Hace 10 años: Cayeron las torres, murió la inocencia
Los 2.973 muertos que arrastraron las Torres Gemelas del World Trade Center, incluían los 246 pasajeros de los vuelos de United Airlines y Américan Airlines que se estrellaron contra los dos rascacielos el 11 de septiembre de 2001. No solo fue un choc brutal para el mundo entero sino el fin de una era de libertad para ir de un lugar a otro del planeta con el mínimo de controles en los aeropuertos. Creíamos que el mundo caminaba hacia una globalización que ponía a 6.000 millones de habitantes en contacto unos con otros, sin barreras ni cortapisas. No era cierto que viviesemos en una Arcadia Feliz pero nos lo creíamos.
El mundo entero entraba en guerra contra el terrorismo islamista, producto de la frustración centenaria de 1.375 millones de musulmanes. George W. Bush, probablemente el peor presidente de la Historia de los EE.UU., declaró la guerra a Afganistán eIrak, el país menos cerrado en materia religiosa. En ningún otro país árabe tenían más libertad las mujeres. El dictador Sadam Hussein era amigo de la familia Bush como lo fuera de la de Osama bin Laden. Tras el atentado contra las Torres Gemelas, se cerró el espacio aéreo de Estados Unidos salvo para un único avión que lo cruzó llevando hacia el exilio a la familia bin Laden, por orden del presidente Bush.
Los Estados Unidos apoyaron fuertemente a los taliban y al millonario Osama bin Laden que combatieron a los soviéticos entre 1979 y 1989. La URSS había instalado un gobierno comunista en Kabul, en 1996 su presidente Mohamed Najibulá fue derrocado y horcado por los taliban. Los soviéticos, agotados por diez años de lucha de guerrillas, se retiraron del país.
Al Qaeda, “la Base”, fue creada por Osama bin Laden en 1989 con el fin de destruir el poderío de Estados Unidos y, en general de Occidente, y establecer un califato mundial. Se partía del principio de que había que derrotar a los infieles con las armas de que se dispusiesen y siempre con el Corán en la mano y el grito de Allah Akbar.
Lo que más irritaba a los pueblos árabo-musulmanes, era la red de sátrapas que el Primer Mundo estableció en todos ellos. Los coroneles liberaron a sus países del colonialismo y alcanzaron una pantomima de libertad de la que, los primeros beneficiarios fueron esos libertadores. La corrupción venía a satisfacer a los países avanzados y a muchos de sus dirigentes. Les comprabamos materias primas y les pagábamos con aviones, tanques, material antidisturbio y formación militar para sostener esas dictaduras. Los militares libertadores de los años 50/60 se convirtieron en nuevos opresores de sus propios pueblos. Para occidente era más fácil comerciar dentro de la corrupción que dependiendo de parlamentos libres e independientes.
Tras los atentados de las Torres Gemelas, viajar se hizo más complicado que en el siglo XIX, las libertades de nuestros países desarrollados, fueron menguando. El miedo nos hacía aceptar las escuchas telefónicas, la violación de la correspondencia, la libertad de movimientos, las detenciones arbitrarias. Los sospechosos eran interrogados en paises que admiten la tortura. Nuestro mundo caminaba hacia periodos oscuros de la Historia mientras las nuevas tecnologías, las redes sociales nos llevaban hacia adelante. Los pueblos sometidos podían dar y recibir informaciones por encima de las restricciones de sus opresores.
Y un día, un chaval tunecino, Mohamed Buazizi, harto de las arbitrariedades del poder dictatorial, se quemó a lo bonzo porque le habían confiscado un carrito con el que practicaba la venta ambulante. Sus amigos internautas lanzaron la noticia a los cuatro vientos y aquel fuego corrió por toda la geografía del Medeterráneo africano. Habiendo vivido 7 años con esos pueblos, me ha llamado poderosamente la atención el dominio de los nuevas tecnologías que tienen sus juventudes. Intermet les permitía comunicar por encima de las censuras. Twitter no era solo una herramienta para convocar acciones de protesta sino para informar al mundo de lo que estaba sucediendo.
Algunos, en Occdidente, con ese apego que tiene la gente al miedo, enseguida han querido ver las posibilidades de Al Qaeda para propiciarnos golpes más duros que los habidos en Nueva York hace 10 años o los de Madrid, Londres, Bali, Nairobi etc… El razonamiento de Occidente es unívoco y lineal. Todo peligro es suceptble de aumentar, nunca de desaparecer. Y sin embargo, la libertad en el Islam preconizada por Osama bin Laden, aparece como una fantasmada que ha causado más de un millón de muertes en Irak y Afganistán donde los americanos, ciegos de ira y prepotencia, se lanzaron sin reflexionar antes sobre la diferencia entre guerras convencionales y de guerrillas.
Osama bin Laden muerto y sin lugar de peregrinación, al Qaeda se ha visto sustituido por el móvil que mobiliza más a los cien millones de jóvenes que el Corán o las fatuas de turno. Son dos vasos comunicantes: Cuando sube el deseo de libertad y desarrollo, baja el yihadismo y al Qaeda sufre la pérdida de su líder y por ello está necrosado pese a los últimos coletazos de elementos descontrolados.

Bueno, bastó que yo aplicase la conveniencia política que Barack Obama ha aplicado a la ejecución de Osama bin Laden, para que me cayese encima casi toda la crítica de mis lectores. Para ellos es inadmisible matar a un hombre sin juicio justo. A mí me parece lo moralmente correcto pero ¿Puede ser siempre así? Creo que los cirujanos, si pueden salvar una pierna, no deben cortarla.
Todavía hay quien sigue pensando con los estereotipos del siglo XX para afrontar los obstáculos del XXI. Bastaría haber publicado la cifra de muertos de la gripe que nos ataca cada año, y compararla con los muertos de la gripe A (H1N1). Enseguida se hubiese constatado que esta era menos virulenta y mortal que las habituales. La experiencia del Cono Sur americano que vivía su inviernos durante nuestro verano 2009, nos permitía vigilar la peligrosidad sin producir el pánico. Lo dijimos en este blog: “Solo hay que tener miedo al miedo”.
En la vida de las personas, como en la de los países, y más aún si se trata de imperios, se dan dos formas de encarar la gobernancia: inspirar confianza y disponerse siempre a negociar o producir miedo y exhibir fuerza para someter antes de hablar. Esos dos modelos se dan en América con los rasgos de algunos presidentes. 

