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El principio de la vacuna es bien sencillo: se inocula a un sujeto un cultivo de agentes patológicos para poner nuestro cuerpo en condiciones de estudiarlos y destruirlos. Se aprende desde los tiempos de Edward Jenner (1796) contra la viruela y Louis Pasteur (1881) contra el antrax. Todavía no se ha inventado una vacuna contra el miedo y cada cual tiene que buscar la forma de vacunarse contra esta enfermedad psicológica.
Yo perdí el miedo durante la guerra mundial y sus bombardeos. Luego, profesionalmente, durante la guerra del Canal de Suez y antes en las montañas de Fizi (Congo belga), junto al lago Tanganyika con problemas con un poblado en fiestas y sus habitantes cargados de alcohol. Han sido muchas las ocasiones de vacunarme contra el miedo. Pero también he querido racionalizarlo.
En primer lugar, el miedo no resuelve ninguna situación de peligro, al contrario, puede agravarla. El perro que, por las feromonas humanas, descubre que una persona tiene miedo de él, es clasificado por el animal como enemigo. Quien no tiene miedo de este mismo perro, recibe lamidos y saltos de alegría. La mano sin miedo que acaricia al can prueba a este que sois amigos. Ante el miedo se necesita calma y mente dispuesta a saber qué hacemos para vencerlo no que se disparen las pulsaciones y se nuble la mente..
El español ha sido, a través de la Historia, un valiente porque dos cosas le empujaban: el hambre o la búsqueda de la fama. Hasta el siglo XVIII se distinguió por su valor y arrojo. Como los americanos del siglo XX, hemos batallado en territorios diversos de este planeta. Y de repente, sin saber por qué, los españoles han cedido el terreno (incluso en la literatura viajera) a alemanes, ingleses, franceses y estadounidenses. Nos hemos replegado al terruño.
La guerra civil española lanzó a los caminos del exilio a cientos de miles de españoles que huían de la victoria franquista. En la pos-guerra, medio millón de españoles buscaron en el exilio económico, la solución a la pobreza imperante en España. Habría que levantar un monumento a esos compatriotas que, con las remesas a su patria chica, junto con los aportes del turismo europeo, permitieron a nuestro país salir de la miseria y levantar cabeza.
De repente, desde la llegada de la democracia, cuando todo era posible en nuestro país, empezó a descubrirse el valor del español que llevaba 20 años batallando para sobrevivir. Aquello sí que fue una crisis profunda en la que el ánimo general alcanzó nuestros talones. Íbamos a ser la octava potencia del mundo y ya no podremos serlo con la riada de países emergentes. Nos creíamos ricos porque el crédito era fácil, cambiábamos la alpargata por el mocasín, la habitación alquilada por la propiedad inmobiliaria, no solo nos levantó la moral sino que caímos en el papanatismo absoluto a la vista de nuestros éxitos deportivos y las inversiones de nuestros banqueros en el extranjero.
Producimos más universitarios, la mujer desbancó a los chicos en las facultades, pasamos de una española sometida comparada con las suecas que veraneaban en Torremolinos, a escandalizar hoy a los nórdicos por lo lanzadas que son las españolas. Solo lamento no tener 30 años. Construíamos más viviendas que los cuatro países de la Unión juntos. Eramos el milagro español. Y la verdad, viendo ciertas manifestaciones religiosas que nos avergüenzan a algunos por su fanatismo, creemos que el oscurantismo y violencia que reprochamos a la ashura chií, no tiene nada que envidiarnos.
Las generaciones actuales se han acostumbrado a un bienestar engañoso que han favorecido padres y abuelos deseosos de ofrecer a sus descendientes lo que ellos no disfrutaron en su día. La especulación fue colocando la zanahoria cada vez más alejada del burro. Excedentes de universitarios ganaban, por ley del mercado, menos que los albañiles, fontaneros, electricistas. El seguir domiciliado en casa de los padres se hizo costumbre, también en Francia y resto de Europa aunque en menores proporciones.
La ley del menor esfuerzo se ha instalado en nuestro país. Como decía en televisión un joven cuando le hablaban de la oferta de puestos de trabajo en la Alemania de Merkel: “A mí que no me quiten mi botellón de los viernes”. Es una magnífica juventud como lo ha demostrado con el movimiento del 15 M. Tras dos meses enumerando los cambios que quieren, ningún partido se había puesto en contacto con ellos hasta hace una semana an que Joan Ridao y Rubalcaba aludieron (no acudieron) al Movimiento de las acampadas, Enfrascados en unas elecciones municipales, y algunas autonómicas, se han olvidado de cuales son los únicos interlocutores válidos para el cambio: los despreciados políticos. La transición española se hizo con la colaboración del franquismo y los represaliados. No hay otra forma.
Las feromonas de la política española prueban que el 15 M se ha convertido en un potencial enemigo. Los dos ámbitos de representación popular se desprecian, el que salió de las urnas porque no sabe si está ante un tsunumi, los de la pacífica acampada presienten que solo pueden pactar algunas de sus muchas ideas incorporándolas al partido que quiera hacerlo. El 15 M no es de derechas ni de izquierdas, no votó ni a un lado ni a otro sino que no votó.
En la situación económica actual, el trabajador debe preguntarse: ¿Aleja la posibilidad de que yo pierda mi trabajo el que reduzca gastos aparentemente, superfluos, por ejemplo ir al bar por semana en vez de tres, comer fuera de cada tres veces menos, ver el cine en el televisor, etc…? Si muchos hacemos lo mismo, el bar o el restaurante despide a empleados que le sobran por culpa nuestra. Pero esos despedidos dejan de comprar lo que produce nuestra empresa y la de otros muchos negocios, y nos llega el momento de no hacer falta ante la pérdida de actividad de nuestra empresa. Y ya ha conseguido nuestro miedo a perder el puesto de trabajo, adelantar el momento en que te toque a tí.
Afortunadamente algo está cambiando pero la mayoría de los adultos no se han dado cuenta de que los jóvenes han abandonado, en muchos casos, el botellón y el porro, para reconstruir un mundo mejor y más justo. Me solidarizo con ellos junto a otro de mi generación, José Luis Sampedro, y les incitamos a no dejarse infiltrar, no abandonar la actual rebelión ordenada. El miedo de la clase política tradicional es que Internet, cada vez más, es la ruina de los intermediarios. No podrán conseguir de golpe todo lo que quieren, por sensato que sea. Llevará tiempo pero a la valentía hay que sumar la perseverancia y avanzar un paso tras otro. El salchichón se come en rodajas finas.