El momento español es desconcertante cualquiera que sea la forma de mirarlo. Hay jalones que permiten no perderse en la densa niebla que rodea la vida española en su casi totalidad. Uno de ellos es la crisis internacional que tan duramente ha afectado a nuestro país por nuestra dependencia del ladrillo y necesidad de reindustrializar España. Otro es la corrupción rampante, generalizada pero especialmente ubicada en la actualidad en el principal partido de la oposición por el caso Gürtel. Un tercer jalón lo representa la lucha interna por hacerse con el poder de una de las dos corrientes mayoritarias del Partido Popular. En cuarto lugar, sin que por ello sea menos importante que los anteriores, el PP necesita ganar a toda costa las elecciones de 2012 para romper el maleficio que le ha anclado en la derrota desde 2004.
Lo mismo que los especialistas no supieron prevenir la crisis que se avecinaba, ni su virulencia, tampoco saben predecir cual va a ser el calendario de nuestra recuperación económica y la re-absorción de la masa de parados que actualmente pasa de los cuatro millones, aunque nadie quiere recordar que hay un 23% de actividad sumergida. Las primeras señales de esa recuperación ya han aparecido, según el BBVA, con nuestra reciente salida de la recesión.
Ver como se acerca el final de ETA, y que eso lo esté obteniendo el PSOE, el último partido que intentó negociar sin éxito con la banda, es duro para un PP obsesionado con ponerse la medalla de haber terminado con ese terrorismo. El ministro del Interior Alfredo Pérez Rubalcaba y el juez Baltasar Garzón están llevando magistralmente la lucha contra ETA. El PP intenta destruir la credibilidad de ambos por todos los medios. Sería un punto muy favorable en las próximas legislativas para el partido que hubiese puesto su firma en esa rendición.
El mismo juez Baltasar Garzón que descubrió FILESA y los GAL, dando entonces oxígeno a un PP anclado en la oposición, es el que ahora ha descubierto la trama de corrupción denominada Gürtel (“correa” en alemán). Cientos de millones de euros han comprado a un número importante de cargos del Partido Popular desde los tiempos de Aznar cuya hija se casó en El Escorial con el joven Alejandro Agag. Se dice que el yerno de Ana Botella es el que introdujo en el PP a su amigo Francisco Correa, el Capo di capi del tinglado.
En la oposición, Mariano Rajoy, que ha sido vice Presidente y varias veces ministro de Aznar, demuestra ser un vehemente parlamentario como jefe de la oposición pero un débil capitán para mantener el orden en sus huestes. El pecado de tibieza le es reprochado por todo el mundo. No tomar drásticas medidas ante la corrupción que se iba instalando en el PP desde hace más de ocho años , ha irritado a buen número de compañeros de partido y a los españoles en general. La diferencia de Rajoy con el autoritarismo algo chulesco de José María Aznar ha permitido la aparición de un ala derechista dentro de la formación que no ha cesado de socavar la posición del actual candidato. De ahí a ponerle el sambenito de perdedor nato, solo ha hay un paso.
La importancia acordada por Aznar y su gente a la estrecha amistad de España con Estados Unidos, servía de arma arrojadiza contra un entonces líder de la oposición que había permanecido sentado cuando pasó ante él la bandera estadounidense en el desfile de nuestras Fuerzas Armadas. Hoy, el cambio habido en EE.UU. con Barack Obama, y el descrédito general de los tres líderes del medallón de las Azores, ha situado a José Luis Rodríguez Zapatero en una posición inmejorable con Washington, sin necesidad de poner los pies sobre la mesa ni hacer de recadero de George W. Bush para que Chile y México votasen en el Consejo de Seguridad a favor de la intervención militar contra Sadam Husseín.
La monolítica unidad dentro del PP que se vio en el Congreso cuando se apoyó nuestra intervención en la guerra de Irak, desmentida en las manifestaciones callejeras multitudinarias donde gran parte de la militancia de derechas se opuso a luchar en Mesopotamia, se ha resquebrajado. El baluarte que sostiene a Rajoy es Francisco Camps, un presidente de Comunidad Valenciana donde la corrupción de Gürtel ha hecho más mella. Baleares es otra bofetada en el seráfico rostro de un gallego que realmente escenifica el dicho de que “no se sabe si sube o baja si te lo encuentras en medio de una escalera”. Un fuego cruzado a varias bandas: la corrupción no atajada (Bárcenas sigue de senador), la falta de liderazgo y carisma de Rajoy en su partido, las mejoras de nuestra crisis económica y los éxitos contra ETA que empiezan a favorecer a Zapatero cara a las elecciones de 2012, están desquiciando al Partido Popular que se siente atacado en todos los frentes.
Que “Manos Limpias” y “Falange Española”, dos grupúsculos ultraderechistas se hayan querellado contra el juez Garzón por su empeño en desenterrar e identificar los muertos que bordean nuestras cunetas y los aledaños de muchos cementerios, es un insulto hacia quienes perdieron la guerra. La ley de Amnistía permitió el regreso de los exiliados pero no impide la búsqueda de más de cien mil desaparecidos. Además, España, madre del Derecho Internacional, no puede desdecirse de los tratados que convierten el genocidio en delito imprescriptible.
Algunos colegas de la prensa derechista sacan a relucir Paracuellos del Jarama, un episodio de la misma guerra civil (cuyos muertos recibieron debida sepultura desde que Franco ganó) e intentan compararlo con más de 130.000 ejecutados después de que el juez Garzón iniciase su investigación sobre esos “desaparecidos”. La prensa extranjera ha puesto el grito en el cielo viendo que el instructor de la causa por genocidio a punto de sentarse en el banquillo y perder su carrera.
El máximo órgano jurisdiccional ha convocado a los corresponsales extranjeros para explicarles aspectos procesales, como si fuera de España, no se supiese por qué se juzga por genocidio a Radovan Karadzic (en espera de capturar a Ratko Mladic) por el asesinato de 8.000 varones musulmanes en Srebrenica. Que un juez, con la carrera de Baltasar Garzón, se vea acusado de prevaricación (dictar a sabiendas una resolución injusta) por un tema susceptible de interpretación, es inaudito para cualquier periodista extranjero. No quiero decir lo que pensamos muchos periodistas españoles pero es una presión a los medios de comunicación como la que la judicatura dice que les ha infligido el ex fiscal Carlos Jiménez Villarejo en la concentración de la Universidad Complutense.