Gervasio Sánchez acusa a UCD, PP y PSOE
En el XXV Premio Ortega y Gasset de Periodismo, Gervasio Sánchez ha sido galardonado en la categoría de Fotografía. Para mí, lo considero el mejor fotoperiodista que tenemos en España. Lo conocí en julio de 1993, en el Sarajevo sitiado, con Alfonso Armada, Ramón Lobo y por la zona Croata, “la niña”, Sandra Balcells, también fotoperiodista. A diferencia del simple fotógrafo, el fotoperiodista utiliza su cámara como si fuese una máquina de escribir o un ordenador: narra en fotos un acontecimiento. Gervasio (”Gerva”) se ha dedicado a narrar el dolor humano y a protestar en nombre de quienes no tienen voz. No solo recoge la imagen de ese dolor humano sino que regresa años más tarde a Sierra Leona, Bosnia, Mozambique o el Cono Sur para saber qué ha sido de las vidas truncadas por las guerras o las represiones dictatoriales. Brazos y piernas amputados, familiares de desaparecidos bajo el régimen de Pinochet, todo ello desfila delante de su objetivo con la ternura de un hombre bueno.
“Cada víctima de la guerra tiene derecho a contar su drama. Todo el mundo tiene la obligación de escuchar su historia”, clama “Gerva” pidiendo que cesen las ventas de armas a zonas de conflicto. Ante un auditorio del Círculo de Bellas Artes de Madrid, Gervasio Sánchez lanzó una catilinaria dirigida a todos los gobiernos de la democracia española. Estaban presentes, en primera fila, la vice-presidenta del actual, María Teresa Fernández de la Vega, Leire Pajín, Magdalena Álvarez, Mercedes Cabrera, Cristina Garmendía, César Antonio Molina, Trinidad Jiménez, Esperanza Aguirre, Ruiz Gallardón, muchos ministros, secretarios de Estado, presidenta de la Autonomía de Madrid y alcalde de la capital.
Su discurso produjo un impacto en la sala abarrotada de gente. Creo que merece la pena que quienes no estuvieron allí, sepan lo que “Gerva” dijo:
Estimados miembros del jurado, señoras y señores:
Es para mí un gran honor recibir el Premio Ortega y Gasset de Fotografía convocado por El País, diario donde publiqué mis fotos iniciáticas de América Latina en la década de los ochenta y mis mejores trabajos realizados en diferentes conflictos del mundo
durante la década de los noventa, muy especialmente las fotografías que tomé durante el cerco de Sarajevo.Es un gran honor porque varios de mis mejores amigos a los que respeto profesionalmente pertenecen a la plantilla de este diario. Queridos Ramón Lobo, Guillermo Altares, Miguel Ángel Villena, Jorge Marirrodriga, Francesc Relea, Miguel Gener, Alberto Ferreras, Gorka Lejarcegui, incluso tú querido Alfonso Armada, a los que he nombrado y a los que tengo en mi mente, a todos vosotros que me apoyasteis en los momentos más duros os dedico este premio de todo corazón.
Quiero dar las gracias a los responsables de Heraldo de Aragón, del Magazine de La Vanguardia y la Cadena Ser por respetar siempre mi trabajo como periodista y permitir que los protagonistas de mis historias, tantas veces seres humanos extraviados en los desaguaderos de la historia, tengan un espacio donde llorar y gritar. No quiero olvidar a las organizaciones humanitarias Intermon Oxfam, Manos Unidas y Médicos Sin Fronteras, la compañía DKV SEGUROS y a mi editor Leopoldo Blume por apoyarme sin fisuras en los últimos doce años y permitir que el proyecto Vidas Minadas al que pertenece la fotografía premiada tenga vida propia y un largo recorrido que puede durar décadas.
Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo natural, Diego Sánchez, puedo decir que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo otros cuatro hijos víctimas de las minas antipersonas: la mozambiqueña Sofia Elface Fumo, a la que ustedes han conocido junto a su hija Alia en la imagen premiada, que concentra todo el dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre todo, la incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas, el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña colombiana Mónica Paola Ojeda, que se quedó ciega tras ser víctima de una explosión a los ocho años. Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los que he visto al borde de la muerte, he visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos, llegar a la universidad.
Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad. Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi.
Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de la minas y al desminado.
Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la transición encabezados por los presidentes Adolfo Suarez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.
Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas.
Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos. Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte.
Muchas gracias.
Foto Gervasio Sánchez, Autor: su hijo Diego, de 10 años.

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