciones, de culturas, es ir en busca de información que se encuentra al final de un camino sembrado de obstáculos que nos ponen a prueba constantemente y que hay que vencer.
Durante la guerra civil del Líbano, en 1958, una beirutí me dijo:”¡Qué lastima que no haya venido en tiempos de paz! … ¡El país es tan hermoso!”. Sonreí mientras reflexionaba: “Dudo mucho que un medio de comunicación mande a los corresponsales de guerra a disfrutar de un país en paz”.
Gervasio Sánchez, un fotoperiodista con varias guerras a sus espaldas, suele regresar a los lugares en los que ejerció su profesión para ver cómo la gente que conoció en plena contienda, ha rehecho su vida. A Sierra Leona, donde perdió la vida su compañero Miguel Gil en una emboscada, llevó de vacaciones, después de la guerra, a Choco su mujer y a su hijo Diego que tenía 5 años años. Un año antes los llevó a Sarajevo, donde “Gerva y yo nos conocimos en julio de 1993 en pleno asedio de la ciudad. Es una educación impresionante para un niño de tan corta edad.
En esta profesión nuestra, la aventura es un factor importante dentro de la formación personal de cada uno de nosotros. La noticia hay que ir a buscarla donde está y, si es posible, conviene acudir al lugar antes de que se produzca el acontecimiento. Siempre he dicho que Oriente Medio es la mejor escuela de periodismo del mundo. Allí arribé hace 55 años, con un billete de ida sin billete de vuelta, quemando velas, como Hernán Cortés. Estaba dispuesto a aguantar. Me crucé África de El Cairo a El Cabo y vuelta y cubrí la guerra del Canal en 1956 para Paris-Match y Radio Europe 1. El que ponga la falta de dinero como pretexto para no acudir donde su olfato de periodista le empuja a ir, es mejor que se dedique a otra profesión.