25 Octubre 2008

La industria del miedo

Hace tiempo que vengo diciendo que metiendo miedo a la gente se puede ganar mucho dinero. No hablo de filtros milagrosos que alejarán el Maligno sino de veinte mil maneras de timar a los incautos tomándolos como víctimas de los charlatanes de siempre. Una supuesta conspiración permitiría al timador –en este caso, el “locutor” Hal Turner, considerado neo nazi por algunos– asustar a sus congéneres.  La brindo a los lectores a título de curiosidad, sin dar un milímetro de credibilidad a lo que los anglófonos llaman un “hoax” (tomadura de pelo, engaño).

10 Octubre 2008

1929: Llegamos el crash y yo

Archivado en: Economía, Periodismo, Estados Unidos, Historia, anecdotario, Desastres, Humor — Enrique Meneses @ 21:17

wall_street_crash_1929-240.jpgPor su oportunidad, he creído interesante ofrecer a los lectores uno de los primeros capítulos de mis memorias. (Hasta Aquí Hemos Llegado, Ediciones del Viento, La Coruña, 2006).

“Aquella semana empezó con muchas tensiones. El lunes 21 de Octubre de 1929, desde temprano, mi madre mandó llamar a la comadrona y avisar al ginecólogo. Como correspondía a la época, la servidumbre empezó a preparar todo en la habitación con el fin de que mi llegada al mundo se hiciese en las condiciones más adecuadas. Entre el primer y segundo piso del número 45 de la calle Príncipe de Vergara, esquina con la Plaza del Marqués de Salamanca, se estableció el vaivén de abuelo, abuela, tía María, que acudían en busca de noticias. Mi padre estaba en la Redacción de Cosmopolis aguardando la fausta noticia. Luego, viendo que yo no me decidía a venir al mundo, se fue a la Gran Peña, en la Gran Vía, para su habitual partida de bridge.

El agua hervía en el fogón de mi casa desde tempranas horas. Ser el primer hijo de los Meneses Miniaty, el primer nieto de don Augusto Miniati, me convertía en todo un personajillo. Para colmar el vaso, Carmen, mi madre, era el ojo derecho del ingeniero italiano casado con María García de Castro, y única de las cuatro hijas que había nacido dentro del matrimonio. Las otras tres habían sido reconocidas aunque fueron de distintas procedencias y todas mayores que Carmen. Nunca he sabido por qué el florentino trocó la “i latina” por una “y griega” al final de su apellido. Podría ser porque tenía un apellido helénico: Platis.

En Nueva York, concretamente, en el Bajo Manhattan, los nervios también estaban destrozados entre los  brokers  de Wall Street. John D. Rockefeller Jr, que se encontraba en Detroit, invitado para los festejos del 60 aniversario de la invención de la bombilla incandescente de Thomas Edison, había estado vendiendo acciones discretamente durante las semanas precedentes. La voz se corrió y empezaron las ventas de valores cada vez más masivas.
En Chicago, los gángsteres, conocidos especuladores, salían de los despachos de sus agentes de cambio murmurando amenazas contra éstos. Varias bombas estallaron en oficinas de corredores de bolsa.
Mientras tanto, en la Plaza del Marqués de Salamanca, mi llegada se hacía esperar más de la cuenta. Mi padre había acudido para ver cómo se presentaba el parto y, viendo que la cosa podía prolongarse al ser mi madre primeriza, se puso  el esmoquin y volvió a la Gran Peña para seguir su partida. Por fin, a las 11 de la noche decidí aparecer en un mundo que presentía, financieramente hablando, al borde de una crisis sin precedentes.

Lo primero que se descubrió es que yo, un muchachote de 3,5 kilos, no me quedaba satisfecho con la leche materna. Hubo que recurrir al Pelargón porque mi madre, gran deportista y ganadora, dos años consecutivos, de la Copa de la Reina de tenis, no estaba en condiciones de darme el pecho. De todos modos, no se tomó decisión alguna hasta  días más tarde cuando se contrató a una  ama mojada gallega cuyas rotundas mamas compartí con una  hermana de leche  sin que ninguno de los dos críos nos quejásemos de la comida.

Los que sí se quejaban amargamente de su suerte fueron los inversores americanos que, a partir de las 10 de la mañana, hora de Nueva York, del jueves 24 de Octubre, empezaron a vender sus acciones a cualquier precio. El pánico se apoderó del mercado casi a la misma hora en que yo dejaba de llorar gracias a mi ama celta. Los rumores de suicidios empezaron a correr por Wall Street a pesar de cierta recuperación de la Bolsa en las primeras horas de la tarde. Mientras yo sólo me preocupaba de los pezones de mi galleguiña, el broker Richard F. Whitney ofrecía $205 por las acciones de US Steel (acero) hasta un tope de 25.000 acciones. Se convirtió en un héroe lo que no impidió que en 1938, siendo presidente del Stock Exchange (La bolsa neoyorquina), fuese a la cárcel por robar a sus clientes. El lunes 28, cuando yo cumplía mi primera semana de vida, se vendieron 16.338.000 acciones al precio del papel en el que estaban impresas. El  Crash  de 1929 se había confirmado pese a los esfuerzos del presidente Hoover, de los Rockefeller y de Julius Rosenwald (presidente de Sears Roebuck & Co). El 24 de Octubre de 1929 pasó a llamarse el  Jueves Negro . (más…)

2 Octubre 2008

Blogs “La Conversación”: videomeme

Archivado en: Periodismo, blogosfera, Humor — Enrique Meneses @ 21:19

He sido invitado a este evento en la Politécnica de Madrid el 16 de octubre de 2008. Muy interesante. Ya os contaré.

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